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Por una revolución integral

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Os presentamos la introducción al debate de la XXXIX Jornada asamblearia de la CIC –que tuvo lugar en Catalunya el sçabado 16 de noviembre de 2013–, sobre les bases de la Revolución Integral.

 “Lo peculiar de la condición humana es que se ubica entre lo sórdido y bestial y lo sublime y grandioso.” (Prado Esteban)

1) Historia: heteronomía o autonomía

Durante la historia conocida de la humanidad, podemos reconocer dos tradiciones o tendencias, en las formas de organizarnos y en la cultura y los sistemas de valores (o disvalores) que legitiman éstas y nos guían para encarar la vida, para construirnos como personas: la tradición de la heteronomía y la tradición de la autonomía.

La tradición de la heteronomía1 la conforman todos aquellos sistemas de organización social que han establecido las desigualdades y las jerarquías entre la humanidad. Los Estados y las clases sociales: imperios, coronas, césares, faraones, führers… Ejército, cuerpos represivos, cárceles… Poseedores y desposeídos, ricos y pobres, amos y siervos. El dinero y los sistemas monetarios de acumulación. Gobernantes y gobernados. Dictaduras oligárquicas que se autoproclaman “democracias” usando la falacia de la “representación”. Estados “de derecho”, “sociales” o “del bienestar”: despotismo ilustrado. Parlamentarismo, partitocracia y politiquería.

Siempre unas minorías que concentran el poder de decisión y la capacidad de determinación de las condiciones y los asuntos que afectan a todos. Esta tradición es hegemónica hoy en día, con la mundialización de la “democracia representativa”, un perfeccionamiento del sistema de dominación que se ha puesto la máscara de “democrático”, como si en éste el poder se encontrara en manos del pueblo, cuando en realidad el poder ha seguido concentrándose cada vez en menos manos.

Los disvalores y los idearios relacionados con esta tradición hacen prevalecer lo peor de las personas y de la potencialidad humana, potencialidad para el bien y para el mal. Se basan a menudo en la idea de que las personas somos lobos unas para otras, que “somos malas por naturaleza”, que lo normal es “la guerra de todos contra todos”, y sostienen así el conformismo con el statu quo, la docilidad y la sumisión ante los poderosos opresores, la complicidad con la injusticia. Y no son sólo los valores negativos, los que sostienen la heteronomía, sino también la falta de valores positivos, la apatía y la indiferencia, la ausencia de sentido ético de la existencia.

Contrariamente, la tradición de la autonomía2 la conforman aquellos sistemas de organización social que han rechazado los fenómenos anteriormente mencionados, así como los intentos y esfuerzos para conseguir establecer estos sistemas, tantas veces aplastados por las clases privilegiadas y sus mercenarios. Así, han apostado por organizarse sin jerarquías, ni Estados, ni clases sociales, ni diferencias de privilegio entre minorías favorecidas y el resto, defendiendo que el poder de decisión se comparta entre todos los miembros de cada comunidad. Esto siempre se ha llevado a cabo mediante regímenes asambelarios y, por tanto, necesariamente enfocados en el ámbito local como base de poder soberano.

Los valores e idearios relacionados con la tradición de la autonomía promueven lo mejor de las personas y la potencialidad humana. Se basan en las ideas e ideales de bien, libertad-igualdad, justicia, verdad-honestidad, fraternidad, equidad… y en el compromiso del individuo con estas para aportar al bien común. Este compromiso tiene que empujarnos a querer ir aprendiendo y mejorándonos a lo largo de la vida.

La historiografía oficial actual difunde la tradición heterónoma pero no la autónoma. Por ejemplo, ha habido una falsificación histórica de la Alta Edad Media, en la que el pueblo era una realidad social paralela a los poderes oligárquicos constituidos (como la Corona, el Estado premoderno, mucho más pequeño y débil que el actual, que fue creciendo y haciéndose fuerte), que organizaba su vida en pequeños municipios en base al concejo abierto y el comunal (tierras y medios económicos de “propiedad” y uso colectivo), la autodependencia económica local y comarcal, las formas de ayuda mutua y trabajo comunitario, la cosmovisión de la igualdad humana y los valores de comunidad, el trabajo no asalariado y la buena convivencia…

Falsificaciones históricas como ésta son pilares fundamentales del sistema actual, que obtiene legitimidad a partir del mito de un pasado monstruoso y totalitario donde la gente era sumisa y mucho menos libre que ahora.

