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Muere la Thatcher, pero el neoliberalismo continúa

08/04/2013 – 14:37 h.

Muere Margaret Thatcher, pero sus ideas están más vivas que nunca. Lo estamos comprobando estos días en el mismo Reino Unido, donde su vástago político David Cameron la emula en lo económico, incluso dando el estoque definitivo al estado del bienestar, y la sobrepasa por la derecha en cuestiones tales como la inmigración, presionado por los xenófobos emergentes en el país.

Pese a todo, el Reino Unido que ahora deja la dama de hierro no es el que a ella le gustaría: parte de los bancos siguen nacionalizados y el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, sigue siendo uno de los más heterodoxos del mundo, en dura competencia con el estadounidense y, hasta hace poco, también con el japonés (ahora Japón ha dado un salto cuantitativo y cualitativo que será imposible de imitar).

Siempre me preguntaré cómo habría enfrentado ella la crisis económica de la que su país fue una de las primeras víctimas. De lo que no cabe duda es de que, gracias a políticas absolutamente contrarias a las que ella predicó (nacionalizaciones, aumento del gasto público y expansión monetaria), el laborista Gordon Brown (sí, algunos nos seguimos acordando de él pese a su escaso carisma), que fue el que antes y de manera más acertada reaccionó, logró sacar al Reino Unido de la crisis.

¿Habría dejado caer bancos Margaret Thatcher? ¿Habría reducido al mínimo el gasto social para que las agencias de calificación no pusieran bajo vigilancia la “Triple-A” del Reino Unido? En definitiva, ¿estaría ahora el Reino Unido en una profunda depresión de haber sido ella quien hubiera estado al mando del país tras la caída de Lehman Brothers, o antes, cuando comenzaron a sufrir los bancos británicos? Si tuviéramos que apostar, lo haríamos al “sí”.

Lo sabemos, todo esto es historia ficción. Pero es que somos muy aficionados a ella. Que no nos puedan los prejuicios: la dama de hierro, quizás, se nos hubiera mostrado como una gran pragmática. Lo confesamos: nos resulta muy difícil imaginarlo.

Pese a todo, pese a los ejercicios de heterodoxia que se han puesto en marcha en todos los sitios (es puro pragmatismo), Margaret Thatcher se puede ir tranquila. Sus ideas son las que mandan. La Thatcher tiene sustitutos y fanáticos. Son los que gobiernan. Al menos en Europa. Y no hace falta apelar a las políticas que impone la troika a los países rescatados. Esto viene de mucho más atrás.

Podemos situar el inicio del triunfo del neoliberalismo thatcheriano, cuyas raíces hay que buscar en la escuela austriaca, (sí, esa que experimentó el liberalismo en el Chile de Pinochet), en, creo, el diseño de la Agenda 2010 del canciller alemán Gerhard Schroder, del SPD, en los primeros años de la década pasada. Ahí se puso negro sobre blanco la claudicación de la socialdemocracia, aunque unos años antes, el sociólogo Anthony Giddens, británico precisamente, ya había escrito el catecismo del “social-liberalismo”, la llamada Tercera Vía, a la que se apuntó Tony Blair, sucesor de la dama de hierro tras el ínterin en que mandó el gris John Major.

Algunos siempre pensamos que Tony Blair era sólo una Margaret Thatcher con sonrisa. El social-liberalismo y los partidos socialdemócratas de hoy son Margarets Thatcher con sonrisa.

No es posible hablar de la dama de hierro sin hacerlo de Ronald Reagan. Formaron el tándem perfecto que expandió el neoliberalismo por el mundo, los que permitieron que Francis Fukuyama dijera la tontería esa de que habíamos llegado al final de la historia, porque durante su mandato se fue fraguando el colapso del comunismo (o, mejor, del capitalismo de Estado). La casualidad les hizo posible mostrar al mundo que su modelo era mejor. Otra vez habían ganado los malos.

En Estados Unidos, Reagan también tiene herederos pero, afortunadamente, no están en el Gobierno, y forman una minoría en el Partido Republicano: están en el Tea Party. ¿Qué diría Reagan viendo a Ben Bernanke, también republicano, imprimiendo tantos dólares? Afortunadamente, a Reagan tampoco le tocó gestionar una crisis financiera en Estados Unidos. De otro modo, la Gran Depresión hubiera sido una broma al lado de lo que hubiera ocurrido en el mundo en estos últimos años. Lo del Reaganomics no sólo no hubiera funcionado, sino que hubiera sido contraproducente, un desastre.

Y, no, no me vengan con lo de la deuda que ha acumulado Barack Obama durante su mandato. No vale: mírense las cifras de endeudamiento que dejaron tanto Reagan como Bush. Y las de superávit de Clinton.

Cristina Vallejo Redactora de Inversión

AMERICANIZAR EUROPA. El neoliberalismo liquida social y políticamente el Estado del Bienestar.

sábado, 19 de junio de 2010

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Las cifras son históricas y muestran un panorama más oscuro de lo previsto para los próximos meses. La crisis económica en Europa ya es generalizada y de ella no se salva casi ningún país. Y lo peor es que, al parecer, los planes de estímulo económico puestos en marcha no están haciendo efecto, por lo menos de forma inmediata. La Crisis económica mundial golpea a Europa con más fuerza de lo presupuestado. Pero en Europa crece sin embargo el convencimiento de que el origen de los problemas no está en el capitalismo neoliberal sino en el sistema mismo. El Viejo Continente bulle y la lucha de clases reaparece.

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La ‘euromanifestación’ de sindicalistas en Madrid, realizada el 14 de mayo pasado, presionó a los gobiernos del Viejo Continente a defender el empleo. Foto: Efe

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AMERICANIZAR EUROPA. El neoliberalismo liquida social y políticamente el Estado del Bienestar.
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!! El Fin del Estado Keynesiano ¡¡
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Viernes 18 de junio del 2010.
Juan Diego García (especial para ARGENPRESS.info).
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Las medidas adoptadas por los gobiernos de Grecia, España, Alemania e Italia y las que se anuncian en Francia y el Reino Unido constituyen un paso más en el proceso de desmantelamiento del Estado del Bienestar. Al menos en las dos últimas décadas paulatinamente se ha ido recortando el gasto social y en general la participación de los asalariados en la renta nacional.

