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Por una democracia del común. Entrevista a Michael Hardt

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Declaración, el último libro de Michael Hardt y Toni Negri, ha sido escrito al calor de la serie de «revoluciones conectadas» que irrumpieron en el 2011: Primavera Árabe, 15M, Occupy Wall Street. La obra está constituida por algunas ideas extraídas de las prácticas que se generaron en estas revueltas y que pueden ser útiles para impulsar el paso de un llamamiento a rebelarse contra la crisis y la falsa democracia, a la constitución de una nueva sociedad. Es decir, a la creación de instituciones y nuevos derechos a partir de los prototipos organizativos que se han dado en las redes y las plazas.

Revueltas en Turquía, junio 2013

Las obras anteriores de los autores –Imperio, Multitud y Commonwealth– han constituido una referencia fundamental del pensamiento político actual. Lo que las distingue de la pura especulación filosófica o académica es la articulación de sus autores con los movimientos sociales y las luchas reales del ciclo global de conflictos todavía en curso.

Para contribuir a esta tarea, la Fundación de los Comunes –en colaboración con el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y el Museo Reina Sofía de Madrid– ha organizado una ronda de charlas con Michael Hardt, bajo el título de Común y poder constituyente, con el objeto de abrir discusiones públicas en torno a las cuestiones planteadas en el ensayo Declaración.

En esta entrevista, desde la Fundación de los Comunes preguntamos al autor sobre los movimientos contra la deuda como importante derivación de estas revueltas y respecto a su relación con la construcción de una democracia real basada en el común.

 

En Declaración planteáis que estudiar la deuda desde la posición de los endeudados resulta útil para entender el proceso de mercantilización de los derechos. ¿De qué manera transforma la deuda el vínculo entre ciudadanía y derechos?

Nuestras sociedades han pasado de un sistema basado en el bienestar (Welfare) a otro basado en la deuda (Debtfare). Las necesidades básicas para la vida que debían ser cubiertas por la estructuras del Estado del Bienestar ahora son solo accesibles mediante el endeudamiento personal. Necesitas un préstamo para estudiar en la universidad, adquirir una casa o ser atendido en un hospital. Es una grave injusticia que estas necesidades vitales queden además fuera del alcance de muchas personas. Pero lo importante es reconocer la naturaleza social y colectiva de este fenómeno, que forma parte de un proceso neoliberal más general en curso desde la década de 1980, intensificado en años recientes. Las luchas contra la deuda se basan hoy en reconocer que endeudarse no es una elección personal, mucho menos el resultado de un frívolo gasto excesivo. Se trata más bien de un fenómeno socialmente determinado. Cuando reconocemos que no estamos solos en nuestro endeudamiento podemos empezar a luchar juntos.
Judith Butler ha propuesto la «fragilidad» como el punto de partida para una alianza política que ya no se basa en la homogeneidad, sino en las diferencias. Esta idea parece sugerente dada la compleja composición del «99%», el «nosotros» que hablaba en Occupy. La proliferación de la confianza y el apoyo mutuo, rechazando la disciplina de la homogeneidad, ¿son ahora condiciones para organizar la revolución? ¿Cómo articulamos la relación entre el uno y el muchos, partiendo de nuestra condición finita, dependiente y vulnerable, contrarrestando el aislamiento que produce la individualización?

Es importante combatir los dispositivos de individualización masiva que aíslan a las personas haciéndolas sentirse responsables e incluso culpables de su propia subordinación, abandonadas en su impotencia. La deuda es un dispositivo que produce este tipo de individualización mediante la retórica de la autosuficiencia individual. Pero sería erróneo obsesionarnos con nuestra victimización. Mediante redes de cooperación social podemos desplazar la perspectiva de la dependencia individual a la interdependencia colectiva. No se trata de imaginarnos inmunes, sino de crear un contexto social en el que podamos sentir una seguridad real. En la relación de unas personas con otras nuestras vidas pueden dejar de ser precarias. Los movimientos recientes contra la deuda en Estados Unidos, España y otros lugares han generado poderosos efectos de desindividualización: no solo bloquean la amenaza acreedora, sino que también –y esto es aún más importante– construyen redes autónomas de interdependencia y apoyo. Me gusta pensar en términos de «poder de la interdependencia». Sin embargo, huir del individualismo forzado de la sociedad del débito no significa fundirse indiferenciadamente en la masa. El asunto plantea un reto teórico y político importante. Tenemos que demostrar que el individuo aislado no es el único espacio de la diferencia, pero también que nuestras redes de cooperación social autónoma funcionan porque somos diversos y solo perduran en la medida en que nos permiten seguir siéndolo.
¿Cómo opera el «comunero», el sujeto que a vuestro juicio produce «el común»?

Resulta útil pensar al comunero como alguien que no solo hace uso o participa del común, sino que también lo produce. El común debe ser producido y reproducido continuamente. Todo lo que es común o susceptible de devenir común —incluso el agua, la tierra y los bosques— forma parte, siempre, de una relación de cuidado e interacción. También las formas inmateriales de lo común —las ideas, las imágenes y los códigos— deben ser producidas y de tal manera que puedan ser compartidas de forma sostenible. En una escala mayor, debemos pensar en la metrópolis misma y en todas las relaciones sociales insertas en ella como una gigantesca producción y un vasto reservorio del común. El punto clave es entender que el común no es espontáneo ni automático, que necesita del comunero que es quien lo produce y sustenta.
¿Cómo se organiza ese común que no es privado pero que tampoco responde al imaginario de lo público-estatal presente en las demandas de parte de los movimientos y del pensamiento de izquierda?

El común no se define sencillamente por la falta de control privado o estatal, sino también por el establecimiento de un modo de gestión alternativo: la autogestión democrática colectiva. Tales prácticas de autogestión son lo que Toni Negri y yo llamamos «instituciones del común». Mientras algunos sostienen que el común puede ser gestionado únicamente por comunidades claramente delimitadas y reducidas, nosotros concebimos un común definido por el libre acceso y la participación expansiva. El común se debe caracterizar no exclusivamente por la homogeneidad en pequeña escala, sino también por la mezcla y la pluralidad en una escala mayor. Esta discusión es paralela a una conocida divergencia en las teorías sobre la democracia. Hay quienes sostienen que una democracia real solo puede funcionar en el marco de unas comunidades reducidas y limitadas, mientras otros —entre quienes nos incluimos— imaginamos y luchamos por la democracia de una población a gran escala, heterogénea y activa. Tal democracia real no existe aún de un modo significativo y su realización futura no está en modo alguno garantizada, pero constituye el horizonte —una estrella que guía en la imaginación política— para un número cada vez mayor de personas alrededor del mundo. Una democracia real y unas relaciones abiertas y expansivas del común son promesas por las que debemos luchar.
¿En qué estado se encuentra la organización del movimiento contra la deuda en Estados Unidos después de Occupy? ¿Te parece que las iniciativas contra la deuda se pueden considerar un «comunero colectivo» en oposición al «capitalista colectivo»?

Existen numerosas campañas contra los desahucios organizadas a nivel local en Estados Unidos, pero el proyecto contra la deuda de coordinación más extendida es Strike Debt. Uno de sus aspectos más útiles es la manera en que reúne las luchas contra diferentes formas de deuda: estudiantil, sanitaria e hipotecaria.

Sin duda, iniciativas como también la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en España y otras similares crean un común en la medida en que combaten la segregación de la ciudad fragmentada y privatizada, y dotan a las personas de herramientas con las que crear espacios comunes para vivir. ¿Qué significaría hacer realmente una metrópolis común? Es una cuestión de peso difícil de responder. No me cabe duda de que Strike Debt o la PAH ofrecen parte de la solución.
¿Dónde radica la posibilidad de romper con la individualización del tiempo, para afirmar una temporalidad de los «comuneros»? ¿Cómo podemos romper con la temporalidad de la deuda y afirmar un tiempo de la compartición, organizando la vida en común?

