Archivo de la etiqueta: elites

La rebelión de las élites.

FUENTE

Ya nada volverá a ser igual. El retroceso en la educación pública; el desmantelamiento de la sanidad, dejando de ser un derecho universal para convertirse en una iguala como la que pergeñó el falangista Girón de Velasco en los años de la beneficencia franquista; el zarpazo a los derechos de los trabajadores, a las libertades públicas, no son medidas coyunturales anticíclicas, entre otras cosas porque agudizan y no sobresanan las excrecencias de la crisis, sino los sillares  de la refundación autoritaria del Estado, muy reluctante con derechos y  libertades. Se pretende que las ideas y los principios sucumban frente a los condotieros del rigor presupuestario, que no es, al final, sino el rigor mortis que nos trae el discurso  “no hay alternativa”, mientras la tecnocracia sustituye a la política con el fin de aherrojar por completo los principios cívicos de la democracia.

Nunca como ahora tantas cosas fundamentales para la ciudadanía han estado en un peligro tan grave en forma de agresión sin precedentes a la supervivencia y dignidad de amplios segmentos de la población mediante un auténtico coup de force contra el Estado social y de derecho. Las fuerzas conservadoras ejercen de verdugo pudibundo. No sólo ajustician, sino que predican. Fomentan el desprestigio de la actividad pública, desprecian las instituciones democráticas, humillan y castigan a las clases populares, empobrecen a todos y llevan al país a la quiebra al tiempo que salvaguardan los intereses de los poderes económicos y financieros que son las causantes de la crisis.

En realidad lo que estamos sufriendo es una rebelión de las élites, concepto acuñado por el historiador y sociólogo Christopher Lasch, que define el momento en el que grupos privilegiados de actores económicos y políticos, representantes de los sectores más aventajados de las sociedades, se liberan de la suerte de la mayoría y dan por concluido de modo unilateral el contrato social que los une como ciudadanos. Las élites arrojan al resto de las clases sociales al pozo de la más grosera desigualdad, fragmentan los Estados y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos.

Krugman ha hablado de “la imprudencia de las élites” en otro sentido pero en la misma dirección: las políticas que han multiplicado el paro y empobrecido a las clases medias fueron abanderadas por pequeños grupos de personas influyentes, “en muchos casos las mismas personas que ahora nos dan lecciones a los demás sobre la necesidad de ponernos serios”. Alain Touraine escribe en su última obra (Después de la crisis. Paidós) que el comportamiento de los muy ricos, dominado por la obsesión del máximo beneficio, desempeñó y sigue desempeñando el papel principal en la disgregación del sistema social, es decir, “de toda posibilidad de intervención del Estado o de los asalariados en el funcionamiento de la economía”.

España se ha convertido en el paraíso de la desigualdad y del reflujo democrático. Es el país de la UE-15 que tiene mayores desigualdades sociales y más policías por 10.000 habitantes y, a la vez, menos adultos trabajando en sanidad, educación, y servicios sociales. Las élites rampantes, la derecha y los círculos mediáticos del establishment han aprovechado la crisis para la gestión ideológica de la economía y la acotación restrictiva de los estambres democráticos de poder.

La rebelión de las élites abandera la teoría de  que para que se produzca crecimiento más que aportar capital es necesario suplirlo –atención a este concepto donde se esconde la raíz  de una de las peculiaridades más perversas de esta coyuntura– en la medida de lo posible con unas formas de producción que exigen la concurrencia de la violencia institucional. La deslegitimación de los conflictos sociales propicia, por su parte, que el ciudadano se convierta en víctima, desprovisto de cualquier conciencia de sus propias potencialidades en el ámbito de la sociedad. Una víctima de la que hablaba la poeta Anna Ajmátova: “Pierden cualquier semblanza de dignidad humana, hasta para morir deben hacerlo en silencio.”

La rebelión de las élites

FUENTE

Y hay otros que entienden que la crisis fue provocada por quienes persiguiendo su exclusivo beneficio a corto plazo hicieron de las finanzas y del mundo de la empresa un coto privado opaco sin relación con la economía real.