El neoliberalismo se ha impuesto como orientación general de los gobiernos y quienes dieron impulso al pacto capital-trabajo en el pasado –social democracia y democracia cristiana – se han alejado cada vez más de sus orígenes hasta perder por completo sus señas de identidad en favor del ideario liberal-conservador. Hoy resulta imposible distinguir diferencias sustantivas en los programas de los partidos mayoritarios. Los gobiernos, sean del signo que sean, obedecen a orientaciones muy similares y responden de la misma forma positiva a las exigencias del capital.

Sin una oposición sólida, la derecha busca culminar su objetivo “americanizando” las relaciones laborales y acercándose lo más posible al modelo estadounidense de sociedad. Ni las recurrentes crisis que han afectado al sistema en las últimas décadas, ni siquiera la actual, igual o peor que la gran crisis de 1929 parecen inquietar a una derecha que se siente dueña y señora del escenario político pues tiene como oponentes a sindicatos y partidos obreros que apenas empiezan a salir de la confusión ideológica y la incapacidad política que les ha afectado en los últimos años. Los movimientos sociales, por su parte, no logran superar la etapa del testimonio y la protesta para convertirse en una fuerza política real.

El abandono del proyecto reformista por parte de socialistas y social demócratas y su conversión al neoliberalismo les divorcia del movimiento obrero y de las capas populares de la población. En su seno sin embargo existen tendencias que abogan por un regreso a las políticas de antaño y proponen alianzas con las nuevas fuerzas sociales anticapitalistas y los partidos de izquierda para impedir el avance de la derecha y recuperar el terreno perdido. En Alemania se han conseguido algunos avances en esta dirección formalizando alianzas locales entre Die Linke y el SPD aunque su dirección mayoritariamente se opone a este acercamiento; en Francia, por el contrario, socialistas, comunistas y anticapitalistas unidos han propinado una aplastante derrota a la derecha en las pasadas elecciones regionales, una experiencia exitosa que podría reproducirse en otros lugares del continente. Los partidos comunistas conservan protagonismo en Francia, Grecia y Portugal al calor de las luchas sociales. Tras la crisis que provocó el derrumbe del campo socialista buscan reformular sus programas y sus formas de lucha para responder a las nuevas realidades. Los movimientos sociales, por su parte parecen cada vez más concientes tanto de su enorme capacidad de convocatoria como de su debilidad como sujeto político.

El movimiento sindical, mayoritariamente reformista, sufre el impacto de las transformaciones radicales del capitalismo tardío. Los cambios en la organización del trabajo y en la estructura de las empresas disminuyen enormemente la afiliación; las altas tasas de desempleo y la fuga de las empresas a otros mercados se convierten en una espada de Damocles que limita su capacidad de lucha. Pero su mayor limitación nace sin duda de su impotencia para imponer un nuevo contrato entre capital y trabajo; en otras palabras, las escasas perspectivas del reformismo en una coyuntura como la actual, con una burguesía prepotente que procede sin temor alguno ante unas clases laboriosas, descontentas pero desorientadas y desorganizadas.

En tales circunstancias es comprensible que a pesar de la dimensión de la crisis no se “refunde el capitalismo sobre bases éticas”. Por el contrario, se profundiza la misma estrategia que llevó al caos actual. Por ello, los centros de poder (formal y real) no solo mantienen el neoliberalismo aunque agudice en extremos impensables las crisis periódicas del sistema sino que se proponen llevar aún mas lejos su estrategia eliminando de un tajo conquistas claves del movimiento obrero: reforma laboral, reforma de pensiones, reducción del gasto social, disminución de salarios y nuevas y mayores ventajas al capital. El modelo ideal es por supuesto los Estados Unidos, el paraíso del capital sin controles. En Europa la clase dominante sueña con el retorno al capitalismo clásico, a un orden social regido por la ley del más fuerte, al darwinismo social y a la ley de la selva. Poco importa que intentando resucitarlo se de vida igualmente a las tensiones que llevaron antaño a la guerra, al fascismo y la barbarie, pero también a la revolución.

Hoy, se reproducen las guerras, por ahora en la periferia del sistema pero sin descartar los enfrentamientos directos entre las nuevas y las viejas potencias capitalistas, y por los mismos motivos de siempre: materias primas, mercados, zonas de influencia, etc. No es por azar que la estrategia neoliberal suponga una nueva edición del colonialismo, agudizando la dependencia de los países periféricos condenados a ser simples apéndices menores de las economías metropolitanas. Tampoco lo es que los ideólogos del engendro resuciten ahora la teoría del “peligro amarillo” y pronostiquen el inevitable enfrentamiento bélico con China. En consecuencia el militarismo florece con vigor; el mundo de paz que sobrevendría al triunfo sobre la URSS nunca se hizo realidad y, por el contrario, a los conflictos tradicionales han de agregarse ahora otros nuevos.

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La barbarie por su parte encuentra formas cada vez más sofisticadas; atrocidades que se creían cosa del pasado aparecen a diario en forma de masivos bombardeos sobre población civil, cárceles secretas, torturas, desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos masivos de población, miseria y hambre que se agudizan y aparecen incluso en el mundo rico, todo ello en contraste con el aumento de riqueza a niveles nunca imaginados. Los campos de concentración tienen su versión moderna en Guantánamo, Abu Graib, Bagram o Gaza. Hasta el fascismo callejero reaparece con fuerza social y electoral sin que falten las bestias pardas, matones de cabezas rapadas, estrafalarios y siniestros y sin que parezca importar mucho su condición delictiva y su base social marginal. Ya les llegará su momento de ser útiles al sistema. Ya habrá tiempo de adecentarlos y ponerlos al servicio del proyecto.

El desmantelamiento del capitalismo y la construcción en su lugar de un sistema esencialmente diferente –es decir, la revolución social- aún no es el ideario de las clases laboriosas ni de las mayorías sociales. Pero en Europa crece sin embargo el convencimiento de que el origen de los problemas no está en el capitalismo neoliberal sino en el sistema mismo. El Viejo Continente bulle y la lucha de clases reaparece. Los trabajadores se niegan a perder las conquistas sociales que tanto han costado. Es solo cuestión de tiempo que se forme una fuerza social transformadora. Nadie (fuera de la elite dominante) quiere ver a Europa convertida en una versión de los Estados Unidos. Y si como parece, el Estado del Bienestar no es posible dentro del nuevo capitalismo, gana fuerza la idea de buscar alternativas al sistema. Desde esta perspectiva otro orden social no solo es posible sino que resulta cada vez más necesario.

