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Por una democracia del común. Entrevista a Michael Hardt

FUENTE

Declaración, el último libro de Michael Hardt y Toni Negri, ha sido escrito al calor de la serie de «revoluciones conectadas» que irrumpieron en el 2011: Primavera Árabe, 15M, Occupy Wall Street. La obra está constituida por algunas ideas extraídas de las prácticas que se generaron en estas revueltas y que pueden ser útiles para impulsar el paso de un llamamiento a rebelarse contra la crisis y la falsa democracia, a la constitución de una nueva sociedad. Es decir, a la creación de instituciones y nuevos derechos a partir de los prototipos organizativos que se han dado en las redes y las plazas.

Revueltas en Turquía, junio 2013

Las obras anteriores de los autores –Imperio, Multitud y Commonwealth– han constituido una referencia fundamental del pensamiento político actual. Lo que las distingue de la pura especulación filosófica o académica es la articulación de sus autores con los movimientos sociales y las luchas reales del ciclo global de conflictos todavía en curso.

Para contribuir a esta tarea, la Fundación de los Comunes –en colaboración con el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y el Museo Reina Sofía de Madrid– ha organizado una ronda de charlas con Michael Hardt, bajo el título de Común y poder constituyente, con el objeto de abrir discusiones públicas en torno a las cuestiones planteadas en el ensayo Declaración.

En esta entrevista, desde la Fundación de los Comunes preguntamos al autor sobre los movimientos contra la deuda como importante derivación de estas revueltas y respecto a su relación con la construcción de una democracia real basada en el común.

 

En Declaración planteáis que estudiar la deuda desde la posición de los endeudados resulta útil para entender el proceso de mercantilización de los derechos. ¿De qué manera transforma la deuda el vínculo entre ciudadanía y derechos?

Nuestras sociedades han pasado de un sistema basado en el bienestar (Welfare) a otro basado en la deuda (Debtfare). Las necesidades básicas para la vida que debían ser cubiertas por la estructuras del Estado del Bienestar ahora son solo accesibles mediante el endeudamiento personal. Necesitas un préstamo para estudiar en la universidad, adquirir una casa o ser atendido en un hospital. Es una grave injusticia que estas necesidades vitales queden además fuera del alcance de muchas personas. Pero lo importante es reconocer la naturaleza social y colectiva de este fenómeno, que forma parte de un proceso neoliberal más general en curso desde la década de 1980, intensificado en años recientes. Las luchas contra la deuda se basan hoy en reconocer que endeudarse no es una elección personal, mucho menos el resultado de un frívolo gasto excesivo. Se trata más bien de un fenómeno socialmente determinado. Cuando reconocemos que no estamos solos en nuestro endeudamiento podemos empezar a luchar juntos.
Judith Butler ha propuesto la «fragilidad» como el punto de partida para una alianza política que ya no se basa en la homogeneidad, sino en las diferencias. Esta idea parece sugerente dada la compleja composición del «99%», el «nosotros» que hablaba en Occupy. La proliferación de la confianza y el apoyo mutuo, rechazando la disciplina de la homogeneidad, ¿son ahora condiciones para organizar la revolución? ¿Cómo articulamos la relación entre el uno y el muchos, partiendo de nuestra condición finita, dependiente y vulnerable, contrarrestando el aislamiento que produce la individualización?

Es importante combatir los dispositivos de individualización masiva que aíslan a las personas haciéndolas sentirse responsables e incluso culpables de su propia subordinación, abandonadas en su impotencia. La deuda es un dispositivo que produce este tipo de individualización mediante la retórica de la autosuficiencia individual. Pero sería erróneo obsesionarnos con nuestra victimización. Mediante redes de cooperación social podemos desplazar la perspectiva de la dependencia individual a la interdependencia colectiva. No se trata de imaginarnos inmunes, sino de crear un contexto social en el que podamos sentir una seguridad real. En la relación de unas personas con otras nuestras vidas pueden dejar de ser precarias. Los movimientos recientes contra la deuda en Estados Unidos, España y otros lugares han generado poderosos efectos de desindividualización: no solo bloquean la amenaza acreedora, sino que también –y esto es aún más importante– construyen redes autónomas de interdependencia y apoyo. Me gusta pensar en términos de «poder de la interdependencia». Sin embargo, huir del individualismo forzado de la sociedad del débito no significa fundirse indiferenciadamente en la masa. El asunto plantea un reto teórico y político importante. Tenemos que demostrar que el individuo aislado no es el único espacio de la diferencia, pero también que nuestras redes de cooperación social autónoma funcionan porque somos diversos y solo perduran en la medida en que nos permiten seguir siéndolo.
¿Cómo opera el «comunero», el sujeto que a vuestro juicio produce «el común»?