Para constituir una nueva temporalidad, tenemos que empezar por investigar la naturaleza del tiempo en que vivimos hoy. El historiador E. P. Thompson teorizó cómo la industrialización conllevó un cambio en nuestro «tiempo interno». Mientras anteriormente se medía el tiempo en términos de ciclos naturales y tareas materiales, el dominio de la industria introdujo una medida homogénea y regular del tiempo que se propagó desde la fábrica hacia toda la sociedad. Thompson señala también que el movimiento obrero industrial dedicaba una parte importante de su esfuerzo a las luchas sobre el tiempo. La lucha por reducir la jornada laboral operaba en el terreno de la temporalidad industrial. Thompson propone reconstruir nuestro sentido del «tiempo interno» en términos de qué hacemos, cuáles son nuestras prácticas cotidianas y cómo cooperamos productivamente unas personas con otras. Es una tarea difícil, pero este me parece por lo menos un punto de partida. El estallido de la fábrica como modo de producción ha dado como resultado una fragmentación de tiempos de la producción. La temporalidad del sujeto endeudado forma parte de esta nueva pluralidad. Tenemos que dar cuenta en detalle de los diversos modos de producción y de cooperación de los sujetos endeudados, para poder identificar cómo constituyen en concreto su sentido del «tiempo interno» e investigar qué potencialidades de revuelta se abren en este terreno.

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Hombre sonriente, hombre serio: la nueva Ley de Seguridad Ciudadana y la Separación de Poderes

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Te levantas y lees el titular: “ Multas de 600.000 euros por convocar una protesta en Twitter ante el Congreso”. Miras bien, refrescas la página a ver si es un error o algo… No. Ahí está. Lees el artículo y te das cuenta: ya ha llegado. Estábamos viendo que algo así podía pasar, se esperaba, pero igualmente te sorprende cuando por fin lo ves ante ti.

¿Y por qué me impresiona a mí esto tanto? Os lo cuento. Pero empezando desde el principio.

Mirad este señor, y mirad la media sonrisa que tiene en casi todas sus representaciones:

 

Montesquieu multi

No es de extrañar que estuviera contento. Este señor es el Barón de Montesquieu, y supongo que en el momento de acabar estos retratos ya había desarrollado uno de los principales pilares de cualquier Democracia moderna: la Separación de Poderes. Es algo tan importante que lo voy a repetir y lo pongo en mayúsculas y negrita: LA SEPARACIÓN DE PODERES. Algo tan bonito que es para sonreír hasta el infinito.

¿Y qué significa eso? Os lo explico brevemente con mis palabras: distribuir las funciones del Estado en tres categorías o Poderes diferenciados: el Ejecutivo, Legislativo y el Judicial, que tienen que actuar en absoluta independencia cada uno de ellos y con decisiones autónomas de los otros dos.

Y aquí os lo explica el sonriente Montesquieu, que lo hace bastante mejor que yo:

“En cada Estado hay tres clases de poderes: el legislativo, el ejecutivo de las cosas pertenecientes al derecho de gentes, y el ejecutivo de las que pertenecen al civil.

Por el primero, el príncipe o el magistrado hace las leyes para cierto tiempo o para siempre, y corrige o deroga las que están hechas. Por el segundo, hace la paz o la guerra, envía o recibe embajadores, establece la seguridad y previene las invasiones; y por el tercero, castiga los crímenes o decide las contiendas de los particulares. Este último se llamará poder judicial; y el otro, simplemente, poder ejecutivo del Estado.  […]

  Cuando los poderes legislativo y ejecutivo se hallan reunidos en una misma persona o corporación, entonces no hay libertad, porque es de temer que el monarca o el senado hagan leyes tiránicas para ejecutarlas del mismo modo.

Así sucede también cuando el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo. Estando unido al primero, el imperio sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario, por ser uno mismo el juez y el legislador y, estando unido al segundo, sería tiránico, por cuanto gozaría el juez de la fuerza misma que un agresor.

En el Estado en que un hombre solo, o una sola corporación de próceres, o de nobles, o del pueblo administrase los tres poderes, y tuviese la facultad de hacer las leyes, de ejecutar las resoluciones públicas y de juzgar los crímenes y contiendas de los particulares, todo se perdería enteramente.”

Texto tomado de ‘ El espíritu de las leyes
Charles Louis de Secondat, Barón de Montesquieu
1748

Os pongo un ejemplo de esto: tenemos un Poder (Legislativo) que es que crea las leyes. Pero es otro Poder (Judicial) el que fiscaliza el buen cumplimiento de dichas leyes. Si el mismo poder Legislativo es el que vigilara sus leyes, está claro que podría haber problemas (y de hecho siempre los ha habido en este contexto). Es algo fácil de imaginar. Está claro, ¿no?

Ahora mirad a este otro señor. Y mirad el aspecto serio y afectado que tiene en casi todas sus representaciones:

Galardón multi

No es de extrañar que esté tan seriote. El Sr D. Alberto Ruiz-Gallardón, Ministro de Justicia del Reino de España, se ha cargado el Estado de Derecho. Él solito. ¿Y cómo lo ha hecho? Pues entre otras cosas, con la referencia con la que empiezo esta pieza: La nueva Ley de Seguridad Ciudadana.

¿Y cómo es esto? Me explico. La idea no es nueva: Tengo el poder. Si con las actuales leyes algún colectivo me resulta molesto, pues las cambio. Siempre ha pasado y hasta cierto punto esto es normal. La sociedad avanza, las leyes deben evolucionar. Peeeeero…, hasta ahora no habíamos tenido en Democracia una reforma legislativa que atacara de esta forma a la Separación de Poderes. Bueno sí, la denominada Ley Sinde-Wert ya quitaba de en medio a jueces molestos “ que no sentenciaban a nuestro gusto” (con nuestras propias leyes.. ejem).

Lo que antes esa un asunto que fiscalizaba un Juez, ahora es una multa que decido e impongo yo mismo. ¿Jueces?, no gracias. El Poder Legislativo usurpa funciones del Poder Judicial.

Esto es grave. Mucho.

Yo creo que el hecho de que un Parlamento en Democracia se plantee pasar una Ley como esta certifica la podredumbre del sistema actual que tenemos en el Reino de España. Empezando por eso: ser un “Reino”, okupados por la corrupción en prácticamente cada institución pública, y sin ser capaces de liberarnos de esa mentirosa Transición, que tanto daño nos hace.

Muchas veces uso en las redes el término (humorístico-propagandístico) en forma de hashtag: #YaHemosGanao. No es más que eso, una chanza, propaganda, sencillamente (auto)regocijarme en el papel de los movimientos sociales estos últimos años. En estas nuevas formas de protesta y organización ciudadana que lentamente vamos tejiendo, probando y mejorando. La cosa es que creo que en este caso el término aplica bien.

Esta Ley está hecha para nosotros. Está hecha CONTRA nosotros. Los ciudadanos, las personas. Tú, yo. Esa gente molesta que cree en la Democracia y exige más Democracia, mejor Democracia. Que lucha, que se expone. Que piensa en su vecino, en las minorías. En que las personas no somos simples mercancías en manos de políticos y banqueros. Y que ahora vemos como para su comodidad, y supongo que recibiendo órdenes de los verdaderos poderes que nos manejan, cambian las reglas del juego, pero aquellas reglas que NO se pueden cambiar. Si las tocas, ya no es el mismo juego. En este caso creo que más importante del contenido de la ley, es ‘el cómo’.

Esta reacción, este coletazo desesperado de los poderes certifica el comienzo de nuestra victoria. Ahora ya sí que me lo creo. No va a ser fácil. De hecho será más difícil a partir de ahora, pero vamos bien. Vamos en la buena dirección.
Si Montesquieu levantara hoy la cabeza, me temo que dejaría de sonreír. Eso sí, mientras volvía a reclinarse en su tumba a lo mejor decía suavemente: “ Finalement! On a déjà gagné!

¡Por una oposición que se oponga!

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Algunas insuficiencias generales: Las concepciones de la “izquierda” y la idea clásica de “progreso” – y III

x J.M. Naredo

Hemos visto que los catorce años de gobierno del PSOE no sólo han contribuido a dejar «atado y bien atado» un nuevo sistema de poder (ahora regentado por una formación política heredera de la antigua derecha) en el que una élite sigue gobernando y explotando, democráticamente, al país, sino que para colmo han desmantelado la oposición.