Entre los cercanos a esta última teoría está Alain Touraine, quien en su última obra (Después de la crisis. Paidós) escribe que el comportamiento de los muy ricos, dominado por la obsesión de ordeñar los beneficios máximos, desempeñó y sigue desempeñando el papel principal en la disgregación del sistema social, es decir, “de toda posibilidad de intervención del Estado o de los asalariados en el funcionamiento de la economía”.

El sociólogo francés es muy crítico con el enriquecimiento personal de los altos directivos: no existe nada en común entre los golden boys y el resto de los trabajadores, ya que mientras los primeros trabajan para quedarse con los beneficios, los demás demandan subidas salariales del 1% o del 2%.

Lo que caracteriza a la sociedad presente es que las intervenciones masivas de los Gobiernos permitieron la recuperación de los beneficios de los bancos mientras que el elevado paro generado solo disminuirá mucho tiempo después del relanzamiento de las economías. Si no existe más capacidad que la citada de intervención de una autoridad central política que se esfuerce en oponerse a la dominación de los más ricos y en mantener cierta compatibilidad entre los intereses opuestos, ya no puede hablarse de democracia.

Touraine actualiza así el concepto de rebelión de las élites, acuñado hace más de tres lustros por el historiador y sociólogo Christopher Lasch, que define el momento en el que grupos privilegiados de actores económicos y políticos, representantes de los sectores más aventajados de las sociedades, se liberan de la suerte de la mayoría y dan por concluido de modo unilateral el contrato social que los une como ciudadanos. Al aislarse en sus redes y en sus enclaves de bienestar -en su mundo- esas élites abandonan al resto de las clases sociales a su albur, fragmentan los Estados y traicionan la idea de una democracia concebida por todos los ciudadanos.

La rebelión de las élites erosiona el capital social como argamasa que mantiene unida a la sociedad. Existe un acuerdo no escrito entre los ciudadanos, sus élites y el Estado que se ha denominado contrato social. Este contrato, dice Lasch, exige la provisión de protecciones sociales y económicas básicas, incluyendo oportunidades razonables de empleo: un cierto grado de seguridad por el mero hecho de ser ciudadano (la ciudadanía económica). Una parte de ese contrato social contemplaba una cierta equidad: que los pobres compartirían las ganancias cuando la economía crece y que los ricos se distribuirían parte de las penurias sociales en las recesiones.

Krugman ha hablado de “la imprudencia de las élites” en otro sentido pero en la misma dirección: las políticas que han multiplicado el paro y empobrecido a las clases medias fueron abanderadas por pequeños grupos de personas influyentes, “en muchos casos las mismas personas que ahora nos dan lecciones a los demás sobre la necesidad de ponernos serios”.

Y al tratar de echar la culpa a los ciudadanos comunes, las élites están eludiendo algunas reflexiones muy necesarias sobre sus propios errores catastróficos

La rebelión de las élites

FUENTE

A mediados de los años noventa, el crítico cultural Christopher Lasch publicó un ensayo titulado La rebelión de las élites. El título era de inspiración orteguiana, pero en sentido opuesto.

La democracia, sostenía el autor, no se enfrenta a una exacerbación populista de las masas -como sucedió en la primera mitad del XX- sino a unas élites profesionales y económicas que se niegan a conceder cualquier amparo, beneficio o derecho a las clases menos favorecidas. Se trata, insistía, de una cuestión de mentalidad. En un mundo forjado por la inteligencia y el mérito, el éxito o el fracaso vienen definidos por la actitud -y el esfuerzo- de cada uno.

Las élites se autodefinen a sí mismas como abiertas, cultas, inteligentes, cosmopolitas, caracterizadas por su capacidad emprendedora y por su excelencia profesional. Las masas, en cambio, responderían a un perfil provinciano, inculto y gregario. En consecuencia, la solidaridad dentro del mismo cuerpo social se debilita, al existir cada vez menos puntos de conexión entre las distintas clases. Unos y otros viven en barrios diferentes, acuden a colegios distintos, acceden a ámbitos de oportunidades dispares, cultivan gustos y hábitos totalmente inconfundibles. La gestión del dinero público se convirtió en una ejemplificación del fracaso, a medio camino entre la corrupción política y la suspicacia ante las instituciones.