2) La derrota de los últimos siglos y la crisis actual

Con el triunfo de la modernidad las revoluciones liberales que permitieron el surgimiento de los Estados modernos y el ascenso del capitalismo, hace doscientos años, surgieron las ideas de emancipación del socialismo, en un contexto ideológico heredero de la Ilustración y un contexto social marcado por la revolución industrial, la migración de las personas del campo a las ciudades y el nacimiento y desarrollo del proletariado.

Se formularon, pues, los planteamientos ideológicos del marxismo y el anarquismo, fundadores de la Primera Internacional, que entendían que era necesario un proceso revolucionario que cambiara las bases de aquella sociedad y ponían las esperanzas en el desarrollo de un movimiento obrero que lo llevara a cabo. Este proceso tenía que conducir la humanidad a una sociedad comunista sin clases (sin diferencias entre propietarios y desposeídos, entre gobernantes y gobernados). Había la creencia –sobretodo por parte del marxismo, que lo planteaba como “verdad científica”– de que este devenir histórico era inevitable.

Esta aspiración tuvo su auge y declive durante el siglo pasado. En la península ibérica, el Estado –con el levantamiento del ejército que originó la Guerra Civil y, ganada ésta, con la instauración del franquismo– aplastó todo lo que había de movimiento y tejido popular de potencial revolucionario. Éste se había ido gestando desde finales de siglo XIX con publicaciones, ateneos, escuelas libres, tejido asociacionista y cooperativista, sindicalismo combativo –centenares de miles de afiliados a la CNT–, prácticas de solidaridad y desobediencia, de tradición fuertemente libertaria en el Estado español. Con la persecución y represión franquista y la posterior instauración de la sociedad de consumo, se masacró al pueblo y se destruyeron sus aspiraciones.

Por otro lado, el proyecto socialista estatista, que plantea cambiar las cosas desde el poder del Estado, ha fracasado por sí mismo. El final de la URSS marcó hace dos décadas un punto de inflexión, y se ha visto y se ve que todos los demás intentos no llevan por ningún camino bueno.

Con la derrota de la aspiración de una transformación cualitativa del status quo, el abandono del anhelo de un nuevo mundo y una nueva humanidad, el Estado y el Capitalismo han ido afianzando progresivamente su fuerza y estabilidad.

Este sistema genera una sociedad de la decadencia, con unas dinámicas que destruyen, envilecen y deshumanizan las personas, llevan a una crisis en todos los ámbitos de la vida y ponen en peligro la misma existencia humana en el planeta.

No se ha llegado, pues, a un momento de estabilidad y a “el fin de la historia”, como se decía hace poco, antes de 2008. Esta idea es una quimera que contribuye al no-pensamiento y al conformismo generalizado.

La mediática crisis económica en Occidente ha reventado esta burbuja a nuevos sectores de la sociedad, a pesar de que los problemas más graves presentes y esperables son mucho más profundos y de diferente naturaleza de los económicos en boca de todos.

3) La necesidad de la revolución

Las raíces de la crisis y los grandes problemas e injusticias de nuestro tiempo son profundas y sistémicas. Es decir, se encuentran en la esencia y las dinámicas de los pilares del sistema actual, no en el “mal funcionamiento” coyuntural de éste, como dicen todos los partidarios de los discursos reformistas que atribuyen la culpa a la maldad de los banqueros, la corrupción o la incompetencia de los políticos profesionales… El sistema funciona muy bien, el problema es que funciona bien contra los intereses de la humanidad, la vida, la libertad y la justicia.

Es necesario, pues, recuperar la idea y el objetivo de la revolución, como gran proyecto de transformación profunda y necesaria, en positivo, de la sociedad actual, como sustitución del actual sistema oligárquico y dictatorial por formas de organización social democráticas horizontales, basadas en la cooperación y el compartir.

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4) La revolución integral

Con la idea de poner sobre la mesa el proyecto revolucionario, actualizándolo y ampliándolo, en base a la reflexión sobre las lecciones del pasado y la comprensión del momento actual, surge la noción de revolución integral.

La idea de revolución integral es por ahora una noción de un concepto que, ampliando y mejorando la idea de revolución social, sacando conclusiones reflexivamente de las experiencias del pasado, intente estar a la altura de las circunstancias actuales, promueva una renovación del ideario revolucionario, manteniendo los componentes positivos de éste en el pasado pero dejando atrás los negativos, erróneos y obsoletos. La revolución social consistía en la transformación social radical desde abajo, realizada por las clases populares, que aboliera el Estado y el Capitalismo en pro de nuevas instituciones horizontales y comunitarias: las asambleas soberanas y la propiedad colectiva del bienes fundamentales.

