Crisis económica, deflación y salarios

FUENTE

Artículo publicado en el número 355 del Periódico de la CNT

En los últimos meses se ha divulgado desde varios medios de comunicación, la posibilidad de entrar en un período de deflación, es decir, de que se den tasas de variación negativas del Índice de Precios al Consumo (IPC). Las consecuencias de este escenario pueden ser nefastas para la estabilidad de la economía española y puede agudizar más si cabe la crisis económica. Pero, ¿es siempre malo para los trabajadores que bajen los precios?

 

Definiciones

 

Para empezar es importante aclarar que sólo podemos hablar de deflación cuando la caída de precios es generalizada en la mayoría de productos y sectores económicos, y durante largos períodos de tiempo, contabilizada por los principales indicadores como el Indice de Precios al Consumo (IPC) e indicadores relacionados (Inflación subyacente, IPC Armonizado) o el Indice de Precios Industriales (IPRI). Asimismo es fundamental distinguir deflación de desinflación, puesto que la desinflación significa un crecimiento menor del IPC. Así pues la deflación es el fenómeno opuesto a la inflación. Por otra parte, es importante distinguir también una caída de los precios asociada a los incrementos de productividad, en un contexto de crecimiento económico, de una caída de precios en un contexto como el actual de crisis económica. En el primer caso podríamos hablar de “deflación positiva”, debido a que es posible que los precios bajen porque la cantidad de producto por unidad de trabajo aumenta mucho (un ejemplo claro lo tenemos en los sectores de las nuevas tecnologias), mientras que en el segundo se daría un fenómeno negativo, debido a que la caída de precios puede implicar el cierre de empresas, más paro, etc.

Causas

El fenómeno de la deflación aparece históricamente con la caída de la actividad económica. Efectivamente, en el ámbito productivo, los empresarios son quienes tienen en su mano marcar los precios y tienden a presionar los mismos al alza para tratar de obtener más beneficios, provocando el fenómeno de la inflación. De la misma forma cuando caen las ventas, bajan los precios moderando o sacrificando los beneficios, para continuar vendiendo sus servicios o colocar los stocks de productos. El ejemplo de la construcción de vivienda en España es paradigmático. En períodos de expansión como los años de 1985-1991 los precios de la vivienda incrementaron de media un 138%, posteriormente en el período 1992-1997 los precios bajaron un -24%, mientras que en el período 1997-2007 los precios volvieron a crecer un 118%. Es, pues, el ámbito productivo fundamental para entender la evolución de los precios. Ahora bien, la mayoría de períodos de caída de precios han venido precedidos por una sobrevaloración y especulación con los activos financieros o no financieros. Tomando de nuevo el caso de la vivienda en España, vemos cómo los precios de la vivienda habían crecido, entre otros motivos, por los grandes beneficios de contructoras, immobiliarias y bancos, así como porque una parte importante de las viviendas eran utilizadas como bien de especulación. Este desajuste es el que ha roto el sector, un desajuste entre un precio “teórico”, asumible para una demanda constante de vivienda para vivir, y un precio inflado debido a las sucesivas compra-ventas de vivienda destinadas a especular.

Tomando el caso del sistema financiero, que a la vez permite ver otra cara del funcionamiento del sistema capitalista, los valores de las bolsas han registrado en los últimos años crecimientos importantes en sus cotizaciones. Cuando por cualquier razón han sido espacios de inestabilidad para especular, las inversiones se han desplazado hacia otros ámbitos como la vivienda, los alimentos o el sector energético. Ha llegado un punto en que estas revalorizaciones no han encontrado en la economía real un sustento, provocando una caída salvaje y precipitada de precios que arrastra también dicha economía real.

Históricamente tenemos el ejemplo de una deflación importante en los años posteriores al crack de 1929, entre 1929 y 1933, donde los precios cayeron un 30%, el PIB retrocedió un 7% cada año y un 25% de la población activa acabó en el paro. Más recientemente ha habido una experiencia similar en Japón durante los años 90 pero con unas caídas menores, eso sí.