El nuevo paradigma intelectual definido por Lasch funcionaba tanto en el interior de las sociedades -la nueva clase alta frente al resto de los ciudadanos- como a nivel geográfico (Alemania contra los países de la periferia; Cataluña, Baleares oMadrid contra Andalucía, Castilla-La Mancha o Extremadura). La solidaridad se vio como un expolio y a veces había buenos motivos para creer en ello.

Sin embargo, en lugar de centrarse en mejorar las ineficiencias y en plantear un nuevo pacto social, más equilibrado y efectivo, el discurso de las élites se hizo maniqueo, empezando a dar la espalda al resto de la colectividad. Se dirá que, a lo largo de la historia, esta división ha sido una constante y la fortaleza de las clases medias, una excepción.

Sí, pero también la democracia responde a la excepcionalidad de la historia.

Después de escuchar las provocadoras declaraciones de Joan Rosell sobre los privilegios de los trabajadores, pensé que no le iría mal leer el ensayo de Christopher Lasch. Hace unos meses arremetió contra el funcionariado sin estudios ni datos que lo avalasen: sólo prejuicios y la palabrería habitual. Después cargó contra los contratos fijos, apelando al exceso de privilegios del que gozan los trabajadores; aunque inmediatamente salió el número dos de la CEOE a matizar sus palabras: “Rossell se refería a flexibilizar los contratos, a racionalizar las modalidades, etcétera, etcétera”. Y tal vez sea así, pero las actitudes -sobre todo cuando se repiten- denotan una mentalidad. Es probable que algunos de los derechos de los trabajadores fijos sean incompatibles con la marcha de una economía moderna. No obstante, las empresas también gozan de muchos privilegios que alteran el correcto funcionamiento de los mercados y actúan como mecanismos injustamente extractivos de la renta que genera el país. Y de eso Rossell no habla. Ni le interesa hacerlo. Es un gran error, porque lo único que denota es la prepotencia como fórmula de análisis de las dinámicas sociales. En este sentido, Lasch tenía razón: asistimos a una revuelta de las élites, que confunden determinados equilibrios con privilegios excesivos. Me temo que la atomización de la sociedad no beneficia a nadie, ni siquiera a Rossell.

Y aunque en parte se trata de una consecuencia de la globalización y por tanto resulta inevitable, no es algo que se deba aplaudir ni jalear. Más bien al contrario.

Crisis política, sociedad civil y movimientos sociales: mitos y expectativas

FUENTE

La sociedad civil es la esfera en la que los ciudadanos se organizan de manera autónoma y diferenciada tanto del mercado y del Estado

Resulta poco creíble que la renovación política pueda venir de organizaciones asociadas con la “clase política

Los españoles son los europeos que más se manifiestan

Hay que observar que los movimientos actuales son capaces de combinar la acción contestataria y la institucional

23/02/2013 – 21:59h

Los escándalos de corrupción, la depresión económica y la erosión de PP y PSOE permiten imaginar un escenario de cambio constitucional en los próximos años que a diferencia de la transición de los 70, proceso supuestamente controlado por las elites políticas, vendría impulsada por la sociedad civil. Este es, junto a la transparencia, uno de los elementos comunes en los discursos sobre la renovación política de la derecha y la izquierda social o cultural.

La sociedad civil es la esfera en la que los ciudadanos se organizan de manera autónoma y diferenciada tanto del mercado y del Estado. Este espacio intermedio se compone de asociaciones voluntarias –patronal y sindicatos, ONGs, organizaciones caritativas– movimientos sociales y la esfera pública. Con alguna excepción se señala con frecuencia que una de las principales diferencias entre España y otras democracias occidentales es la debilidad de su sector asociativo, incluso en comparación con un país de la Europa meridional como Italia. Esto sería el resultado del poder histórico de la Iglesia, de la predominancia de estructuras clientelares opacas en la política y de una burguesía poco dada a la innovación social.