Resulta útil pensar al comunero como alguien que no solo hace uso o participa del común, sino que también lo produce. El común debe ser producido y reproducido continuamente. Todo lo que es común o susceptible de devenir común —incluso el agua, la tierra y los bosques— forma parte, siempre, de una relación de cuidado e interacción. También las formas inmateriales de lo común —las ideas, las imágenes y los códigos— deben ser producidas y de tal manera que puedan ser compartidas de forma sostenible. En una escala mayor, debemos pensar en la metrópolis misma y en todas las relaciones sociales insertas en ella como una gigantesca producción y un vasto reservorio del común. El punto clave es entender que el común no es espontáneo ni automático, que necesita del comunero que es quien lo produce y sustenta.
¿Cómo se organiza ese común que no es privado pero que tampoco responde al imaginario de lo público-estatal presente en las demandas de parte de los movimientos y del pensamiento de izquierda?

El común no se define sencillamente por la falta de control privado o estatal, sino también por el establecimiento de un modo de gestión alternativo: la autogestión democrática colectiva. Tales prácticas de autogestión son lo que Toni Negri y yo llamamos «instituciones del común». Mientras algunos sostienen que el común puede ser gestionado únicamente por comunidades claramente delimitadas y reducidas, nosotros concebimos un común definido por el libre acceso y la participación expansiva. El común se debe caracterizar no exclusivamente por la homogeneidad en pequeña escala, sino también por la mezcla y la pluralidad en una escala mayor. Esta discusión es paralela a una conocida divergencia en las teorías sobre la democracia. Hay quienes sostienen que una democracia real solo puede funcionar en el marco de unas comunidades reducidas y limitadas, mientras otros —entre quienes nos incluimos— imaginamos y luchamos por la democracia de una población a gran escala, heterogénea y activa. Tal democracia real no existe aún de un modo significativo y su realización futura no está en modo alguno garantizada, pero constituye el horizonte —una estrella que guía en la imaginación política— para un número cada vez mayor de personas alrededor del mundo. Una democracia real y unas relaciones abiertas y expansivas del común son promesas por las que debemos luchar.
¿En qué estado se encuentra la organización del movimiento contra la deuda en Estados Unidos después de Occupy? ¿Te parece que las iniciativas contra la deuda se pueden considerar un «comunero colectivo» en oposición al «capitalista colectivo»?

Existen numerosas campañas contra los desahucios organizadas a nivel local en Estados Unidos, pero el proyecto contra la deuda de coordinación más extendida es Strike Debt. Uno de sus aspectos más útiles es la manera en que reúne las luchas contra diferentes formas de deuda: estudiantil, sanitaria e hipotecaria.

Sin duda, iniciativas como también la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en España y otras similares crean un común en la medida en que combaten la segregación de la ciudad fragmentada y privatizada, y dotan a las personas de herramientas con las que crear espacios comunes para vivir. ¿Qué significaría hacer realmente una metrópolis común? Es una cuestión de peso difícil de responder. No me cabe duda de que Strike Debt o la PAH ofrecen parte de la solución.
¿Dónde radica la posibilidad de romper con la individualización del tiempo, para afirmar una temporalidad de los «comuneros»? ¿Cómo podemos romper con la temporalidad de la deuda y afirmar un tiempo de la compartición, organizando la vida en común?

Para constituir una nueva temporalidad, tenemos que empezar por investigar la naturaleza del tiempo en que vivimos hoy. El historiador E. P. Thompson teorizó cómo la industrialización conllevó un cambio en nuestro «tiempo interno». Mientras anteriormente se medía el tiempo en términos de ciclos naturales y tareas materiales, el dominio de la industria introdujo una medida homogénea y regular del tiempo que se propagó desde la fábrica hacia toda la sociedad. Thompson señala también que el movimiento obrero industrial dedicaba una parte importante de su esfuerzo a las luchas sobre el tiempo. La lucha por reducir la jornada laboral operaba en el terreno de la temporalidad industrial. Thompson propone reconstruir nuestro sentido del «tiempo interno» en términos de qué hacemos, cuáles son nuestras prácticas cotidianas y cómo cooperamos productivamente unas personas con otras. Es una tarea difícil, pero este me parece por lo menos un punto de partida. El estallido de la fábrica como modo de producción ha dado como resultado una fragmentación de tiempos de la producción. La temporalidad del sujeto endeudado forma parte de esta nueva pluralidad. Tenemos que dar cuenta en detalle de los diversos modos de producción y de cooperación de los sujetos endeudados, para poder identificar cómo constituyen en concreto su sentido del «tiempo interno» e investigar qué potencialidades de revuelta se abren en este terreno.