Previsiones

 

Si nos remitimos a los datos suministrados por los diferentes organismos económicos, vemos que en los últimos meses la mayoría de países ricos y llamados emergentes han experimentado caídas en los precios. Las caídas más espectaculares han tenido lugar en los sectores de la energía, por la caída del precio del petróleo y de la construcción de vivienda, debido al pinchazo de las burbujas inmobiliarias. Ahora bien, no podemos hablar de deflación si no se da el fenómeno de la caída de los precios en el conjunto de la economía, y ésta se prolonga durante varios períodos (al menos dos trimestres según el FMI). Si bien las diferentes previsiones económicas de los organismos públicos o privados no prevén que entremos en deflación, sí que pronostican una caída de los precios para los próximos meses que puede desembocar en esta situación. Los últimos datos para España, según el INE, son de un crecimiento general de los precios del 2% en diciembre, el 0’8% en enero y el 0’7% en febrero de 2009. Vemos, pues, que se ha dado una desaceleración del crecimiento general de los precios en los últimos meses. En cambio la inflación subyacente, que excluye el petróleo y los alimentos frescos, registra una subida interanual del 2% en febrero.

Consecuencias: deflación y trabajadores

Si intentamos explicar las consecuencias de la deflación con una simple analogía podríamos tomar la misma como “correr hacia atrás cuesta abajo”. El sistema capitalista se basa en la acumulación de capital, en la explotación para obtener beneficios y en un incremento constante de la producción y de los precios: esto es correr hacia adelante cuesta arriba. Sabemos que correr hacia atrás cuesta abajo no es lo normal, es francamente difícil y puede provocarnos una caída, que a su vez nos hará perder el control de adónde podemos ir a parar. Una situación de deflación va, por tanto, contra la lógica normal del sistema capitalista y provoca muchas dificultades para gestionar una caída constante de la actividad económica y de los precios, pues implica una caída aún mayor de los beneficios, que hará que la inversión se reduzca en mayor medida provocando a su vez un incremento enorme del paro, etc.  Para los empresarios, las expectativas de que los precios sigan cayendo desincentiva el gasto en inversiones y hace que se deprima aún más la economía. La deflación, una vez empieza, tiende a retroalimentarse. En el ámbito financiero implica que las deudas que tengan empresas y trabajadores con los bancos serán cada vez mayores y al revés, quienes hayan prestado el dinero, obtendrán un beneficio mayor si el tipo de interés es superior al crecimiento de los precios, hecho que va a ser siempre así porque los tipos de interés nunca serán negativos. La política económica, en este caso a manos del Estado, encuentra también dificultades para estabilizar la situación: es difícil hacer intervenciones para incrementar e incentivar el gasto y ayudar a la recuperación económica en estos procesos. De entrada, parece que sólo queda como instrumento la política monetaria (bajar tipos de interés, incrementar la emisión de dinero, etc), que está controlada por el Banco Central Europeo y que tendrá en cuenta la situación económica de todos los países, y sobre todo de los que tienen más peso en Europa como Francia y Alemania, perjudicando de rebote a aquellos otros para quienes sus actuaciones puedan resultar lesivas, como puede ser el caso de España.

Si la situación económica puede empeorar con un episodio de deflación, el impacto sobre los trabajadores va a depender de su capacidad para resistir estos embates. En los últimos años la clase trabajadora en España ha visto reducido su poder adquisitivo al ser congelado el salario real mientras los beneficios crecían de forma insultante (un 73% de 1999 a 2006 según la OCDE). Una situación de deflación puede favorecer la recuperación de ese poder adquisitivo si se mantienen los salarios y bajan suficientemente los precios. Este hecho ya está generando tensiones a la hora de negociar los salarios en el marco del Acuerdo de Negociación Colectiva (ANC), pues la patronal no está dispuesta a ceder en este punto. Mención aparte merece el incremento del paro y la cantidad de trabajadores que no cobrarán ningún salario si esta situación se prolonga. En este sentido es importante que tampoco se rebajen los incrementos de las pensiones y los subsidios de paro porque les estaremos dando a ganar de nuevo a la patronal y al Estado. Como aspecto negativo tenemos el espectacular endeudamiento de las familias (un 143% sobre la renta disponible), marcado principalmente por las deudas hipotecarias, que en una situación de deflación va a provocar que la deuda sea mayor en términos reales. Por ello es importante que los salarios continúen subiendo aunque sea poco, para poder compensar y amortizar antes la deuda impuesta por la patronal bancaria. En este sentido, una iniciativa a tener en cuenta sería la de que los trabajadores (organizados o no) reivindiquen, en caso de que la inflación sea baja e incluso haya períodos de inflación negativa, mientras éstos duren, que las subidas salariales estén por encima de los tipos de interés, pues éstos nunca pueden ser negativos, como hemos dicho anteriormente. Es fundamental, pues, ser conscientes de la necesidad de plantar cara a la crisis y de no retroceder ni un milímetro porque cuando la economía va bien perdemos, y cuando va mal nos toca cargar con el ajuste.

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