4.1. El sujeto y los valores

Las teorías emancipadoras de antaño, por la influencia de estar fundamentadas en la Teoría del Progreso y en una visión profética y mecanicista de “las Fuerzas de la Historia”, en el economicismo… no dieron la importancia debida al individuo, a la autoconstrucción de éste como sujeto de calidad y sujeto revolucionario.

Las revoluciones no las hacen “las masas oprimidas” como tales. Éstas pueden hacer revueltas pero no revoluciones. Las revoluciones las anhelan, planean y llevan a cabo las personas revolucionarias. Las personas son la clave.

Así pues, la principal aportación, respecto a la noción de revolución social, es la consideración adecuada de la importancia del individuo y las cualidades de éste, del sistema de valores revolucionario.

Para llevar a cabo la revolución integral hay que llevar a cabo la autoconstrucción de los individuos en base a ideas e ideales que nos den suficiente fuerza, sentido y grandeza para afrontar la complicada, difícil y, al final, heroica tarea de la revolución.

Sobre la actual decadencia de los valores e ideales, la cultura, la ética, la filosofía, la convivencia… tenemos que construir una nueva cultura subversiva y fraternal que nos haga fuertes, basada en el esfuerzo y el dar de nosotros mismos.

Esto implica trabajo personal de reflexión profunda y existencial, de lidiar con nuestras capacidades y carencias, de tomar las riendas de nosotros mismos, como personas ante la vida, finita.

Éste es el reto de la transformación de los valores y las personas dentro de la revolución integral. La actual fuerza fundamental del sistema estatal-capitalista se basa en la degradación, docilidad y construcción de las personas desde el poder.

4.2. Revisando y recuperando la historia

Siguiendo la Teoría del Progreso, desde la Modernidad se ha menospreciado toda la historia premoderna, las aportaciones filosóficas, culturales, experienciales… de distintos pueblos, civilizaciones y comunidades humanas. La narración “esclavismofeudalismocapitalismosocialismo” se basa en el desconocimiento –por ocultación y falsificación– de la Edad Media, que sobretodo en su período inicial se caracterizó por la realidad dual y diferenciada entre el pueblo y los Estados premodernos , donde fuera de las ciudades estatales el pueblo se organizaba en muchas regiones horizontal y fraternalmente en base al concejo abierto (asamblea de vecinos y vecinas de un pueblo), el comunal (propiedad colectiva de la tierra, los bosques y otros muchos bienes económicos). Éstas instituciones son protagonistas de la historia del mundo rural popular en la península. Recuperar esta historia, sin mitificarla pero valorándola adecuadamente, nos servirá para reconocernos como personas y humanidad y para golpear el paradigma y discursos del sistema actual.

También existe, por ejemplo, en la cultura clásica, la tradición filosófica de afrontar la vida dándole importancia al sujeto, a la reflexión sobre la construcción y desarrollo vital de eśte en base a la idea de virtud. Recuperando aportaciones de ésta también puede nos puede servir a la hora de plantear la revolución integral.

4.3. Transformación en todos los ámbitos de la vida

La revolución integral tiene que afrontar la totalidad holística y compleja de cuestiones importantes de las personas y la sociedad, no puede especializarse en ninguna ni olvidarse de alguna otra. No sólo con el cambio de valores y la revolución personal, no sólo con la revolución social, política y económica: con todo a la vez haremos la revolución integral.

5) Orígenes del concepto

El término revolución integral ya fue usado en el pasado por algunos anarquistas. En lo que se llama “España” lo utilizó a principios de este siglo el escritor libertario Félix García Moriyón. Después ha sido el historiador y pensador soriano Félix Rodrigo Mora quien hace poco empezó a apostar fuertemente por esta noción. En su obra escrita y oral se encuentran muchas aportaciones a la cuestión “revolucionaria integral”, y una aportación sintética al respecto son sus “25 puntos del sistema convicciones para una revolución integral”.

Mucha gente valora el potencial de ésta noción para englobar distintos colectivos y personas en una visión y líneas estratégicas generales revolucionarias, es decir, comprometidas con el objetivo de la libertad –así pues, contra el Estado y las otras formas de dominación–, viendo lo fundamental de abordar la integridad de las cuestiones humanas a trabajar para el proyecto emancipador.