El texto «Por una oposición que se oponga» (reproducido en el primer capítulo de este volumen) afirma que la oposición política anrifranquista no se oponía al sistema de poder que trataba de pervivir, con la transición, revestido de formas democráticas. Creo que los hechos han confirmado esta consideración. Por desgracia ocurrió lo que en ese texto se preveía: que cuando el sistema se dotó de una cobertura democrática y los partidos anrifranquistas fueron por fin legalizados como contrapartida a su «buen comportamiento», perdieron su función opositora básica, y con ello su identidad, entrando en una crisis de fundamentos. Paulatinamente habían pasado, por acción u omisión, en mayor o menor medida, a asumir el pensar polírica(y económica)menre correcto del pensamiento («único») dominante. El triunfo electoral y el prolongado gobierno del principal partido de esa oposición, el PSOE, vino a ser la «prueba del nueve» de esa afirmación al constatar que este partido no sólo no trató de cambiar el sistema de poder establecido, sino que contribuyó eficazmente a consolidarlo. Y cuando, tras haber realizado desde el poder funciones que parecían más propias de la <derecha», fue desplazado del gobierno, se vio incapacitado para hacer una oposición eficaz al nuevo gobierno del PP, habida cuenta que trabajaba con criterios similares. Es más, en ocasiones, este gobierno le pasó «por la izquierda» al tomar medidas más «avanzadas» de las adoptadas en los gobiernos anteriores.

El baile de disfraces político así originado confirmó también la necesidad de revisar críticamente el sentido de los términos «derecha» e «izquierda», «conservadores» y «progresistas» y otros propios del lenguaje político ordinario, como sugeríamos en el texto inicial antes mencionado. La exigencia de esta revisión es ahora mucho más urgente si queremos salir del confusionismo reinante. El principal problema de esta confusión estriba en que la mayoría de esos términos fueron acuñados en la pelea política iniciada en el «siglo de las luces» contra el Antiguo Régimen, renovada, en nuestro caso, durante el franquismo. Se enfrentaban así los «conservadores» de un régimen inmóvil de privilegios atendiendo a la cuna o a la corporación de procedencia, con los partidarios del «progreso» que combatían ese régimen y que se agruparon mas tarde a «la izquierda» de los bancos parlamentarios, frente a los «conservadores» de «la derecha». Pero ha llovido mucho desde cuando el mismo desarrollo capitalista parecía «progresivo» frente al monopolio y la regalía propios del Antiguo Régimen y se magnificaba «la razón», «la ciencia» y «el trabajo» frente al aristocrático desprecio por las actividades ordinarias laicamente relacionadas con la intendencia, o cuando se anteponía en bloque «el individualismo» frente al «corporativismo», o «las libertades», «el contrato social» y «la democracia» frente a la discrecionalidad opresiva de un poder absoluto. Hoy el capitalismo se ha hecho hegemónico en el mundo en nombre del «progreso» y la «ciencia» y el «trabajo» están a su servicio, «el individualismo» más exacerbado y la justificación «contractual» y «democrática» del poder ocupan un lugar clave para la conservación del nuevo statu quo en el que el despotismo, la desigualdad y la insolidaridad se han extendido de nuevo hasta límites hace poco insospechados. En este nuevo contexto, cuando la vieja terminología de referencia ha perdido sus significados originarios y se han trastocado sus funciones, sólo cabe construir un nuevo mapa de referencia para enjuiciar la ideología de las personas o el comportamiento y la función social de las organizaciones políticas. En el nuevo mapa cabe clasificarlas en función de que se adapten o comulguen más o menos con los dictados de la ideología actualmente dominante que el «pensamiento único» se encarga de recoger y divulgar.

El texto «Por una posición que se oponga» denota que el «pensamiento único» no es fruto de una noche de verano, sino que se venía incubando desde hace bastante tiempo. Sus raíces arrancan de la propia inconsistencia de una «izquierda» que era tributaria de la ideología que ha servido para consolidar el sistema de poder hoy hegemónico en el mundo. De una «izquierda» que se engañaba a sí misma creyendo oponerse al sistema con tácticas dilatorias o con razonamientos e instrumentos ideológicos del propio sistema que contribuían en el fondo a reforzarlo. El arsenal ideológico de la oposición antifranquista estaba ya vacío al iniciar-se la transición política hacia la democracia, tal y como advertimos en el texto inicial. El «hombre unidimensional» de Marcuse 1 presagiaba ya entonces el triunfo del «pensamiento único», aunque la Unión Soviética no se hubiera disuelto todavía. Desde esta perspectiva no ha sido para mí ninguna sorpresa que tanto el PSOE, durante su largo mandato, como el PP, hoy en el gobierno, se hayan comportado o se comporten como gestores de un mismo sistema que trabajan con los mismos instrumentos para perseguir los mismos objetivos. Y al comulgar de hecho ambas formaciones con la misma forma de concebir la sociedad en el aquí y ahora, dificilmente pueden ya oponerse en cuestiones de fondo y sus conflictos giran sobre todo en torno a intereses económicos o de poder, o a temas meramente accidentales. La discusión se desarrolla así como una discusión entre gestores de un mismo sistema sobre la idoneidad o no de ciertas medidas, sobre todo de política económica. Y si, al decir de Blair, «las políticas económicas no son de izquierdas ni de derechas, sino que se clasifican entre las que funcionan y las que no funcionan» y, para colmo, estas políticas tienden a venir dictadas desde Bruselas, el objeto de debate entre gobierno y oposición aparece también cada vez más vacío de contenido. El tema de la responsabilidad en escándalos o en sucesos diversos, unido a meras cuestiones de imagen, va quedando como principal arma arrojadiza entre los políticos, a la vez que se soslayan sistemáticamente los aspectos de fondo relacionados con el sistema.

Se observa así la incapacidad de los cauces de mediación política «democrática» para modificar el statu quo. Se evidencia que la aceptación de la idea atomista de la sociedad, sin organizaciones cooperativas y solidarias intermedias, imposibilira el control ciudadano de la toma de decisiones. Ningún mecanismo electoral, por muy bien engrasado que esté, puede cubrir el desierto institucional que se extiende en el modelo político «democrático» entre el individuo y el Estado. Y el problema se agrava cuando este modelo encomienda la gestión de la política y la economía a dos tipos de organizaciones que son, por definición, jerárquicas, centralizadas, coercitivas: los partidos políticos y las empresas. Una vez reducida la sociedad a una colección de individuos aislados y una vez presentados estos dos tipos de organización como los únicos o principales a los que se debe confiar la gestión del poder y la riqueza, la batalla en pro de la libertad, la igualdad y la solidaridad está perdida de antemano. Esas entidades, que se mueven en busca de poder y de dinero, tienden precisamente a coartar la libertad y a destruir la igualdad y la solidaridad, al someter a los individuos a relaciones de dominación y dependencia.2 Hemos visto que la ilusión democrática, y la Constitución, contribuyeron a desatender otras formas de organización social distintas de los partidos políticos y las empresas, ayudando a extender el vacio institucional antes mencionado. En estas condiciones, es lógico que la gente se desanime al constatar su escasa influencia en la élite que toma las decisiones. Pero esto no quiere decir que no haya alternativas o que las personas no tengan ninguna libertad de acción o de decisión.

En primer lugar, en vez de seguir mendigando al poder o a sus «mediadores», sigue estando abierto el camino que nos mostró Etienne de la Boétie hace ya cuatro siglos cuando dijo, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, que para ser libre no hace falra más que decir no al opresor. Evidentemente, la anestesia social provocada por la doble presión de la «sociedad de consumo» y la «sociedad del trabajo» hace que la servidumbre no sea hoy tan «voluntaria» como reza el titulo de De la Boétie, sino que se vea «forzada» por engranajes de dependencia cada vez más complejos. En efecto, el deseo de avanzar en la carrera del consumo y la ostentación, adquiriendo más y más caras viviendas, automóviles, etc., acostumbra a reforzar la necesidad de atarse al trampolim de una actividad laboral dependiente, que rige para la mayoría de la población. La aceptación implícita de las servidumbres del consumo y del trabajo constituye así el principal soporte de la dominación social, al que se añade la impotencia de los mecanismos actuales de mediación política para cambiarla. No basta, pues, con replantear los mecanismos de mediación política: desmontar la gran trampa ideológica que supone identificar el consumo (medido en términos pecuniarios) con la felicidad y considerar el trabajo (penoso y dependiente) como el medio obligado de vida, resulta hoy un paso obligado para «decir no al opresor».3

Hay que romper la «carrera del consumo» proclamando ética y estéticamente de «mal gusto» la práctica actual de la ostentación y cambiando los patrones que identifican el éxito «social» con la acumulación personal de poder y de dinero. Y junto a la mitología del consumo y del trabajo hay que desmantelar también la mitología de la producción y el crecimiento, con todo el irracionalismo que conlleva. Se trata, en suma, de subrayar el horizonte ecológicamente inviable y socialmenre indeseable hacia el que nos arrastra el sistema, para hacer de las cada vez más nutridas legiones de náufragos del «mercado» y de la «competitividad» el nuevo sujeto histórico capaz de apoyar el cambio social. Pero escapa al propósito de estas líneas detenernos en estos aspectos tratados en otras publicaciones.4 Si los hemos mencionado es para subrayar las posibilidades que existen de desmontar la ideología que justifica, con visos de racionalidad, al sistema de poder vigente y para construir sobre bases sólidas una oposición al mismo (que por la propia naturaleza de los acontecimientos tendría que alcanzar dimensiones internacionales).