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Es importante considerar la siguiente informaciòn. ( Nota aparte del Artículo).
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Las cifras son históricas y muestran un panorama más oscuro de lo previsto para los próximos meses. La crisis económica en Europa ya es generalizada y de ella no se salva casi ningún país. Y lo peor es que, al parecer, los planes de estímulo económico puestos en marcha no están haciendo efecto, por lo menos de forma inmediata.
El martes de la próxima semana se conocerán las cifras oficiales tanto de la zona euro -los 16 países que tienen como moneda común el euro- como del conjunto de los 27 países de la Unión Europea, y todo indica que las grandes economías, lideradas por Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España, están postradas y sin dar muestras de mejoría, lo cual arrastra a todo el continente por el camino de la recesión.
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El Producto Interno Bruto (PIB) de la zona euro registró una caída récord de 2,5 por ciento en el primer trimestre de este año, en relación con el trimestre anterior. Es el cuarto retroceso consecutivo del PIB de ese espacio monetario y la caída es similar a la del conjunto de la Unión Europea.
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Pero más allá de las cifras, desde hace meses en Europa están viviendo situaciones que antes no se veían. Caídas en el consumo de licores y cerveza, auge de las cadenas de comida rápida, ofertas en los restaurantes de alta categoría, incremento inusitado de las demandas por auxilios de desempleo, subsidios del Gobierno y las compañías automotrices para comprar carro nuevo, e inclusive dinero en efectivo para quienes ganan bajos salarios.
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Nadie se salva.
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La economía alemana, la tercera del mundo, duramente golpeada por la caída de las exportaciones y de las inversiones industriales, sufrió una nueva contracción, 3,8 por ciento, después de haber perdido 2,2 en el último ejercicio trimestral de 2008.
Francia está oficialmente en recesión. En realidad, eso ocurre desde hace un año, aunque oficialmente no se habla mucho del tema. El PIB francés se contrajo 1,2 por ciento en el primer trimestre y 1,5 en el anterior, después de haber caído un 0,2 en el tercer trimestre de 2008 y un 0,4 en el segundo.
Italia, por su parte, está en recesión desde el tercer trimestre de 2008 y tuvo entre enero y marzo de este año una caída del 2,4 por ciento del PIB.
España también tuvo un retroceso de 1,8 por ciento de su actividad en ese mismo período. En Europa del Este también hay colapso: se presentaron contracciones en el primer trimestre de 2,3 por ciento en Hungría; 2,6 por ciento en Rumania, 3,5 por ciento en Bulgaria, el país más pobre de la UE, y 3,4 por ciento en la República Checa.
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Los males económicos del Viejo Continente son muy parecidos, pero las recetas para buscarle solución son variadas y con efectos desconocidos. En España, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero anunció una batería de medidas de gran calado que buscan reactivar la venta de automóviles y viviendas, frenar la eliminación de puestos de trabajo y mejorar la educación.
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Zapatero propuso un plan de ayuda directa de 2.000 euros por la compra de un vehículo, que serán asumidos por la industria del automóvil y el Gobierno por un año. A partir de 2011, el Gobierno socialista quiere eliminar las desgravaciones fiscales por el pago de una hipoteca para las rentas más altas, es decir, para aquellas personas cuyo sueldo anual bruto supere los 24.000 euros.
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Ecuador se negó a pagar la deuda y prosperó