La publicación masiva “¡Rebelaos!” adoptó el término hablando de germinar la semilla de la revolución integral. Meses después, activistas de Cataluña procedentes de distintos colectivos se encontraron para promover un llamado para la futura constitución de un “Bloque internacional para la revolución integral”. También la Cooperativa Integral Catalana ha organizado jornadas de reflexión sobre este término y un colectivo que hace tiempo que trabaja en esta misma orientación ideológica general, el Grup de Reflexió per a l’Autonomia, también lo adopta cada vez más explícitamente. Diversos autores de blogs y/o activistas como Antón Dké, Prado Esteban, Enric Duran o Blai Dalmau han hecho igualmente aportaciones a la cuestión.

La idea no es una cuestión cerrada, sino abierta: hay que llenarla de aportaciones, contenidos, reflexión y debate. El rumbo de esta noción dependerá de esta labor y de la aceptación que tenga entre esas personas que apuesten realmente por un cambio y una perspectiva revolucionaria hoy en día. Para que tenga potencia habrá que evitar usarla banalmente o a la ligera, o convertirla en una etiqueta sin contenido profundo.

6) El llamado “Integra Revolucio”

La idea de éste es promover la reflexión sobre la necesidad de una revolución integral y promover la reflexión profunda sobre esta cuestión para poder crear un marco de confluencia a nivel mundial para juntarnos, conocernos, compartir reflexiones y promover sinergias entre personas, colectivos y organizaciones que apostamos por una transformación revolucionaria de la sociedad que ponga fin al capitalismo y el Estado construyendo una nueva sociedad y un nuevo ser humano. Se ha planteado una propuesta de bases comunes para la convocatoria para formar este posible espacio.

1Del griego hetero (otros) y nomos (normas). Heteronomía significa que no son las propias personas de una sociedad, pueblo o colectivo las que participan, en igualdad de condiciones, en la deliberación y determinación de las normas y decisiones a establecer y tomar, sino que éstas vienen impuestas por unos “otros”, unas élites minoritarias.

2Del griego auto (uno mismo) y nomos (normas). Autonomía significa que son las propias personas, en igualdad de condiciones, las que participan en la deliberación y determinación de las normas y decisiones y, de esta manera, se autogobiernan, se autodeterminan, se autogestionan

ASI FUERON LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN FRANQUISTAS

FUENTE

Los gudaris también sufrieron la venganza del dictador

En el año 1937 fueron creados en la llamada “Zonal Nacional” los campos de concentración y batallones de trabajo, bajo el mando del coronel-inspector Luis de Martín de Pinillos. Ello obedecía a la imperiosa necesidad de controlar férreamente la creciente masa de prisioneros republicanos que los continuos avances del Ejército proporcionaban.

Un jesuita, José Ángel Delgado-Iribarren, en su obra “Jesuitas en acción” (Madrid, 1956), relata sus impresiones sobre los prisioneros “rojos”; “La siembra, a gran escala, de ideas disolventes en sus almas rudas había producido auténticos estragos. Después de sacarles la ficha clasificadora se les encuadraba en los batallones de trabajadores, donde se prolongaba esta labor, que podríamos llamar de desinfección, en el orden político y religioso”.

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De entre los campos de concentración más conocidos en la España de Franco, se puede nombrar los siguientes: 1) “Hotel Cemento”, Cervera (Lérida); 2) Campo de Santa Ana, Astorga (León); 3) Miranda de Ebro (Burgos); 4) Campo de Santoña (Santander); 5) San Gregorio (Zaragoza); 6) Campo de Albatera (Alicante); 7) Seminario de Belchite (Zaragoza); 8) Campo de Moncófar (Valencia); 9) “La Rinconada” (Sevilla); 10) “Cortijo de Cáceres” (Murcia); 11) Campo de Formentera (Baleares); 12) San Marcos (León); 13) Campo de Valdenoceda (Burgos), para las Brigadas Internacionales; y 14) Monasterio de Irache (Navarra).

El delito de ser “rojo”

A excepción de los afortunados que habían logrado escapar por Francia y los puertos del Cantábrico y el Mediterráneo, la ira de los rebeldes del 18 de julio cayó sobre los restos del maltrecho Ejército Popular de la II República. El simple hecho de haber defendido con las armas la legalidad de las urnas de febrero de 1936 quedó convertido en un delito de mayor o menor cuantía, por obra y gracia de los denominados “nacionales”, según la graduación militar de cada individuo o su significación política. La mayoría de los comisarios políticos, así como los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas, fueron pasados por las armas tras juicios sumarísimos en los que la sentencia ya estaba acordada antes de empezar la parodia “legal”.