En segundo lugar, sigue estando también abierta la posibilidad de reconstruir el desierto institucional que en la política actual separa al individuo del Estado y de las organizaciones políticas y empresariales a él vinculadas, que justifican y mantienen el actual sistema de poder. Y aunque la oposición esté hoy bajo mínimos, tal vez por eso sea más propicio el momento para reconstruirla sobre nuevas bases, libre ya de melancolías, esquemas y prácticas que se han revelado inoperantes. Al menos la situación está más clara para ello que hace veinticinco años, cuando escribí «Por una oposición que se oponga». El objetivo del presente texto sigue siendo el mismo. La oposición política no se oponía entonces al sistema de poder establecido, sólo a cierta epidermis político-institucional que los vientos democráticos de nuestro tiempo estaban llamados a cambiar en cualquier caso. La oposición sigue hoy sin oponerse al sistema de poder ya actualizado con el marchamo de la «democracia». ¡La Monarquía misma, residuo obsoleto del Antiguo Régimen, sigue gozando de buena salud en nuestro país! Queda pues ante nosotros la sugerente tarea de construir una oposición que se oponga. Y si esta tarea no llega a puerto, valga el presente texto como testimonio de que no todos comulgamos con las ruedas de molino que nos ofrece el sistema a través de sus avezados gestores y partícipes.

NOTAS:

1. H. Marcuse: One-Dimensional man, Boston, Beacon Press, 1964 (hay edición en castellano: El hombre unidimensional, Joaquín Motriz, México, 1968).

2. La expansión de este tipo de organizaciones tiende a destruir el comportamiento más orgánico de las sociedades tradicionales, con sus medios de subsistencia, y, al hacer que los individuos no sepan valerse por sí mismos, se acentúa día a día la precariedad en las condiciones de trabajo originando incluso nuevas situaciones de esclavitud que se sitúan en las antípodas de la sociedad de individuos libres e iguales preconizada por la utopia liberal. Sobre las nuevas formas de esclavitud por contraposición a las antiguas, véase K. Bales: Disposablepeople. New slavery in the global economy, Universiry of California Press, Berkeley, 1999 (hay edición en castellano: La nueva esclavitud en la economía global, Madrid, Siglo XXI, 2000).

3. Sobre la revisión de la noción de trabajo, véase J. M. Naredo, Configuración y crisis del mito del trabajo, en K. Offe, J. M. Naredo, 1. Ramonet ec al ¿Qué crisis? Retos y transformaciones de la sociedad del trabajo, Gakoa, San Sebastián, 1997, PP. 51-73. Sobre alternativas véase J. M. Naredo, Sobre la cooperación libre e igualitaria como remedio frente al paro y cl trabajo dependiente, en J. Serna: Empleo verde Tres cooperativas ecológicas, Barcelona, Icaria, 1999, PP. 27-33. Sobre la sociedad de consumo y las necesidades, véase J. M. Naredo, Sobre pobres y necesitados, y los otros textos que componen el volumen, en J. Riechmann, (ed.): Necesitar, desear, vivir, Libros de la Catarata, Madrid, 1998.

4. Sobre aspectos ideológicos véase mi libro La economía en evolución antes citado y la amplia bibliografia de referencia. Sobre las irracionalidades y desigualdades que conlíeva el funcionamiento real de la presente sociedad industrial a escala planetaria véase J. M. Naredo y A. Valero (dirs.): Desarrollo económico y deterioro ecológico, Fundación Argenraria y Visor Distribuciones, Madrid, 1999. Sobre la naturaleza y las perspectivas dc crisis de la civilización industrial, véase J. M. Naredo (2000) Ciudades y crisis dc civilización, Documentación social, 0.0 119, PP. 13-38

Valores y socialismo libertario

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Desde distintos sectores se argumenta que el principal mal que sufre la izquierda actual es el conformismo de los trabajadores. En efecto, parece que el hecho de tener el poder adquisitivo suficiente para poder consumir, unido a ciertos entretenimientos como el deporte-espectáculo, provoca una desmotivación y un aborregamiento en el trabajador que impiden que afloren en él espíritu revolucionario alguno. Panem et circenses, en suma.

Pero esa explicación quizá peque de superficial. Creo que el conformismo actual, con ser cierto, tiene su origen en un problema mucho más profundo y difícil de afrontar: los valores esenciales de la derecha son compartidos en buena medida por la izquierda. Por “valores de la derecha“, entiéndaseme bien, me refiero a todos aquellos valores que tradicionalmente ha ostentado el Poder con mayúsculas a lo largo de toda la Historia: la tiranía, el dogmatismo, el fanatismo, la irracionalidad, la injusticia, el egoismo, el materialismo…

La humanidad se mantuvo bastante estable, socialmente hablando, durante los varios milenios en que hubo un consenso prácticamente total en aceptar tales valores como base política. La brecha a ese respecto se produjo durante la Ilustración. Los nuevos valores que trajo esta corriente de pensamiento (democracia, libertad, racionalidad...) supusieron un adelanto moral y filosófico que dio origen a multitud de revoluciones desde fines del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. A juzgar por los modernos Estados capitalistas a los que dieron origen aquellas revoluciones burguesas, es evidente que éstas supusieron ciertamente un adelanto revolucionario en ciertos valores, pero no tanto en otros como la justicia social o la solidaridad humana. Podría decirse que la revolución generada por la Ilustración quedó coja de una pata.

Durante el siglo XIX nació otra corriente de pensamiento que precisamente se centró en aquellos valores que la Ilustración, inadvertidamente, había dejado de lado: el socialismo.

Lamentablemente, el socialismo marxista (que se convirtió en la corriente predominante dentro del socialismo) cometió el mismo error que habían cometido años antes los ilustrados, y realizó sus análisis partiendo de valores como la justicia social y la solidaridad, olvidando o restando importancia a aquellos otros que la Ilustración había priorizado: la democracia y la libertad. Ese déficit explica bastante bien el hecho de que finalmente pudiesen darse interpretaciones marxistas tan autoritarias y antidemocráticas como el leninismo o el estalinismo.

Parece, pues, que el socialismo quedó igualmente tan cojo como la Ilustración, aunque de la pata contraria.

Pero si convenimos en que valores como la democracia y la libertad son tan deseables e imprescindibles como la justicia social y la solidaridad humana, hemos de concluir que la corriente izquierdista ideal será aquella que logre reunir en su seno tales planteamientos por igual y de una manera lo suficientemente equilibrada como para imposibilitar cualquier tipo de déficit. Y lo cierto es que esa determinada corriente siempre ha existido. Me refiero al socialismo libertario.

El socialismo de carácter libertario es la contrapartida de las lecturas más autoritarias del socialismo marxista, y ello es así precisamente porque deriva tanto del socialismo como de la corriente libertaria surgida durante la Ilustración.

Y sin embargo… ¿cómo es posible que ni siquiera esa izquierda libertaria sea capaz hoy día de seducir a la gran masa de trabajadores? El problema es, como decía, de valores. La sociedad actual es tremendamente individualista, materialista, egoista y consumista. El que se nos hayan inculcado tan profundamente unos valores tan antihumanos como esos, es el mayor triunfo del sistema y a la vez su talón de aquiles, dado que tarde o temprano nuestra condición humana termina rebelándose ante ellos. Y es precisamente en ese punto donde la izquierda libertaria debe atacar, y más en un contexto de crisis económica como el actual, en el que quedan al descubierto las miserias más aberrantes del sistema socioeconómico que sufrimos. Así, hemos de comprender y hacer comprender al gran público que el derrumbe definitivo del capitalismo (que es en definitiva a lo que estamos asistiendo) sólo puede superarse prescindiendo por fin del egoismo y del individualismo, es decir, uniéndonos y organizándonos bajo la bandera de la solidaridad humana.