UN EJEMPLO PARA UNA EUROPA EN CRISIS
Como España hoy, hace unos años, Ecuador era el país sudamericano que más parte de su presupuesto consagraba al pago de su deuda soberana. En 2005, Quito atribuyó el 40% del presupuesto público al pago de los intereses de la deuda mientras los gastos de sanidad y educación se reducían al 15%. Se satisfacía primero a los acreedores extranjeros, en detrimento de las necesidades fundamentales de la población. Un endeudamiento ilegítimo, una dependencia económica y financiera y un aumento de las desigualdades constituían las principales características de aquel Ecuador. Ante ese estado de hechos, en noviembre de 2006, a través de la vía electoral, los ecuatorianos llevaron a Rafael Correa a la presidencia de la República. Y con él todo cambió.
Al asumir el cargo en enero de 2007, Rafael Correa preconizó una “Revolución Ciudadana”, no violenta y democrática, que favoreciera la integración, la solidaridad y la equidad. Para alcanzar tales objetivos, era necesario asumir el poder a fin de transformarlo en poder popular, para provocar cambios en las estructuras desiguales existentes, puesto que el verdadero de­sarrollo sólo es posible a través de la modificación de las relaciones en el seno de la sociedad.
Correa decidió optar por la vía alternativa de dedicar los fondos estatales al gasto social y productivo, reduciendo de forma significativa la proporción del presupuesto asignada al pago de la deuda externa, y aumentando considerablemente la inversión humana. La realización de esta política fue posible gracias, en gran medida, a los resultados de la auditoría de la deuda externa y al rechazo de las deudas consideradas ilegítimas. Para lograrlo, Ecuador tuvo que atravesar un camino plagado de obstáculos. 
En el periodo de 1982 a 2006, la deuda externa en su totalidad (privada y pública) no hizo más que aumentar. Las ligeras “correcciones” derivadas de las diferentes condonaciones y renegociaciones nunca llegaron a frenar su vertiginoso ascenso, que pasó de 241 millones de dólares en 1970 a 17.000 millones de dólares en 2006. Representó como media, en el conjunto del mismo periodo, casi el 61% del producto interior bruto (PIB). Ecuador padecía entonces una verdadera hemorragia: si se calcula la diferencia entre las sumas recibidas de los prestamistas extranjeros y las sumas reembolsadas, se constata que la transferencia neta respecto a la deuda era negativa.
En ese periodo, más de 13.500 millones de dólares salieron de Ecuador para reflotar a los diferentes acreedores extranjeros. Así pues, esa lacra se fue transformando en un instrumento de dominación y de expolio de los países deudores, concebido por y para los países acreedores y las instituciones financieras internacionales. Además, Quito transfirió más de mil millones de dólares a los organismos multilaterales –Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, Banco de desarrollo de América Latina, Fondo Monetario Internacional– y, sin embargo, su deuda aumentó.
Los intereses de la deuda representaban, en 2004, el 145% de los ingresos fiscales petroleros y, en 2006, el 200%… Si esta tendencia se hubiera mantenido, Ecuador hubiera agotado sus reservas petroleras en 25 años sin haber invertido esa riqueza en apoyar su desarrollo. Por otra parte, sólo el 14% de las sumas prestadas entre 1989 y 2006 se utilizaron para proyectos de desarrollo (agua potable, energía, irrigación, transportes, telecomunicaciones, infraestructura social y apoyo a las empresas). El 86% restante sirvió para devolver el capital y los intereses de la deuda externa.
El presidente Rafael Correa se comprometió a poner fin a semejante círculo vicioso del pago de la deuda y de acuerdos para la refinanciación de todo tipo. Para ello, creó la “Comisión para la Auditoría Integral del Crédito Público” (CAIC) el 7 de julio del año siguiente. El Gobierno pretendía de ese modo impulsar la identificación de las deudas ilegítimas, tanto con los acreedores multilaterales (BM, FMI, BID) como con los acreedores bilaterales. En base a los resultados de la auditoría, Ecuador renegociaría entonces el pago de la deuda externa. Decidió no pagar las deudas que no hubieran beneficiado a la población o que se hubieran contraído de forma fraudulenta, y emprender acciones jurídicas contra los responsables de la situación de endeudamiento. 
La posición de Correa fue clara: la deuda externa se pagará en la medida en que no afecte a las prioridades del desarrollo nacional. Posición que no excluye la opción de una moratoria si la situación económica lo exige. El Gobierno se posicionó así como “país acreedor” frente a una deuda ya ampliamente pagada y de la cual una buena parte era ilegítima, lo que justificaba su no devolución.
Un ejemplo de deuda ilegítima fue la decisión del Gobierno noruego de anular la deuda ecuatoriana. A finales de los años 1970, la industria noruega de construcción naval se encontraba en mala situación. Oslo decidió poner en marcha una “Campaña de exportación de navíos” y se aprobaron numerosos préstamos sin considerar la realización efectiva de los proyectos previstos ni la capacidad de reembolso de los países deudores. De los 36 proyectos concluidos con 21 países, sólo dos consiguieron satisfacer su deuda. Ecuador fue uno de los países que no llegó a hacerlo. Gracias a la presión de activistas por la anulación de la deuda tanto en Noruega como en Ecuador, el Parlamento y el Gobierno noruegos terminaron por tomar conciencia de que tales actuaciones eran inadmisibles. El 2 de octubre de 2006, el ministro noruego de Desarrollo Internacional anunció la anulación de la deuda para los países que, como Ecuador, aún debían entonces 36 millones de dólares.
Las renegociaciones con los acreedores internacionales habían empezado en 1983 cuando la deuda comercial de las empresas privadas ecuatorianas pasó a ser responsabilidad del Estado, ya que éstas no tenían recursos para cumplir con sus obligaciones económicas (como pasa hoy en España con los bancos). El proceso de renegociación conoció diversas peripecias, pero las cosas no cambiaron realmente hasta que, en 2007, siete meses después de su elección, el presidente Correa decidió crear la CAIC. Las conclusiones mostraron que numerosos préstamos habían sido concedidos violando reglas elementales del derecho internacional.
Como ocurre hoy en Grecia, en Portugal o en España, esas condiciones de crédito aceptadas obligaron a Ecuador a iniciar reformas estructurales que garantizaran modelos de pago de la deuda, en detrimento del crecimiento económico y de los derechos sociales de la población. 
Se llegó así a la sexta renegociación, en noviembre de 2008. Quito decidió suspender el pago de títulos de deuda con fecha de vencimiento, algunos para 2012, y otros para 2030. Rafael Correa propuso una reestructuración de la deuda, no por falta de dinero, sino porque existían indicios de ilegitimidad y de ilegalidad de la deuda. El Presidente Correa señaló que la renegociación debía tener en cuenta, no sólo las exigencias de los acreedores, sino también las demandas del Gobierno, tomando ante todo en consideración las posibilidades de pago del país, únicamente después de haber satisfecho las necesidades sociales del pueblo.
En junio de 2009, Ecuador consiguió readquirir títulos de deuda por valor de 3.200 millones de dólares por sólo 900 millones de dólares, es decir, con una reducción de entre un 65% y un 70% de su valor. Si tenemos en cuenta los intereses que Ecuador ya no tendrá que pagar, puesto que ha comprado títulos que vencen en 2012 y en 2030, el Tesoro Público ahorró en torno a 7 280 millones de dólares para los próximos 21 años. Esto ha permitido encontrar nuevos medios financieros y aumentar el gasto social en la sanidad, la educación, la ayuda social y el desarrollo de infraestructuras de la comunicación.
Como consecuencia, la deuda de Ecuador descendió de 17.475 millones de dólares en 2008 a 13.686 millones en mayo de 2011, lo que representa una reducción de 3.789 millones de dólares. El saldo de la deuda externa pública fue restablecido a 8.705 millones, mientras que el de la deuda privada quedó en 4.981 millones.
Esta actitud original y soberana del Gobierno responde a preceptos precisos inscritos en la nueva Constitución ecuatoriana aprobada por sufragio universal en septiembre de 2008. En especial, el artículo 290 somete todo endeudamiento futuro a las siguientes reglas:
1. Se recurrirá al endeudamiento público sólo cuando los ingresos fiscales y los recursos provenientes de la cooperación internacional sean insuficientes.
2. Se velará para que el endeudamiento público no afecte a la soberanía, los derechos, el buen vivir y la preservación de la naturaleza.
3. Con endeudamiento público se financiarán exclusivamente programas y proyectos de inversión para infraestructuras, o que tengan capacidad financiera de pago. Sólo se podrá refinanciar deuda pública externa, siempre que las nuevas condiciones sean más beneficiosas para Ecuador.
La no devolución de la deuda decidida por Rafael Correa, le ha permitido a Ecuador ahorrar casi 7.000 millones de dólares (intereses incluidos), que se han reinvertido en el ámbito social.
Por otra parte, entre 2006 y 2011, el porcentaje del presupuesto estatal dedicado a la devolución de la deuda pasó del 24 al 7%, mientras que el relativo a los gastos sociales aumentó del 12 al 25%. Además, el crecimiento del PIB alcanzó una media del 4% desde 2006 y de un 7,8% en 2011, lo que permitió financiar el aumento de los salarios, las pensiones y la mejora general de las condiciones de vida.
En mayo de 2010, a raíz de un encuentro con el ex primer ministro griego Yorgos Papandreu, Rafael Correa le aconsejó, pero en vano, que Atenas dejase de pagar su deuda. Le explicó en términos simples pero significativos: “Es la lógica financiera: te caíste, me pagas más y más caro. Cuando la lógica del desarrollo tendría que ser: te caíste, pues te levanto y después ya veremos cómo nos arreglamos”. Reiteró este consejo el 8 de octubre de 2011 a los países europeos afectados por la “crisis de la deuda”, que no es más que un pretexto para la implementación de políticas austeritarias.
Si analizamos las medidas regionales, coherentes con las políticas mencionadas, se puede destacar que en marzo de 2007, siete países de UNASUR (Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Brasil y Uruguay) decidieron restablecer márgenes de maniobra creando el Banco del Sur, una institución financiera que dispondrá de una parte de las inmensas reservas –entre 7.000 y 20.000 millones de dólares– para el desarrollo del continente.
Y Ecuador añadió otros dos pilares a la nueva arquitectura financiera regional con la Declaración de Quito de mayo de 2007. Propone la creación de un fondo de estabilidad regional, el Fondo del Sur, y una unidad de cuenta común que abra el camino a la futura unión monetaria sudamericana. De ahí el SUCRE, o Sistema Unitario de Compensación Regional de Pagos, boceto de una moneda común.
Tras cinco años de Revolución Ciudadana, Ecuador ha logrado encontrarse por primera vez en una situación que le permite realizar una distribución adecuada de la renta y la riqueza, promover la producción nacional, la integración regional, el respeto a los derechos de los trabajadores y la estabilidad económica.
Aunque todavía quedan objetivos por alcanzar, las cifras de la revolución productiva y económica son reveladoras de un cierto optimismo. El paro y los contratos precarios se han reducido, la pobreza ha disminuido. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Ecuador es el segundo país de la región que más ha reducido su índice de pobreza, que ha caído 9 puntos situándose en un 28,6%. En 2011, 650.000 personas salieron de la pobreza.
Gracias al crecimiento económico y a la gestión responsable de las finanzas, la deuda pública en relación al PIB ha descendido a su nivel más bajo en la historia. En octubre de 2011, se situaba en un nivel del 22% (14% de deuda externa y 8% de deuda interna). Ecuador ha conseguido imponerse a la deudocracia. Y ya no está en venta.
Por CARLOS JÁTIVA, Embajador de Ecuador en París