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El gran momento de la reaparición de la democracia republicana

ENTREVISTA | LOS FILÓSOFOS MICHAEL HARDT Y TONI NEGRI EVALÚAN LAS RESISTENCIAS AL PROYECTO LIBERAL DE LA UNIÓN EUROPEA

“El 15M es el gran momento de la reaparición de la democracia republicana”

Invitados por la Universidad Nómada, Negri y Hardt estuvieron en Madrid para presentar su libro en común e informarse sobre el movimiento 15M.
Blanca Beatriz y Lola Matamala* / Madrid
Martes 1ro de noviembre de 2011.  Número 160
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Foto: Olmo Calvo
ESPACIOS DE LO COMÚN. Negri y Hardt dialogaron con participantes del 15M en Madrid.

Toni Negri y Michael Hardt visitaron Madrid los días 6 y 7 de octubre para presentar su último libro, Commonwealth. Aprovecharon también para reunirse en el Centro Social Tabacalera con participantes del 15M y conocer a este movimiento.

DIAGONAL: En Commonwealth se refieren al concepto de gestión de lo común. ¿Cómo es posible llevarlo a la práctica?

MICHAEL HARDT: El agua es un buen ejemplo porque es un bien común, pero no se hace común de inmediato. Para hacerlo , hay que hacer algo. No es sólo construir una infraestructura física de distribución sino también un dispositivo político e intelectual para hacer de todos ese bien natural.

La Educación es otro ejemplo. Tenemos escuelas y universidades públicas que pertenecen al Estado y otras que son privadas. ¿Qué sería una educación común? Hay que inventarlo, crearlo. Hay proyectos para hacer común la educación, con autogestión, autoeducación. La Universidad Nómada es un ejemplo de un proyecto de autogestion de lo común que es la educación, el saber.

TONI NEGRI: Aunque también hay males comunes como la moneda. Es difícil imaginar un mundo en el que no existan medios de intercambio. Es sin duda algo que es común y puede ser apropiada: tiene dentro de sí los mecanismos mismos de apropiación. Pero son reapropiados o se ven reapropiados de manera fraudulenta por quienes emiten estos medios. De este modo se tornan métodos de endeudamiento para la construcción de la explotación. ¿Cómo reconquistar lo común en este terreno? Habría que reducir los procesos bancarios y financieros a una dimensión de puro control del intercambio, por ejemplo.

D.: Explican que las asambleas constituyentes deben servir para modificar las constituciones actuales por su falta de representatividad. En ese sentido, ¿siguen defendiendo la Constitución europea?

M.H.: La única parte positiva de la Constitución europea es que crea un espacio de lucha porque se definen las propuestas que hay que defender. Sirve para fijar el debate.

T.N.: Es difícil considerar como tal a la Constitución europea ya que es un acuerdo internacional que se verificó entre un cierto número de Estados europeos. Tiene la estructura de un acuerdo, no de una constitución, y en esamedida tiene todos los defectos de las constituciones sin tener ninguna de sus ventajas.

Ésta es una constitución fuertemente condicionada por las necesidades de acuerdos financieros para la construcción y cobertura de la banca europea, no tiene en cuenta la necesidades de la ciudadanía europea. Un ejemplo es la cuestión de la emigración, que se desarrolla sobre un acuerdo policial bastante reaccionario.

El único elemento positivo es el hecho de haber vuelto a dirigir la atención política hacia una nueva entidad, un nuevo espacio, que es adecuado, desde el punto de vista de los movimientos, a una reorganización plural en el ámbito global. Es probablemente el terreno en el que habrá que localizar en la próxima fase de este medir el desarrollo de las libertades en este mismo siglo. Es imposible pensarlo a nivel español, italiano, francés: será preciso pensarlo en el ámbito de la Unión Europea. Es importante porque vincula un espacio a una propuesta política, la cualifica diferencialmente y la determina, la hace concreta. Es evidente que los niveles nacionales, por lo menos en Europa, se han visto superados. Hay una cultura crítica europea que es un hecho común y que hay que asumir como tal.

D.: Sobre el Movimiento 15M ¿cuál creen que es el detonante para que haya surgido en estemomento?

T.N.: El 15M aparece en una fecha electoral determinada y tras una traición por parte de Zapatero. Él llegó al Gobierno a partir de un movimiento social que partió precisamente de ahí. Esa traición se la hace pagar el 15M. También creo que la historia de la República está detrás. Es el gran momento de la reaparición de la democracia republicana porque en España no ha habido una verdadera transición. De hecho, hay elementos republicanos dentro del 15M que son innegables. Por otro lado, en España la crisis ha sido particularmente fuerte. Es la crisis económica general y el no querer pagar sus deudas. En la construcción de lo común es cómo se les hace pagar.