Sin embargo es paradójico hablar de debilidad de la sociedad civil en un país que cuenta con estructuras de un enorme impacto social tales como la ONCE o Caritas, o en el que la negociación de los convenios entre organizaciones patronales y sindicatos tiene un efecto significativo en salarios y estructura productiva.La sociedad civil española no es débil pero está muy subordinada al Estado y tiene dificultad para actuar como contrapoder. ONCE y Caritas son organizaciones que de hecho desarrollan funciones públicas con el apoyo del Estado mediante la cesión de ingresosde lotería, subvenciones o deducciones fiscales para los donativos. La patronal y los sindicatos, reconocidos en el artículo 7 de la Constitución, se han visto afectados por un descrédito muy similar al de la propia elite política debido a escándalos de corrupción y su incapacidad de alcanzar acuerdos. Resulta por lo tanto poco creíble que la renovación política pueda venir de organizaciones asociadas con la “clase política” bien sea por relaciones de dependencia o por su similitud con la misma.

Quizá debido a la dependencia de la sociedad civil más organizada de los poderes públicos, la participación política de la sociedad civil española se suele canalizar a través de movimientos sociales. Los movimientos sociales, lejos de ser un fenómeno espontáneo de hastío son un desafío organizado a la autoridad del Estado que resulta de la acción colectiva de una constelación de organizaciones. La fuerte contestación desencadenada desde el 15M se enmarca dentro de una forma de movilización bastante habitual de la sociedad civil española: no en vano los españoles son los europeos que más se manifiestan. El gráfico muestra la normalización de la protesta política en España en los últimos tiempos, al tiempo que señala su especial intensidad en el último año.

manif1

Fuente:Informe de evaluación sobre el funcionamiento de los servicios de la Administración Periférica del Estado en 2010 y 2011, Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. Los datos excluyen las manifestaciones ocurridas en el País Vasco y Cataluña, que tienen transferidas las competencias de interior. El dato de 2012 es el facilitado en el Congreso por el Ministerio.

También indica que desde el 15M se ha abierto un nuevo ciclo de movilización, al contribuir a la activación de movimientos como l aPlataforma de Afectadospor la Hipoteca (PAH) y las mareas ciudadanas en sanidad y educación. El 15M ha contribuido a activar y a facilitar la convergencia de actores tales como sindicatos de la función pública y asociaciones de usuarios que probablemente no se hubieran coordinado de otra manera. Un ejemplo es que los indignados se han sumado a numerosas protestas convocadas por los sindicatos a pesar de su discurso crítico con dichas organizaciones.

La principal crítica hacia el 15M ha sido su incapacidad de articular propuestas políticas concretas. Sin embargo, hay que observar que los movimientos actuales son capaces de combinar la acción contestataria y la institucional. La PAH es capaz a la vez de paralizar desahucios y de reunir más de un millón de firmas en una iniciativa legislativa popular (ILP). Los médicos de la marea blanca han mantenido una huelga de casi un mes en Madrid al tiempo que plantean accionesen los tribunales y tratan de negociar las medidas con la Consejería. La combinación de estos registros de acción colectiva suponen un desafío a las autoridadesen la medida que promueven acciones de deslegitimación de las autoridades al tiempo que reivindican derechos reconocidos por la Constitución que han sido inaplicados de hecho como el derecho a la vivienda o la participación mediante ILP.

¿Quiere esto decir que los movimientos en curso son el embrión de un nuevo proceso constituyente? La respuesta tiene que ser matizada, puesto que los movimientos sociales españoles se suelen identificar con un lado del espectro ideológico – la izquierda en el caso del 15M– y por lo tanto no pueden de manera autónoma formular un consenso alternativo al marco constitucional actual. El gráfico confirma que los movimientos sociales españoles se relacionan con el ciclo político: al cambiar el gobierno se abre un ciclo de movilización distinto. La expulsión de dos notorios militantes socialistas de la reciente manifestación de la PAH confirma la dificultad de que un movimiento social consiga reunir a colectivos alejados políticamente. Más que propuestas concretas de cambio constitucional –al fin y al cabo la principal referencia histórica de los movimientos sociales en España es el anarquismo– cabe esperar que los movimientos sociales sigan cuestionando la situación política actual como forma de obtener un cambio que tiene que venir de las instituciones de la democracia representativa.