La gran masa anónima de tropa y suboficiales quedó encerrada en numerosos campos donde las condiciones higiénicas brillaban por su total ausencia, con hambre física en toda la extensión de tan dramática realidad y, lo que era peor aún, sufriendo continuas humillaciones sin límite, como seres humanos rebajados de toda dignidad. Para los republicanos, además de la derrota sin condiciones en la guerra civil, constituyó un verdadero calvario el comprobar, día a día, hora a hora, momento a momento, cómo habían perdido toda esperanza de un futuro digno al sentir en su propia carne que la paz oficial era, al menos para ellos, una auténtica utopía si seguían con sus convicciones ideológicas.

Aunque existen más de ocho lustros de distancia, no es posible olvidar la agonía de muchos cientos de miles de vencidos, tal como explica en una de sus obras Joan Llarch -máximo experto en el tema y uno de los protago¬nistas que sufrieron la triste experiencia-, titulada: “Campos de concentración en la España de Franco” (Barcelona, 1978): “Millares de españoles se vieron condenados a sufrir brutalmente una serie de crueldades que en la mayoría de los casos dejaron huellas perennes y en muchos casos quedaron mermadas sus facultades físicas y mentales”. De hecho, algo más de 700.000 miembros del Ejército de la República se hallaban detenidos a mediados de abril de 1939.

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Gudaris en Miranda de Ebro

Uno de los campos de concentración que más triste recuerdo dejó a los republicanos fue el de Miranda de Ebro donde, mediante una selección de prisioneros, se formaban batallones de trabajadores para ser enviados a distintos puntos del Estado español, a fin de reconstruirlo cuanto antes. Se hizo famoso porque las letrinas estaban montadas a base de un andamiaje de viejos maderos, y su extremo venía a coincidir con el centro del río Bayas para que los excrementos de los “rojos” y “separatistas” no contaminaran la zona, al ser llevados por las aguas. Muchos gudaris del Ejército de Euzkadi pasaron por ese campo, y uno de ellos, Miguel R. Zubizarreta, recuerda para esta revista algunos pormenores: “Estuve en ese campo en el invierno de 1937 a 1938 que, por cierto, fue durísimo. No hay más que recordar el tiempo reinante durante la terrible batalla de Teruel… Era un campo de concentración lleno de fango a cuenta de la nieve pisoteada. Sufríamos una epidemia constante de disentería por culpa de las aguas sin filtrar del río. El botiquín era una tienda de campaña donde sólo recetaban bismuto. Dentro de la desgracia y privaciones, los prisioneros más jóvenes no perdían su sentido del humor, ya que un tal Aguirre, natural de San Sebastián, nombró con lodos los honores “comandante del Ciscar” a un individuo que batía todos los récords a la hora de subir a la plataforma de madera que hacía las veces de servicio higiénico, y a la que llamábamos todos el “Ciscar”.

Con el tiempo, el campo de concentración de Miranda de Ebro se amplió mucho a cuenta del constante esfuerzo de hombres derrotados. En 1939 fue creado un cuerpo represivo especial llamado de “de cabos de vara” -que vestían blusa de rayadillo-, a base de prisioneros que habían aceptado el papel de verdugos de sus propios compañeros. Golpeaban sin contemplaciones con un rebenque para establecer la “paz” impuesta por los vencedores y todo por mejoras en cuanto al vestuario, alimentación y alojamiento, hasta convertirse en los seres más odiados en aquel recinto rodeado de alambradas.

Distintos campos

Los campos de concentración situados en la provincia de León fueron siempre considerados en su conjunto como los más duros de los construidos por los franquistas. Nombres como Santa Ana, San Marcos y El Picadero -con alrededor de 30.000 cautivos-, un recuerdo tan amargo que ningún superviviente de los mismos podrá olvidar jamás las humillaciones físicas y morales padecidas. Sólo en el recinto de San Marcos fallecieron de diciembre de 1938 a febrero del año siguiente 814 republicanos, a consecuencia del frío, malos tratos, higiene nula y desnutrición.