Pero sólo conseguiremos llegar a ese objetivo si antes convencemos a la sociedad actual del gran absurdo del materialismo y del consumismo. Tenemos que hacer ver a las masas que la felicidad no se encuentra en el centro comercial, sino en las distintas interacciones humanas, y en el conocimiento, la cultura, el arte o la naturaleza. Es indispensable que comprendan que la riqueza de una sociedad no se mide sólo en términos materiales, sino también en términos democráticos, en índices sociales (educación o sanidad, por ejemplo) o en niveles ecológicos.

Estamos en un momento crucial de la humanidad, en el que los antiguos esquemas mentales basados en valores bárbaros llegan a su fin tras una decadencia de varios siglos. La transición será más o menos soportable en la medida en que la izquierda sepa edificar esquemas diferentes, basándose para ello en valores igualmente diferentes o incluso opuestos. Hay que tener en cuenta que la izquierda es revolucionaria por definición, pero la revolución exige un cambio radical de valores o la revolución no es completa. Tanto las revoluciones burguesas del siglo XIX como las revoluciones comunistas del siglo XX adolecieron de un déficit u otro en ese aspecto, y por eso fracasaron a la hora de edificar un sistema decente para la humanidad. Es necesario que en la revolución del siglo XXI no cometamos el mismo error, porque fracasar de nuevo podría ser fatal en este momento tan crítico para la humanidad.

La ecuación de la corrupción

FUENTE

Antón Costas

29-07-2013

Los casos de corrupción están a la orden del día y producen gran alarma social. Pero ¿podemos decir que España es un país corrupto?

Veamos, ¿cuándo un país es corrupto? Cuando existe lo que los anglosajones llaman petty corruption. Es decir, corrupción generalizada a pequeña escala, consistente en tener que pagar gratificaciones para el desarrollo de las actividades cotidianas, como hacer un trámite administrativo, acceder a un servicio público, como elegir escuela o ser atendido por los servicios de salud.

En este sentido, España no es un país corrupto. No sale mal parada en los rankings que miden este tipo de corrupción. Más bien se acerca a los países nórdicos.

¿No tenemos, entonces, que preocuparnos por la corrupción? Sí, porque aunque no haya una “cultura de corrupción“, como a veces se dice, que afecte al conjunto de la sociedad, si existe una grand corruption que se ha enquistado en algunas actividades públicas. Las causas de la corrupción tienen mucho que ver con el funcionamiento de esas actividades. Si las identificamos, seremos más capaces de erradicar la corrupción.

Son de tres tipos. La primera tiene que ver con el urbanismo y afecta especialmente a alcaldes y responsables de planes urbanísticos. La segunda se relaciona con la licitación de obra pública y las concesiones para la gestión privada de servicios públicos. La tercera, con el uso de subvenciones y ayudas públicas a ciertas actividades, como los expedientes de regulación de empleo (ERE) o las “primas” a las energías renovables.

¿Qué es lo que ha permitido conocer esa corrupción sistémica? No ha sido la actividad preventiva de los organismos encargados de auditar y controlar esos procesos. Esto ha fallado. Han sido, por un lado, los medios de comunicación; y, por otro, la actividad investigadora de los tribunales de justicia y otras instituciones como la Agencia Tributaria.

El conocimiento de las actividades que generan esa grand corruption y de las instituciones más efectivas en identificarlas, nos permite formular lo que podríamos llamar la ecuación de la corrupción española: C = DA + S + Cc – (T + D)

En primer lugar, la ecuación nos dice que cuanta más discrecionalidad administrativa (DA) en la aprobación de planes y licencias urbanísticas, mayor será la corrupción.

En segundo lugar, cuanto mayor sea el volumen de subvenciones públicas a actividades privadas (S), mayor será la corrupción. La “primaes una garantía pública de rentabilidad privada que pesa durante años y años sobre el presupuesto público. Además, incentiva actividades que están más próximas al negocio financiero que al proyecto industrial. En el caso de los ERE, la subvención da lugar a la aparición de buscadores de rentas, y a que las empresas destruyan empleo en lugar de desarrollar fórmulas para conservarlo.

El tercer factor es la licitación de obra pública y las concesiones para la gestión privada de servicios públicos. Lo podemos llamar capitalismo concesional (Cc). Si analizamos los nombres de las grandes donaciones a los partidos veremos que están relacionados con estas actividades. La corrupción en este caso no solo consiste en donaciones o pago de comisiones, sino en contratos que hacen que el beneficio vaya al operador privado, mientras que el riesgo de pérdidas se lo queda el sector público. Los ejemplos son numerosos.

La primera conclusión de nuestra ecuación podría formularse diciendo que en España se ha desarrollado un tipo de capitalismo concesional y subvencionado que es proclive a la corrupción. Si queremos disminuir la corrupción hay que acabar con este tipo de capitalismo rentista y depredador.

La segunda conclusión surge del análisis de los dos factores de la ecuación que disminuyen la corrupción. El primero es la transparencia (T), entendida como el derecho ciudadano a conocer, y la obligación de las Administraciones a responder, con responsabilidad penal si no lo hacen. Este es un elemento poderoso de higiene pública. El segundo es la democracia (D).

Hay tres elementos de la democracia que son esenciales para erradicar la corrupción. El primero es que en las elecciones los ciudadanos penalicen a los políticos y partidos corruptos. El segundo es una prensa libre, capaz de denunciar la corrupción. El tercero, unas instituciones judiciales independientes que investiguen y penalicen la corrupción. Nos podemos sentir relativamente satisfechos, porque esos tres elementos están funcionando.

Pero no hay que bajar la guardia en los dos focos principales de la corrupción: el planeamiento urbanístico y el capitalismo concesional y subvencionado.

La ausencia de incompatibilidad entre ser alcalde o concejal de urbanismo y la dedicación a estas actividades es como poner al zorro al cuidado de las gallinas. Sorprende que un ministro tenga que salir del Consejo de Ministros cuando se tra tan cuestiones que le implican a él o a sus familiares y no haya nada similar en los Ayuntamientos. Alguna restricción hay que introducir en este terreno.

El capitalismo concesional y subvencionado ha operado hasta ahora en la obra pública, los servicios domiciliarios y algunas actividades como las renovables. Pero está comenzando a penetrar en un nuevo campo: la sanidad. Hay que ir con cuidado, porque es susceptible de generar la misma corrupción.

No trato de demonizar la colaboración público-privada en la gestión de servicios de la sanidad pública. Pero las empresas que quieran operar en esas actividades han de funcionar con el mismo criterio de transparencia, riesgo y ventura con el que lo hacen los empresarios que arriesgan su patrimonio en las actividades de mercado. Ese es el buen capitalismo.

El Homo Videns y la sociedad teledirigida

FUENTE

El intelectual Giovanni Sartori analizó a finales de los años noventa la influencia de la televisión en la sociedad moderna y las consecuencias que se derivan de la supremacía de la imagen sobre la palabra escrita. Diez años después, el brillante ensayo del politólogo sigue vigente y muestra signos de convertirse en una sólida llamada de atención sobre el futuro de la sociedad digital ¿En qué nos estamos convirtiendo?.

Giovanni Sartori, respetado politólogo italiano y Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales en el año 2005, escribió en 1998 un libro titulado “Homo Videns. La sociedad teledirigida”. A lo largo de las intensas 140 páginas que tiene el ensayo, este controvertido autor expuso una serie de argumentos que fueron considerados muy provocadores en aquella época. Arremetía contra la incipiente consolidación de una sociedad basada en la imagen y dominada por la cultura de lo visual  Para Sartori, la preponderancia de la imagen sobre la palabra escrita adquiere rango de catástrofe. En su opinión, la cultura audio-visual destruye la capacidad de abstracción, la crítica de las ideas y un empobrecimiento letal en el proceso de entender y conocer que posee el hombre. Divide su libro en tres apartados bien diferenciados: En primer lugar habla de la primacía de la imagen, en la que se describe el proceso por el cual se ha incorporado abiertamente la televisión en la vida diaria de ser humano, la influencia que tiene entre la niñez, una generación educada por y para la televisión, los videojuegos y finalmente Internet. En el segundo apartado, “La opinión teledirigida”, se abordan temas en torno a las repercusiones sociales que ha tenido la aceptación sin límites de lo que aparece en la televisión, la total falta de cuestionamiento de sus contenidos y el modo en que los gobiernos han utilizado los medios de comunicación para manipular a las masas. Y en último lugar diserta sobre la democracia y su desintegración paulatina frente a la ausencia de razonamiento y esfuerzo intelectual que provoca la televisión.