http://www.monde-diplomatique.es/?url=mostrar/pagLibre/?nodo=c0c9a682-d412-4501-9cfd-cb6874237206

FRENTE AL FRACASO DEL NEOLIBERALISMO, ¿HUMANIZAR EL CAPITALISMO?

Augusto Lapp Murga. Aporrea

Ya parece un hecho evidente para todo el mundo bien pensante que el capitalismo neoliberal, con su pensamiento único del “ laissez-faire” y la “ mano invisible” del mercado autorregulado, al cabo de apenas tres décadas de dominio global ha resultado en un estruendoso fiasco. La crisis financiera que afecta al mundo entero, la recesión de la economía productiva en los países desarrollados, las enormes deudas soberanas y el rescate leonino de las finanzas públicas y privadas en quiebra, el desempleo galopante y el aumento de la pobreza, entre otras cosas, así lo indican.

Ante esta crisis de la economía global vuelven a enfrentarse las dos ideologías fundamentales del capitalismo. De un lado, el neoliberalismo, con su idea de la defensa del libre mercado y la libre competencia hasta sus últimas consecuencias, en una evidente huida hacia adelante, insiste en seguir aplicando las consabidas políticas de plena apertura de los mercados para los grandes capitales transnacionales, mayor flexibilización laboral para incrementar las ganancias de las empresas capitalistas, ayudas masivas a la banca para salvar el sector financiero, y austeridad presupuestaria para estrangular aún más el “gasto” social.

Por otro lado, en respuesta ante el colapso del capitalismo neoliberal, se ha planteado la opción de retornar a un capitalismo “más humano”. Sería éste una versión del keynesianismo, con un sistema regulado donde el gobierno tome la forma de un estado benefactor que interviene para prevenir los excesos a los que conduce la lógica del capitalismo de buscar expandir las ganancias a toda costa. Aunque los críticos liberales acusan a su vez que son las políticas expansivas y asistencialistas de estos estados las causantes de las grandes deudas públicas y altas tasas de inflación que al final condujeron al fracaso del keynesianismo en la década de los setentas.

Observamos entonces que esta nueva crisis del capitalismo y sus consecuencias no sólo movilizan amplias masas de trabajadores y sacude a la opinión pública mundial, sino que también ha desatado nuevamente la polémica entre las diferentes corrientes del pensamiento económico capitalista. Esta polémica no sería algo extraño, dado que, como ya observara Marx en su libro Miseria de la Filosofía [2], cuanto más evidente se muestra el carácter antagónico de los intereses de clase, más se embrollan en su propia teoría los economistas, los representantes científicos de la producción burguesa; y por ello aparecen distintas escuelas.

Marx identificaba en su época dos escuelas: Por un lado, “Están los economistas fatalistas, que en su teoría son indiferentes a lo que llaman los inconvenientes de la producción burguesa, como lo son los burgueses mismos a los padecimientos de los proletarios, que los ayudan a adquirir las riquezas”. Dentro de esta escuela fatalista hay clásicos y románticos. Para ambos “la miseria es, según su criterio, el dolor que acompaña a toda creación, lo mismo en la naturaleza que en la industria”. Son los también llamados capitalistas salvajes.

Por otro lado, dice Marx, “Surge luego la escuela humanitaria que toma a pecho el aspecto malo de las relaciones de producción actuales. Dicha escuela trata, para tranquilizar su conciencia, de mitigar, en lo posible, los contrastes reales; lamenta con sinceridad las angustias del proletariado, la competencia desenfrenada de los burgueses entre sí; aconseja a los obreros que sean mesurados, que trabajen bien y que tengan pocos hijos; y recomiendan a la burguesía que moderen el ritmo de la producción. La entera teoría de esta escuela –observa Marx- se apoya en distinciones efectivas entre la teoría y la práctica, entre los principios y los resultados, entre la idea y su aplicación, entre el contenido y la forma, entre la esencia y la realidad, entre el hecho y el derecho, entre el aspecto bueno y el aspecto malo”.