Cerca de Villarcayo (Burgos) se hallaba el campo de Valdenoceda, destinado principalmente a los combatientes de las famosas Brigadas Internacionales. Estos extranjeros, que por decisión propia habían llegado a la zona republicana para defender con las armas la democracia de 1936, recibieron en general el trato más duro e inhumano. Franco los tenía considerados como “la escoria del mundo”, cuando -valga un simple ejemplo- un tal Randulf Dallan era todo un capitán del Ejército Real de Noruega, un país modelo de muchas cosas.

 

Un testimonio más

José Ma Arteaga, otro gudari que pasó por el campo de Miranda de Ebro, recuerda para EUZKADI lo que allí vio: “Estuve detenido del 5 de setiembre de 1941 al 26 de febrero de 1943. Son fechas que nunca podré olvidar mientras viva. Aparte de los vascos y otros republicanos, en ese campo de Miranda de Ebro había restos de las Brigadas Internacionales, entre los cuatro o cinco mil prisioneros del mismo. Allí se juntaban individuos venidos de Polonia, Alemania, Checoslovaquia, Francia y más naciones. También había un buen grupo de judíos, gente con ideas demócratas y huidos de los nazis a través de Francia. Por mi profesión de carnicero me tocó en seguida ser el matarife del campo, así que me convertí en uno de los 125 afortunados, de los presos con categoría “B”, con permiso para llegar hasta Miranda de Ebro de vez en cuando. La vigilancia estaba encomendada a 350 soldados del Ejército de Tierra franquista. Sólo recuerdo un intento de fuga, donde hubo un muerto y tres heridos, y fue un día untes de llegar yo al campo. Se formaron batallones de trabajadores, y uno de ellos fue enviado a Cerro Mariano, un lugar de castigo muy insano de la provincia de Córdoba, donde muchos sufrieron paludismo”.

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El exterminio organizado

Fue el de Albatera (Alicante) el más terrible campo de concentración de los “nacionales” y merece, por tanto, un comentario especial. Con anterioridad, había sido llamado de Los Almendros, al ser utilizado por la II República para los militares y políticos capturados por sus ideas afines a la sublevación.

Cerca del pequeño pueblo de Albatera -situado al noroeste de la capital de la provincia-, en un terreno yermo y salinoso, alrededor de 20.000 hombres descubrieron en abril de 1939 que en esta vida es posible conocer el infierno.

Todos los prisioneros, sin excepción posible, vivieron un auténtico calvario de enfermedades, durmiendo la mayoría en el suelo y con el cielo como techo, en un espantoso hacinamiento por culpa del hundimiento final de la República y la falta de previsión de los vencedores de la guerra civil. Los más afortunados lograron sobrevivir para ver las desgracias de sus compañeros: más de 600 ejecutados sin juicio por la Falange y muchos más muertos de hambre y sed. Se dieron además demasiados casos de torturas, cuya detallada descripción pondría los pelos de punta a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad hacia sus semejantes. La ira de los seguidores del dictador se cebó dentro del recinto de Albatera en una parte de los restos del Ejército de la República, que inútilmente había tratado de huir por los puertos de Alicante en los postreros días de conflicto.

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Degradación total

Se filmaron escenas dantescas para el noticiario cinematográfico nacional, como prueba palpable de lo que quedaba del Ejército rojo, “hambriento y descompuesto por la derrota”, donde miles de hombres luchaban a brazo partido por saborear un solo trago de agua, elemento escaso en medio de un terreno estéril y salinoso. Todo ello resultó ser un deprimente montaje de los triunfadores, que el primer mes ofrecían como dieta total diaria un pedazo de galleta y una lata de lacón de cien gramos.

Los nacionales cubrieron con tierra y estiércol las pruebas del exterminio organizado pero, todavía hoy, surge el agua salada a un metro de profundidad. Quedan vivos testigos que jamás borrarán de sus mentes las escenas de tantas y tantas desgracias: fallecimientos por inanición, el escorbuto, los piojos, moros clavando bayonetas en las costillas, peleas desesperadas por devorar el pellejo pisoteado de las naranjas y un sinfín de alucinantes penalidades.

La situación del recinto de Albatera llegó a tal extremo que varios médicos dieron la voz de alarma ante el peligro de una gran epidemia entre los soldados de vigilancia. Hoy en día, de la estructura original sólo queda el antiguo horno, las tierras estériles y el mismo fondo de las palmeras…

José Miguel Romaña

(Euzkadi, Nº 71 – 4 Febrero 1983)