No demoniza la televisión pero nos hace estar alerta sobre sus efectos

No demoniza la televisión pero nos hace estar alerta sobre sus efectos

Sartori salta a la arena de la provocación para hacernos despertar de la somnolencia provocada por los medios de comunicación tras tantos años de anestesia. No trata de suavizar los argumentos, más bien al contrario, el autor nos abofetea con cada frase y cada idea. No se conforma con el papel de mero intelectual que disecciona la realidad y permanece en su púlpito, alejándose de las manchas que pueden provocar las ideas audaces. El italiano se atreve a proponer argumentos que sacuden las conciencias y obligan a desperezarse al músculo del pensamiento. Como apunta Concha Mateos Martín, Doctora en Ciencias de la Información en la Universidad de La Laguna, “Se ha arriesgado a que dentro de quince años se le pueda tachar de alarmista, desmesurado, exagerado, torpe, confundido y confundidor. Es decir, se ha arriesgado a que sus predicciones futuribles no se demuestren. Se ha arriesgado a que se enfaden aquellos a los que directamente interpela en su libro para que reaccionen: los padres, los educadores, los periodistas, los empresarios de la información. O como el propio autor advierte en la página 17 de su libro “tal vez exagero un poco, pero es porque la mía quiere ser una profecía que se autodestruye, lo suficientemente pesimista como para asustar e inducir a la cautela”.

Este valiente intelectual no quiere que su mensaje se olvide enterrado en cualquier estantería, lo que pretende es agitar las mansas aguas de las conciencias adormecidas, levantar los párpados caídos de los individuos que roncan el sueño de la complacencia. Sin embargo, Sartori ejecuta su crítica sin demonizar la televisión. No desespera al lector con argumentos radicales, negativos y sin solución. El autor primero abre las heridas, pero no con intención de dejarlas que se pudran al agresivo aire del diserto sino que al final del libro, las asiste y las cierra con generosidad y positivismo.

La imagen nos tiene anestesiados, hipnotizados, atontados

La imagen nos tiene anestesiados, hipnotizados, atontados

El autor desata una crítica feroz sobre la televisión, pero sin embargo, no se considera un enemigo del progreso. Su intención real consiste en advertirnos del inmenso potencial negativo que poseen los medios visuales pero por otro lado reconoce también la parte positiva que puede aprovechar la sociedad de estos avances. Como dice Mateos “No se opone a lo que comúnmente se denomina progreso. Pero no olvida alertar sobre la necesidad de controlarlo. Frente a quienes defienden la supuesta democracia de un medio que es capaz de llegar a todos sin exigirles conocimientos extraordinarios, él recuerda que el progreso cuantitativo no es en sí progreso, pues también una epidemia o un tumor es mayor cuanto más se extiende pero no por ello es mejor”.  Sin embargo, el autor dispara sin compasión contra la pérdida de la capacidad de abstracción que está provocando la constante exposición de los niños a las imágenes que aparecen en la pantalla de televisión. La información presentada por los medios se encuentra descontextualizada, manipulada y generada en base a unos intereses propios. Se crea un ser video-dependiente que se traga las imágenes sin masticar, como sopa templada que baja por el estómago y se salta el proceso de la razón y la crítica hasta llegar directamente al sistema excretor. El niño pierde progresivamente la visión que le ofrece la lectura de la palabra escrita, se sumerge sin darse cuenta en un mar de complacencia, chapoteando entre las imágenes sin aplicar el más mínimo sentido crítico

¿Quién no ha escuchado alguna vez la frase “Una imagen vale mas que mil palabras”?. Puede que valga más, pero sólo a efectos de lo que le interesa al gobierno o las multinacionales que nos bombardean continuamente con toda tipo de estímulos anestésicos para acabar con nuestro filtro de decisión. Sartori advierte que los niños cada vez se leen menos libros y que cada vez se entregan a más horas de televisión o incluso de videojuegos o Internet.

Nos hacen creer cualquier cosa desde la manipulación televisiva

Nos hacen creer cualquier cosa desde la manipulación televisiva

En el libro se habla de cómo se ha impuesto la televisión sobre el resto de medios de comunicación, ofreciendo dos peligrosos tipos de información: la subinformación y la desinformación. La primera se refiere a la falta de datos suficientes para formar una opinión sólida y la segunda a la manipulación y distorsión de los mensajes por motivos interesados por parte de los emisores. A esto hay que añadirle que las noticias deben ser cada vez más sensacionalistas, más excitantes, más llamativas, para poder atraer la atención del apático “Homo Videns”. Esta guerra por captar el foco de interés del espectador degenera en una escalada de amarillismo que termina desvirtuando la información y convirtiéndola en un deshecho que nuestro cerebro admite como válido y lo acepta sin rechistar. Además, lo que no sale en televisión, no existe. Pero Sartori va aún mas allá y se hace firme en la idea de que esto acabará con la democracia pues los individuos viven alienados alrededor de la aura de veracidad que posee la televisión y degluten mansamente los contenidos políticos que quieren los dirigentes. El resultado de este proceso de idiotización masiva se traduce en una pérdida de capacidad de decisión fundamentada. “Mientras la realidad se complica, las mentes se simplifican y nosotros estamos cuidando a un video-niño que no crece, un adulto que se configura para toda la vida como un niño recurrente. Nos encontramos ante un demos debilitado, no solo en su capacidad de tener una opinión autónoma sino también en clave de pérdida de comunidad escribe Sartori.

Hay que escapar del yugo anestésico de la televisión

Hay que escapar del yugo anestésico de la televisión

¿Cómo ha evolucionado el “Homo Videns” en estos 10 años? La inmensa supremacía de la imagen sobre la palabra permanece vigente hoy día, sin embargo, ha aparecido un nuevo medio de comunicación que está revolucionando la sociedad desde los cimientos: Internet. Sartori también habla de la Red como una nueva oportunidad de desarrollo para el ser humano, sin embargo, duda de que la utilidad de esta herramienta llegue más lejos que la televisión. “Como instrumento práctico, como un paseo a un mercadillo callejero o como un recorrido por nuestros más variados hobbies, Internet tiene un porvenir revolucionario. Como instrumento cultural, preveo que tiene un futuro modesto. Los verdaderos estudiosos seguirán leyendo libros, sirviéndose de Internet para completar datos, para las biografías y la información que anteriormente encontraban en diccionarios; pero dudo que se enamoren de la red”.

Se rebela contra la falta de esfuerzo mental que proviene de la televisión y que se traslada a Internet como si se tratara de un simple ejercicio de traspaso eventual. Nos dice que a pesar del universo de posibilidades que ofrece la Red, vamos a seguir siendo individuos absorbidos por el poder triturante de la imagen fácil. La paideia del video hará pasar a Internet a analfabetos culturales que rápidamente olvidarán lo poco que aprendieron en la escuela y, por tanto, analfabetos culturales que matarán su tiempo en Internet, en compañía de “almas gemelas” deportivas, eróticas o de pequeños hobbies. Para este tipo de usuario, Internet es sobre todo un espléndido modo de perder el tiempo, invirtiéndolo en futilidades, escribe el italiano.

Quizá estemos virando hacia un nuevo tipo de hombre gracias a Internet Quizá estemos virando hacia un nuevo tipo de hombre gracias a Internet

Y efectivamente, Internet se ha convertido en un océano de información que nos inunda cada vez que accedemos a él mediante el simple hecho de abrir el navegador. Pero ahora ya no dependemos de los intereses económicos de las empresas privadas o de los intereses políticos de los gobiernos, que con la televisión encontraron un excelente modo de manipularnos a su antojo. Cada vez que entramos en la Red se nos abre un mundo de posibilidades infinito, que se construye con porciones de múltiples realidades, creadas por numerosas personalidades. Se mezclan todo tipo de intereses, obviamente también los económicos y los políticos, pero “flotan” en igualdad de condiciones con respecto a los demás. Sartori alerta de la saturación que puede llegar a provocar Internet “Corremos el riesgo de asfixiarnos en una exageración de la que nos defendemos con el rechazo; lo que nos deja entre la exageración y la nada. El exceso de bombardeo nos lleva a la atonía, a la anomia, al rechazo de la indigestión: y de este modo, todo termina, en concreto, en una nimiedad.”