Estas palabras las escribió Marx entre los años 1846-1847, pero aun hoy conservan toda su vigencia. Desde entonces esta escuela “humanitaria” ha continuado elaborando diversas propuestas de remiendo del capitalismo. Tres disciplinas vienen a justificar o reforzar su teoría: a) la filosofía moral y política de claro corte normativista, centrada fundamentalmente en el “deber ser” de las organizaciones económicas y sociopolíticas, sólo se ocupa de reclamar discursivamente la necesidad de atender la dimensión ética de la gestión capitalista; b) el sociologismo, que acentúa unilateralmente las relaciones sociales y relativiza la influencia de las estructuras económicas en las que descansan dichas relaciones; c) y por último, la economía política reformista, con su fórmula de una economía desarrollista y redistributiva como alternativa dentro del capitalismo.

Estas disciplinas, con sus doctrinas y propuestas, incluidas las que surgen desde posiciones autoproclamadas como socialistas, suelen hacer certeros análisis de las aberraciones del sistema, sin embargo, sólo terminan por querer maquillar algunos de los principios y categorías fundamentales de la economía capitalista. Algunas plantean como una solución efectiva, por ejemplo: regular el mercado; normar el capital financiero; socializar la mercancía; compartir las ganancias; o cumplir con la “responsabilidad social” de las empresas.

Con estas medidas se pretende saldar las deudas sociales del capitalismo. No son malas per se , pero obviamente son soluciones cosméticas que van a contrapelo de las leyes inexorables que gobiernan el sistema, como de las contradicciones internas que lo caracterizan. Sin dudas, estas medidas se contradicen con los principios de la producción de plusvalía y la maximización de las ganancias, con los de la reproducción y la acumulación del capital, que son leyes fundamentales que le dan vida y rigen al capitalismo. Como también se enfrentan a las relaciones de producción y las formas de propiedad y distribución que las sustentan. Cuesta entonces pensar que el capitalismo esté dispuesto a mutilar algunos de sus miembros fundamentales, o que la burguesía llegue hasta sacrificar su propia existencia en beneficio de la sociedad. Por ello, aunque nos perezcan bien intencionadas, esas propuestas “humanitarias” a todas luces resultarán utópicas o insuficientes, y tarde o temprano serán nuevamente sustituidas por el capitalismo verdadero.

No obstante esto, los filósofos, sociólogos y economistas pro capitalistas siguen edulcorando cada vez más la infusión, han venido añadiendo refinamientos y correcciones a la fórmula, perfeccionando el discurso sobre el capitalismo “humanitario”, pero al fin y al cabo siempre resulta el mismo brebaje. Con relación a esto, Marx explica: “La escuela humanitaria perfeccionada recibe el nombre de escuela filantrópica. Niega la necesidad del antagonismo, quiere hacer burgueses a todos los hombres; quiere realizar la teoría, en tanto que ésta se distinga de la práctica y no contenga antagonismos. Claro está que en la teoría resulta fácil hacer abstracción de las contradicciones que se encuentran en cada instante en la realidad. Esta teoría sería entonces la realidad idealizada. Los filántropos desean, entonces, conservar las categorías que expresan las relaciones burguesas sin el antagonismo que las constituye y que les es inseparable. Creen que combaten seriamente la práctica burguesa, y resultan más burgueses que los otros”.

En resumen, las crisis periódicas y sistémicas del capitalismo demuestran tanto la utopía del pensamiento único neoliberal, como revelan las limitaciones y la insostenibilidad de las políticas y los gobiernos socioliberales. De tal manera que no podemos caer en el juego pendular del hayekismo-keynesianismo que nos ofrece la burguesía. Resulta evidente entonces que la crisis actual del neoliberalismo no puede solucionarse dentro del capitalismo; sólo con un socialismo verdadero, que adelante una transformación estructural más profunda basada en cambios en la propiedad de la tierra, los modelos comerciales y la propiedad de las industrias estratégicas, al mismo tiempo que modifique la cultura no solidaria, consumista y depredadora del capitalismo, es como se podrá lograr la máxima felicidad del ser humano en el planeta Tierra.

Referencias:

[1] Marx Karl. Miseria de la Filosofía , Gradifco, Buenos Aires, 2010, p. 119.

La realidad del “milagro económico alemán”

La realidad del “milagro económico alemán”

Escrito por:

Santiago Freire

Desde hace ya bastantes meses los analistas económicos de la burguesía así como el conjunto de la clase empresarial  no han parado de elogiar a Alemania y situar las políticas económicas de este país como el modelo que se debe seguir de cara a superar la actual crisis. Si nos quedamos en las simples apariencias esto parece ser así, Alemania terminará el 2011 con un crecimiento próximo al 3%, una tasa de paro en torno al 5,5% y unas perspectivas para el 2012, al menos en principio, algo más favorables que las del resto de la Unión Europea. Sin embargo, profundizando más a fondo en la situación económica y social es donde podemos ver que el supuesto “milagro alemán” está lejos de ser tan maravilloso como nos lo pretenden presentar.

La bajada de los salarios como clave de la economía alemana

Bajo el capitalismo cada capitalista individual busca producir en mayor cantidad y más barato que sus competidores y ganarles así su cuota de mercado, es lo que se denomina competitividad. Esto se puede conseguir por medio de dos vías, por un lado innovando tecnológicamente y por otro lado a través de abaratar el coste de la fuerza de trabajo, es decir bajar los salarios. Sin duda Alemania es un país puntero en el aspecto tecnológico, pero la clave de la bonanza de sus empresas en los últimos años hay que buscarlo en el segundo factor antes indicado. Desde hace 20 años la clase obrera alemana ha venido sufriendo un retroceso en su capacidad adquisitiva y pérdidas  de derechos laborales, pero ha sido fundamentalmente a partir del 2003 con la apuesta en marcha de la llamada “Agenda 2010” cuando este proceso se ha acelerado.  Dicho programa de medidas (el mayor recorte de prestaciones sociales desde 1949 según el Frankfurter Allgemeine Zeitung) supuso un conjunto de recortes en gasto social  y un aumento de la flexibilidad laboral en forma de incremento del trabajo parcial y temporal,  que minaron todavía más las condiciones salariales de los trabajadores alemanes. Entre otras cosas se crearon los ahora famosos “minijobs”,  una forma de trabajo basura remunerado sólo con  400 euros al mes y se permitió la contratación temporal por tiempo ilimitado.