En este movimiento el génesis es fácil de entender pero todavía no se ve hacia dónde se dirige y este es el problema político. En el encuentro en Tabacalera parecía que me hubiera caído en la marmita de Astérix. Me impresionó esta asimetría entre la propuesta política y lo político como sistema político. La gente está aquí pero no quiere ir hacia esa forma de hacer las cosas. Es un éxodo de la cultura política.

D.: Elogian la pérdida delmiedo que supone el 15M. ¿A qué miedo se refieren?

T.N.: Hay muchos tipos de miedo y se cualifica de diferentes maneras. Uno de ellos es cuando se pone el cuerpo. El terror estatal se apoya en la concepción del cuerpo. Pasando por él, la cabeza también puede ser condicionada a través de la tortura. Se ataca el cuerpo para hacerte cambiar el cerebro, para decir lo que quieren que declares, por eso el cuerpo es una parte fundamental. La traición filosófica de la vida consiste precisamente en declarar la existencia sólo a través del cerebro cuando se declara que se existe sólo si se piensa y no es cierto. Es la traición cartesiana a la vida, es la traición filosófica a la vida y en cambio, el cuerpo, se vuelve absolutamente fundamental. El dicho spinoziano es central: no sabéis lo que puede un cuerpo.

Otro gran miedo es superar el individualismo. Definirse como el entrelazamiento de singularidades. No somos esos seres pequeños con nuestro pensamiento, con nuestra pequeña alma. Somos algo que habla, que se expresa a través de la palabra y somos ésto. Este conjunto que luego se torna pintoresco con las tiendas en las acampadas: son el retrato de la potencia de la historia.

D.: Una última cuestión. ¿Los intelectuales tienen que ser observadores o participantes?

M.H.: y T.N.: ¡Participantes!

* Traducción: Raúl Sánchez

“LA TEMPORALIDAD LENTA AGREGA Y REÚNE”

DIAGONAL: ¿Qué es lo novedoso en el 15M en la escena política, en el activismo político, que no hubiera antes?

TONI NEGRI: Hay algo nuevo respecto a las luchas anteriores: ¿De qué manera podemos agregar los discursos? Antes había una dirección inteligente, no necesariamente sectaria pero con aceleración del discurso. Aquí es menos virulenta, hay una relación con el tiempo que caracteriza mucho al movimiento indignado. Hay una temporalidad lenta pero construída que agrega y reúne y que, por ahora, ha sido un elemento de fuerza. Me parece muy característico. Es casi una transformación del modo de hacer política: antes era muy acelerado, muy ansioso. Aquí existe esa reflexión sobre la temporalidad y es un elemento muy institucional, nítido, preciso, nada anárquico. A través de esa lentitud se va depositando la voluntad común.

Demasiado grandes para caer

SON ya los meses y semanas en los que la crisis financiera del capitalismo de 2008 se ha traducido en todo el mundo euroatlántico en una crisis gravísima de los contenidos materiales y las condiciones de la democracia. Los distintos sistemas de partidos constitucionales están demostrando ser incapaces de expresar unos intereses distintos de los de los principales acreedores de una deuda pública que ellos mismos impusieron bajo la amenaza de: «Somos demasiado grandes para caer».

Conforme a los axiomas del neoliberalismo que tienen que inscribirse ahora en las distintas constituciones nacionales, para impedir esa caída es preciso declarar la bancarrota de las condiciones de la vida y la producción en común de la sociedad, sin más objetivo que expropiar y transformar en renta financiera toda la riqueza común en constante creación que se inscribe en las instituciones y los derechos del Estado del bienestar, fundamento del proyecto de la Unión Europea.

Los presupuestos de justicia e igualdad social distributiva de la democracia tienden así a verse anulados, mientras que las constituciones son consideradas un recetario consultable y prescindible en manos de los sistemas de partidos nacionales, entregados a su vez a una batalla contra una población empobrecida y sin amparo político en nombre de una «austeridad» sin alternativa tolerable y sin más contrapartida que un «podría ser peor aún».

Michael Hardt y Antonio Negri abordarán algunas cuestiones que surgen ante esta situación histórica: ¿qué es y cómo puede ejercerse un derecho a la bancarrota por parte de los ciudadanos? ¿una revolución que reinvente la democracia, debe disputar el principio de soberanía o producir las normas para un autogobierno de la sociedad? ¿cuáles son el territorio y el sujeto de un poder constituyente cuando los mercados financieros son soberanos?

Con motivo de su visita, Hardt y Negri concedieron una entrevista al periódico Diagonal