De todos modos, hoy disponemos de la posibilidad de elección. Podemos utilizar la más potente de nuestras capacidades de raciocinio en la búsqueda de información: el contraste. La Red nos permite observar, comparar, analizar y construir opiniones basadas en múltiples fuentes de información que se generan partiendo desde la mente mas privilegiada hasta el individuo que se encuentra en el polo opuesto. Si superamos el peligro del exceso de información y volvemos a la palabra escrita, tendremos el poder de ser personas con menos posibilidades de ser manipulados. Individuos con capacidad de decisión basada en la razón y no en el engaño de la visión que muestra la televisión.

Vivimos inmersos en la era de la información y estamos más dispuestos que nunca para aprovechar esa ventaja. Internet te enseña a dudar, a analizar, a buscar y, la mayoría de las veces, a encontrar. No te creas nada sin contrastarlo, ni siquiera este mismo blog. Cree a los que buscan la verdad. Huye de los que aseguran haberla encontrado. Sobre todo si te lo dicen detrás de una pantalla de televisión.

Democracia tutelada versus democracia autonomista [1]

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona y La Otra Campaña constituyen una reacción y una propuesta antisistémicas frente a la crisis de las formas de representación de la democracia tutelada que propicia el capitalismo neoliberal, en la cual las izquierdas institucionalizadas: pierden toda capacidad contestataria y trasformadora; son incapaces de sustraerse a la lógica del poder capitalista, dada la efectividad de éste para cooptar a sus dirigentes; y asumen finalmente un papel de legitimación del sistema político basado en la desigualdad y la explotación capitalistas.Roberto Regalado señala al respecto:

“En América Latina no se produjo –ni se está produciendo- un proceso de democratización, ni una apertura de espacios a la reforma progresista del capitalismo, sino la imposición de un nuevo concepto de democracia, la democracia neoliberal, capaz de “tolerar” a gobiernos de izquierda, siempre que se comprometan a gobernar con políticas de derecha... De esta realidad se deriva que, tarde o temprano, el contenido popular y la “envoltura” capitalista de los procesos desarrollados hoy por la izquierda latinoamericana entrarán en una contradicción insostenible: sólo una transformación social revolucionaria, cualquiera que sean las formas de realizarla en el siglo XXI, resolverá los problemas de América Latina.” (“Reforma o revolución” en Rebelión, 9 de enero de 2006) [2]

 

Asimismo, las discusiones sostenidas en el VI Foro Social Mundial en Caracas, Venezuela, en enero de este año, acerca de los limites de los procesos de transformación revolucionaria en Brasil, Uruguay, Chile y Argentina, y eventualmente México, con la llegada al gobierno de partidos de esa izquierda institucionalizada, y los procesos concomitantes de corrupción de sus dirigentes, acatamiento de los dictados neoliberales, abandono de sus principios fundacionales y alejamiento de los movimientos de masas, hacen ver la necesidad de la búsqueda de un pensamiento renovado y libertario de la izquierda anticapitalista que se constituya en punto de partida para la construcción de un socialismo democrático.

Marcos Roitman señala que la democracia de partidos, finalmente definida por el Estado capitalista, se desvincula de la práctica y de los sujetos sociales y termina siendo un mero procedimiento de elección de elites, una “técnica” en la que puede haber alternancia pero no alternativas de cambio social. En este contexto, los partidos se convierten tarde o temprano en “ofertas” de gestión técnica del orden establecido, y esto lo entienden bien los zapatistas, por lo que buscan un marco de referencia distinto de la democracia a partir de su propia experiencia en la construcción de las autonomías, y la puesta en marcha de la Otra Campaña.

Así, la democracia autonomista se fundamenta en una construcción de poder y ciudadanía desde abajo; como una forma de vida cotidiana de control y ejercicio del poder de todos y todas desde el deber ser, esto es, con base en términos éticos. No es un medio o procedimiento de reproducción de estamentos burocráticos, sino un pacto social y político, un constituyente de todos los días que opera unitariamente, es decir, en todas las esferas y los órdenes de la vida. [3]

Por ello, el EZLN en su Sexta Declaración estableció con claridad su política de alianzas con organizaciones y movimientos no electorales que se definan, “en teoría y práctica, como de izquierda”, de acuerdo a condiciones que evidentemente no reúnen los partidos de la izquierda institucionalizada:

“No hacer acuerdos arriba para imponer abajo, sino hacer acuerdos para ir juntos a escuchar y a organizar la indignación; no levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quienes los hacen, sino tomar en cuenta siempre la opinión de quienes participan; no buscar regalitos, posiciones, ventajas, puestos públicos, del Poder o de quien aspira a él, sino ir más lejos de los calendarios electorales; no tratar de resolver desde arriba los problemas de nuestra Nación, sino construir DESDE ABAJO Y POR ABAJO una alternativa a la destrucción neoliberal, una alternativa de izquierda para México.”

 

Ya Isabel Maria Loureiro, en su libro Rosa Luxemburgo: los dilemas de la acción revolucionaria [4] , identifica el encuentro intergaláctico del verano de 1996, organizado por el EZLN en Chiapas, como la primera reunión de militantes de todo el mundo contra la globalización, en la que “quedó claro para la izquierda que un gran cambio táctico y estratégico estaba en curso”, a partir de una idea rectora:

“Para Rosa Luxemburgo, así como para los movimientos sociales de nuestra época, es la participación de los de abajo de la que proviene la esperanza de cambiar el mundo…No debemos esperar nada de hombres providenciales. Cualquier cambio radical, en el sentido de un proyecto emancipador, solo puede resultar de la presión social de abajo a arriba”. [5]

 

En esta dirección, destacan las aportaciones de Rosa Luxemburgo en su crítica a la concepción del partido jerarquizado y centralizado, del partido-vanguardia que Lenin y los bolcheviques pusieron en práctica, y se pronuncia a favor de la auto-emancipación de los trabajadores. Para ella “lo que importa es la transformación económica, política, cultural de la sociedad llevada a cabo por la acción (organizada y conciente, pero también espontánea, inconciente) de las masas populares.”

Así, la transformación socialista deja de ser pensada exclusivamente como un “día decisivo”, y pasa a ser un proceso que puede comenzar aquí y ahora, por el cambio en la correlación de fuerzas, en las estructura de poder y de propiedad, en la innovación institucional. [6] . El socialismo –señalaba Luxemburgo– no puede ser realizado por decretos ni es un cambio de gobierno llevada a cabo por una minoría, sino una trasformación radical de la antigua sociedad, en todos los planos, por la acción autónoma de las masas. Advirtió y critico los procesos de burocratización de la socialdemocracia partidaria y los sindicatos. En este sentido, Rosa Luxemburgo se opone a la idea del socialismo como estatización de los medios de producción sin control de los trabajadores, camino para una inevitable burocratización.

Con la revolución alemana en marcha, la democracia socialista pasa a significar concretamente, para Rosa Luxemburgo, un gobierno consejista. Los consejos, organismos de base electos por los obreros y soldados, de acuerdo al programa de la Liga Espartaco, serían la nueva forma de poder estatal para sustituir los órganos heredados de la dominación burguesa; democracia socialista significaba en aquel contexto el autogobierno de los productores.

Pensando en la experiencia zapatista y el establecimiento de sus municipios autónomos y las Juntas de Buen Gobierno, tan similares a los gobiernos consejistas, es significativo que Rosa Luxemburgo hizo una defensa de las culturas originarias indicando que ellas tienen mucho que enseñar por sus tendencias colectivistas, por una vida más armónica de su organización social.