Este proceso se reforzó aún más con las deslocalizaciones de empresas a países del Este de Europa y el Sudeste asiático que sirvieron a su vez como método de presión y chantaje a la clase obrera para que esta se viera obligada a aceptar recortes en sus condiciones laborales.  Todo lo anterior apoyado además en la pasividad, cuando no permisividad, de los sindicatos alemanes.

De esta manera los empresarios alemanes han podido ganar competitividad sobre sus rivales extranjeros y mantener o aumentar sus tasas de ganancia vía el incremento de las exportaciones (aun a costa de deprimir el mercado interno alemán) y llegando este año a un superávit comercial de 180.000 millones de euros  Pero si las cosas van bien para los capitalistas, los trabajadores no pueden decir lo mismo.

 Retroceso de las condiciones laborales

Las cifras oficiales señalan un paro del 5,5% (2,7 millones de personas), pero eliminando de la estadística a los mayores de 58 años, a los que buscan trabajo sin estar registrados en las oficinas de empleo o a los que están haciendo cursos de formación. Todo esto unido a que otros cinco millones de trabajadores necesitan de la ayuda social para vivir y que el número de precarios se sitúa ya en 7,3 millones de personas, un 22% de la fuerza de trabajo, con salarios muy inferiores a los que tienen los contratados fijos, los cuales se han reducido entre 2001 y 2008 en 2,1 millones. El resultado es la aparición cada vez más habitual del llamado trabajador pobre al que su salario no le llega para vivir, convirtiéndose en la auténtica realidad del  “exitoso” modelo laboral alemán.

En verano un informe de la Comisión Económico-Social de la ONU denunciaba entre otros problemas las injusticias en el mercado de trabajo y en el régimen de la seguridad social, la deficiente atención a los ancianos o que 2,5 millones de niños viven bajo el límite de la pobreza, no existiendo además un programa de lucha real contra la misma. Un informe reciente publicado en el Saarbrücker Zeitung  señalaba que en los últimos 10 años la esperanza de vida de la población pobre se ha reducido en 2 años.

¿Es exportable el modelo alemán?

El planteamiento de que los países de la periferia europea, incluyendo al estado español, podrán salir de la crisis a través de la bajada de salarios y la consiguiente devaluación de los precios siguiendo el ejemplo alemán, presenta sin embargo considerables problemas. Primeramente en la misma Alemania el crecimiento económico empieza a estancarse, con unas previsiones para el año que viene de entre el 0,5 y el 1% de subida del PIB, Esto es consecuencia de la dependencia de las exportaciones en un entorno de parón económico dentro de Europa donde se realizan las dos terceras partes de las transacciones comerciales, Por esa misma razón si el resto de los países europeos siguieran esta vía los mercados para la exportación se reducirían todavía más. O dicho de otra manera, para que el modelo alemán pudiera funcionar en otras zonas de Europa, Alemania tendría que dejar de usar ese modelo y pasar de ser una potencia exportadora a ser el receptor de las mercancías de esos países, ampliando su mercado interno por la vía de hacer algo a lo que sus empresarios no están dispuestos: subir los salarios.

Fecha:

25 de enero del 2012

Entendiendo la deuda

Entendiendo la deuda

Recortes presupuestarios, restricciones sociales, menor protección social, peor atención sanitaria, peor educación, rebaja de salarios, despidos, precariedad…

¿Todo por la deuda?

Estamos en crisis y no existe otro discurso para salir de ella que el de recortar y continuar recortando los presupuestos del Estado destinados a fines sociales. El motivo de tal austeridad, según apunta el discurso dominante, es el alto nivel de endeudamiento del Estado español, motivo que comparte con el resto de países de “segunda” de la zona euro.

Hemos visto, durante estos años de crisis, cómo las agendas de nuestros políticos estaban repletas de reuniones y más reuniones; cómo los dirigentes europeos declaraban la urgencia de crear medidas de estabilidad del euro; cómo se llamaba al orden a ciertos países y cómo la presión político-mediática legitimaba continuos gestos antidemocráticos como la imposición de gobiernos tecnócratas no elegidos democráticamente (golpes de estado en Grecia e Italia) o nuestra reciente reforma exprés de la Constitución, sin referéndum, aprobada el 30 de agosto de 2011, que expone en su artículo 135.3: “Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. En otras palabras: el pago de la deuda será prioritario; cada euro que entre en tesorería tendrá que ir destinado prioritariamente a pagar la deuda y sus intereses -en detrimento de sueldos, pensiones, prestaciones y cualquier tipo de gasto social- hasta que no se haya cubierto totalmente dicho importe. Y además, se prohíbe su negociación o repudio.

Así pues, el dinero de nuestros impuestos no irá destinado prioritariamente a nuestros servicios sociales sino al pago de la deuda. Una deuda de la que nunca fuimos conscientes sin poder opinar o participar. Una deuda apuntada como el mayor de los problemas y de la que nos hacen responsables directos y nos obligan, por constitución, a saldar. Una deuda que obliga a recortar nuestros servicios públicos y que nos condenará al mayor de los desamparos sociales. Una deuda de la que aún no se ha hecho ninguna auditoría para determinar su legitimidad. Una deuda que ha establecido una nueva política de gobierno y un nuevo orden de prioridades presupuestarias.

Frente a todo esto, debemos preguntarnos, ¿cuál es la verdad que esconde la deuda? Para descifrarlo, hagamos un repaso de la historia de la deuda y veamos cómo se acabó imponiendo este régimen económico llamado Deudocracia.

¿Podemos permitirnos nuestro estado social?

¿Podemos permitirnos nuestro estado social?

José Moisés Martín – Economista e impulsor de Economistas frente a la crisis.

02/10/2012 – 09:49h

“Tendremos el Estado del Bienestar que podamos permitirnos”. Esta es la frase que, repetida hasta la saciedad, quiere intentar convencer a la ciudadanía de que España ha estado viviendo por encima de sus posibilidades.

Pero, ¿es esto cierto? La cuestión que se pone encima de la mesa, entonces, es determinar si el Estado del Bienestar que hemos construido en España es sostenible o desorbitado, y, si lo es, cuál sería el Estado del bienestar adecuado a nuestras posibilidades económicas.

Para ello, examinaremos la evolución del gasto social en España en los últimos años, y, como es habitual, lo pondremos en relación con nuestro entorno más próximo, esto es, la Unión Europea. Utilizaremos los datos oficiales de EUROSTAT, tanto en las series de protección social como en las series de gasto público. Estas series contabilizan el gasto en protección social y en salud, pero no los de educación, que, tradicionalmente en España, son considerados gasto social.
El Gasto social antes de la crisis: un estado social modesto 

Entre el año 2000 y el año 2007, el gasto en protección social (excluyendo educación) en España se ha mantenido prácticamente invariable en términos de porcentaje del Producto Interior Bruto, alrededor del 20% del PIB, y menor que la media de la Eurozona para ese mismo período, que ha oscilado entre el 26 y el 27% del PIB.

Porcentaje de gasto
Porcentaje de gasto

 

Se podría argumentar que en España el gasto social ha sido menor que la media de la Eurozona debido a nuestra menor renta per cápita y, por lo tanto, a que España se encuentra en peor situación económica para sostener su gasto social. La realidad desmiente esta afirmación. De acuerdo con EUROSTAT, España ha convergido en términos de renta per capita muy rápidamente, hasta situarse, al inicio de la anterior década, por encima del 90% de la media de la Eurozona en términos nominales. Sin embargo, y aún con cierta convergencia, el gasto social per capita estuvo, hasta 2007 por debajo del 65% de la media de la Eurozona.

Convergencia_Económica
Convergencia_Económica

Este diferencial social con la Eurozona es debido a dos componentes: en primer lugar, a un menor peso del gasto social en la distribución del presupuesto público. En España, el gasto social ha representado, entre 2002 y 2007, entre un 51% y un 52% de todo el gasto público,  mientras que la media de la eurozona para ese mismo período se situaba entre el 57% y el 58%. En segundo lugar, al menor tamaño del sector público español en relación con el tamaño medio del sector público de la Eurozona. El gasto público español entre 2002 y 2007 se situó entre el 38% y el 39% de nuestro PIB, mientras que la media de la eurozona se situaba, para esos años, entre el 48% de 2003 y el 46% de 2007.

 

La crisis y el descuadre de las cuentas públicas. Funcionan los estabilizadores automáticos.

Desde 2007, la crisis económica y financiera que asola el mundo y, especialmente a la eurozona, han desencadenado un proceso de ajuste de las cuentas públicas que se está cebando especialmente en el Estado del Bienestar. Para analizar este segundo período, utilizaremos las series de gasto público en protección social de EUROSTAT, que nos permitirán analizar los años 2007 a 2010.

Lo primero que se puede observar es el incremento del gasto público en protección social entre 2007 y 2010, que pasa del 20% al 24,6% del PIB.

Gasto_Social
Gasto_Social

 

Sin embargo, una buena parte del incremento se debe al aumento de las prestaciones por desempleo, que pasaron de significar el 1,6% del PIB en 2007 al 3,2% en 2010. El segundo gran incremento se debe a las transferencias de la Seguridad Social en pensiones, que pasó del 8,6% al 10,1% del PIB. En ambos casos (desempleo y seguridad social) se trata de lo que los economistas denominan “estabilizadores automáticos”, esto es, sistemas de transferencias que se reducen en situaciones de bonanza económica y que se expanden en situación de crisis.

De manera que, descontando el efecto de las prestaciones por desempleo y las pensiones, que, como hemos señalado tienen un componente automático de crecimiento, el gasto social discrecional –no sujeto a variaciones automáticas- en España entre 2007 y 2010 ha permanecido prácticamente estable.

Composición_gasto
Composición_gasto

 

 

¿Podemos permitirnos nuestro estado social?

Tras examinar nuestro gasto social, y observar su evolución antes y después de la crisis económica internacional, cabe preguntarse: ¿puede España sostener su estado del bienestar?

Para responder a esta pregunta nos basaremos en un análisis del gasto social del conjunto de la Unión Europea [1], tanto de la Eurozona como de los países que mantienen sus monedas, intentando explicar el gasto social per cápita como una función del PIB per cápita. Esto es, obteniendo la relación entre los recursos disponibles (PIB) y el uso (Gasto social). Para ello realizamos una regresión de corte transversal, eligiendo el año 2009 al ser el último año antes de los ajustes fiscales que se produjeron, en 2010, para toda la Unión Europea.

Como se puede observar en el gráfico, el gasto social europeo está muy directamente relacionado con el nivel de renta de cada país, obteniéndose una correlación muy alta (El coeficiente de determinación R2=0,9793) entre el PIB per cápita y el gasto social per cápita. De esta alta correlación podemos concluir que el gasto en protección social en la Unión Europea está muy directamente relacionado con el nivel de renta.

Nivel_Renta
Nivel_Renta

 

La recta de ajuste definiría el modelo “teórico” o “esperable” de esta relación directa, de manera que los países que se situaran por encima de la misma estarían dedicando más dinero al gasto social del que correspondería por su nivel de renta (Francia, Dinamarca), y los que se situaran por debajo estarían dedicando menos dinero del que sería esperable (Chipre, Irlanda).

De acuerdo con este ajuste, España no sólo no tiene un gasto social por encima de sus posibilidades, sino que está dedicando a gasto social ligeramente menos dinero de lo que le correspondería por nivel de renta. Para situarse en su nivel “teórico” de gasto social, España tendría que haber dedicado a gasto en protección social un 12% más de lo que dedicaba en 2009.

 

Conclusión: no es la riqueza, sino cómo la repartimos.

Una vez observados estos elementos, podemos concluir que:

  1. El gasto social en relación al PIB España se ha mantenido en niveles invariables durante la anterior década y hasta el comienzo de la crisis económica. No hubo burbuja social, como algunos pretenden hacer creer.
  2. El incremento desde el inicio de la crisis se explica en gran medida por los estabilizadores automáticos como las pensiones y el seguro del desempleo, y no tanto por un incremento del gasto discrecional.
  3. En su punto álgido antes de los primeros recortes, el gasto social en España no sólo no era desorbitado en función de nuestra riqueza como país, sino que era inferior a lo esperable por nuestro nivel de renta.

El mantenimiento del estado del bienestar no está en riesgo por motivos económicos. España debería tener capacidad para sostener su gasto social, más allá de las difíciles circunstancias en las que ahora se encuentran nuestras finanzas públicas, si su fiscalidad fuera la adecuada. La clave, de nuevo, no está en la riqueza del país, sino en cómo la distribuimos entre los que vivimos en él.


[1] Se ha excluido a Luxemburgo, por su poca significación demográfica y sus niveles de renta y gasto social extremadamente alejados del conjunto de la Unión Europea.