De aquí surgen estos interrogantes: ¿De que forma las autonomías indígenas, que abren la puerta a una nueva forma de gobernar desde abajo, con la participación de todos y todas, sin intermediarios ni burocracias, pueden ser la base de transformaciones nacionales e internacionales? ¿Cuál podría ser la forma organizativa que asuma la resistencia mexicana (y latinoamericana) frente a la globalización capitalista, capaz de lograr en nuestra patria incluso un nuevo poder constituyente? ¿Cuáles pueden ser las características de un proyecto viable de desarrollo nacional y de inserción internacional equitativa en las actuales circunstancias de creciente subordinación del país a Estados Unidos? ¿Cómo enfrentar con éxito una elite política que mantiene secuestradas todas las instancias de representación nacional popular y cuyo único ofrecimiento real es la alternancia de partidos en esa representación?

El concepto de Autonomía, como la libertad de individuos, gobiernos, nacionalidades, pueblos y otras entidades de asumir sus intereses mediante normativas y poderes propios, opuestos en consecuencia a toda dependencia y subordinación, es fundamental para este debate político. Ya Pablo González Casanova en su artículo “La gran discusión” (La Jornada, 19 de agosto de 2005) contribuye a dilucidar los términos de la crítica al sistema de partidos y plantear la cuestión de fondo en la polémica generada por la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Se requiere construir “un movimiento democrático que cuente con la fuerza organizada de los ciudadanos y de los pueblos”, ya que lo primordial es:

La concientización y organización del poder de la ciudadanía y de las comunidades, etnias, pueblos, y de los trabajadores, empleados, maestros, estudiantes, técnicos, licenciados, doctores e intelectuales”; más aun, el único camino que “le queda a la humanidad para sobrevivir (es) organizar la fuerza y la conciencia de los pueblos de la Tierra, empezando ahora con los pueblos indios y “de allí pa’ lante” hasta encontrar a los otros en la confluencia de senderos de México, América Latina, Estados Unidos y el mundo”. (Ibid.)

 

Lo importante es analizar las fuerzas políticas en su comportamiento efectivo, las clases sociales que apoyan o rechazan determinados liderazgos, los grupos socioétnicos que resultan dominantes y subordinados, los intereses detrás de los discursos, las prácticas y los resultados de esas acciones. La autoadscripción a determinada posición política no es suficiente. Es necesaria la congruencia probada con algún criterio de realidad. Por ejemplo, cuando el zapatismo expresa sus críticas a los gobiernos de los partidos nacionales ya conocidos, su perspectiva está fundada en el establecimiento de las Juntas de Buen Gobierno y en su desempeño en cuanto a garantizar la participación y concientización de miles de personas en el mandar obedeciendo. Sus severos juicios a la clase política mexicana se compaginan también con el deterioro ético visible y comprobable de sus miembros, una participación ciudadana cada vez menor en los procesos electorales e incluso encuestas de opinión pública que colocan a los políticos profesionales en los ínfimos lugares de credibilidad y prestigio social.

Cuando se plantea la detracción del actual sistema de partidos es necesaria la reflexión sobre si éstos contribuyen a la construcción autonómica, o poseen una tendencia intrínseca a la formación de una ciudadanía heterónoma, esto es, que recibe del exterior las leyes que rigen su conducta, que llevan en su germen el clientelismo y el corporativismo, obstáculos insalvables de la autonomía.

La propuesta de la Sexta Declaración, en el otro polo equidistante, lleva a la integración de una entidad política anticapitalista que asume los intereses populares de los cuales proviene, los desposeídos y explotados; no delega su representación en otros ajenos a “sí mismos”; un ente que se rija por sus propias normas y no por las de un sistema político que no representa los intereses populares y nacionales.

En México es necesaria, como plantea la Sexta, la edificación desde abajo de una organización independiente del Estado y de su sistema de partidos. Que responda a sus propias necesidades y requerimientos; que escoja sus medios, espacios y tiempos para librar su resistencia contra el poder establecido; que lleve a cabo una campaña “muy distinta a las electorales”, que “ni se rinde ni se vende” y que “está dispuesta a luchar, entre todos los riesgos que implica, por la construcción de una fuerza de los pueblos y los ciudadanos organizados, pensantes y actuantes…” (Ibid.)

En esta dirección, Rosa Luxemburgo es fuente de inspiración de la Otra Campaña y de todo movimiento anticapitalista. Sin embargo, hoy más que nunca, no es posible ser anticapitalista si no se tiene una perspectiva socialista. El socialismo debe ser enarbolado como utopía, programa y propósito de cualquier acción política. Eso requiere de reconsiderar que fue lo que falló en las experiencias del socialismo real: a) La idea del partido vanguardia, más allá de la clase y el protagonista al que se delega toda iniciativa, participación y conducción. b) El establecimiento de una dictadura de partido de Estado que cierra todos los espacios democráticos, sin establecer mecanismos de participación y conducción de las grandes mayorías del pueblo en el ejercicio del gobierno. c) La toma del poder desde arriba y la implantación del socialismo por decreto, como la acción y decisión de un Estado versus la perspectiva de un proceso de abajo arriba y con la participación plena de las masas de trabajadores y productores. d).- Confundir la política nacional de un Estado como internacionalismo, privilegiando los intereses del mismo por sobre los intereses de los trabajadores de otros pueblos y del suyo propio.

También en este sentido, es conocida la critica luxemburguista a los bolcheviques por pretender instaurar el socialismo desde arriba y eliminando la democracia, misma que pasados los años es de una clarividencia extraordinaria: “Si la vida pública de los Estados de libertad limitada es tan mediocre, tan miserable, tan esquemática, tan infecunda, es justamente porque, excluida la democracia, se obstruye la fuente viva de toda riqueza y de todo progreso intelectual.”

El zapatismo otorga al factor ético un elemento esencial de la lucha anticapitalista, privilegiando la congruencia con los principios por sobre los intereses de cualquier tipo. El único capital político con que cuenta la izquierda es la ética y la defensa del interés general. El “para todos todo y para nosotros nada” debe ser observado en este contexto de exigencia con una conducta sin doble moral, dado que no existe un interés particular o de grupo que motive la acción política

BIBLIOGRAFÍA

María-José Aubet. Rosa Luxemburgo y la cuestión nacional. México: Editorial Anagrama, 1977.

 

Raya Dunayevkaya. Rosa Luxemburgo. La liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución. México: Fondo de Cultura Economica, 2005

 

Marcos Roitmann. El pensamiento sistémico, los orígenes del social-conformismo. México: Siglo XXI – UNAM, 2003).

 

Isabel Maria Loureiro. Rosa Luxemburg: os dilemas da ação revolucionaria. Brasil: Unesp, Fundação Perseu Abramo, Rls, 2003.

 

Roberto Regalado. “Reforma o revolución” en Rebelión, (9 de enero de 2006)

 

Claudio Katz “Los problemas del autonomismo”, Socialismo o Barbarie

 

Pablo González Casanova. “La gran discusión” (La Jornada, 19 de agosto de 2005)

 

José Luís Vázquez, “Rendición incondicional del Frente Amplio”. Rebelión. (10 de febrero de 2006)

 

Gilberto López y Rivas. “La izquierda en México: retos y perspectivas” en Cuauhtémoc Cárdenas (compilador). Por los caminos de la izquierda. México: Editorial Juan Pablos (2004)

 

Valeri Arcary. “Las ilusiones reformistas no mueren solas”. Rebelión. (11 de febrero de 2006)

 

José Luís Vázquez, “Rendición incondicional del Frente Amplio”. Rebelión. (10 de febrero de 2006)

 

Roberto Regalado. América Latina entre siglos. Dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda. Melbourne, Nueva York, La Habana: Ocean Press, 2006.

 


[1] ENCUENTRO DE TRABAJADORES INTELECTUALES CON LA OTRA CAMPAÑA: ¿OTRA TEORÍA?, Guadalajara, Jalisco, a 21 de marzo de 2006.

[2] Ver también: Roberto Regalado. América Latina entre siglos. Dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda. Melbourne, Nueva Cork, La Habana: Ocean Press, 2006.

[3] Marcos Roitman. El pensamiento sistémico, los orígenes del social-conformismo. México: Siglo XXI-UNAM, 2003).

 

[4] Isabel Maria Loureiro. Rosa Luxemburg: os dilemas da ação revolucionaria. Brasil: Unesp, Fundação Perseu Abramo, Rls, 2003.

[5] Isabel Maria Loureiro. Ob. cit., p. 37

[6] Ibíd. p. 18