El relato de los héroes del 23-F y los sucesos escondidos

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El relato del 23-F como el relato de la Transición ha sido conformado de una forma monolítica, un proceso histórico que jamás ha sido rebatido debido al consenso generalizado sobre los puntos claves que conforman dichos relatos. Ambas historias se basan en una serie de héroes salvadores de la democracia que cedieron a sus intereses por el bien mayoritario. Unas actitudes propias de hombres de Estado comprometidos en un contexto el que casi todos los actores sociales actuaron con amplitud de miras ante los enemigos de la democracia. Actitud generalizada en la Transición, según el relato mayoritario, y ahora desconocida en la política actual. Un relato que eleva a categoría de héroes a personajes por actitudes concretas sin considerar el contexto y los puntos negros que toda historia tiene y que, convenientemente, han sido ocultados o no puestos en valor.

El relato del 23-F sirvió para consolidar la imagen del rey Juan Carlos, al considerarlo desde todos los ámbitos el salvador de la democracia con su actitud aquella noche de febrero del año 1981. Todas las dudas o errores que cometió durante esas fechas, y las previas, fueron completamente escondidos o minusvalorados para instaurar el relato preferente que ha servido a la monarquía durante 30 años. Algo que también sucedió con todos los actores políticos y sociales que durante los días previos al 23-F conspiraron para instaurar un gobierno de concentración al margen de las urnas, y que posteriormente ganaron las elecciones y ocuparon cargos de responsabilidad.

Los puntos negros del 23-F son aquellos elementos que fueron olvidados en el relato mayoritario e institucional, y que, si bien no significan una implicación de los actores directa en el golpe de Estado, sí señalan una irresponsabilidad política, unas maniobras completamente antidemocráticas o sombras sobre una actuación que trascienden el relato conocido del 23-F.

La reunión del PSOE con Alfonso Armada.

Durante las fechas previas y debido a la inestabilidad de la presidencia de Adolfo Suárez y la poca confianza que había en el gobierno de UCD por parte de todos los actores políticos y sociales, hubo multitud de maniobras que buscaban un cambio institucional, la mayoría de las veces al margen de la legalidad constitucional y de carácter antidemocrático. Javier Cercas, en Anatomía de un instante, narra uno de los sucesos menos conocidos por la historiografía y el relato mayoritario del 23-F: las maniobras del PSOE para conseguir el poder explorando vías completamente antidemocráticas.

En mayo de 1980, Felipe González y el PSOE presentan una moción de censura que no logra su objetivo, pero supone un empujón de popularidad para el líder de este partido. Cercas narra que, a pesar del importante impulso propagandístico que supuso la moción de censura para la imagen de Felipe González, el fracaso del intento de conseguir el poder por las vías constitucionales acaba frustrando al líder de la socialista. Es por ello que empiezan a manejar otras alternativas, torciendo los límites de la democracia recién instaurada y celebrando una serie de reuniones con miembros de diversa índole que finalmente sirvieron a los intereses de los golpistas.

Durante los meses posteriores a la moción de censura en las esferas políticas, se habla de golpe de Estado, gobiernos de concentración, coaliciones y gobiernos de salvación. Esta situación lleva al PSOE y a Felipe González a realizar una serie de reuniones con dos personajes muy presentes en los sucesos del 23-F, Sabino Fernández Campos, secretario del rey, y Alfonso Armada, alejado de la escena política madrileña en su cargo de gobernador militar en Lleida (personaje que siempre sonó y seguirá sonando hasta el artículo de Emilio Romero en ABC días antes del golpe como el presidente de ese gobierno de concentración).

La reunión con Armada se celebró el 22 de octubre de 1980 en la casa del alcalde de Lleida, y en ella participaron Antonio Siurana, alcalde de Lleida; Joan Raventós, presidente del PSC; y Enrique Múgica Herzog, número 3 del PSOE y antiguo presidente de la comisión de Defensa en el Congreso. El expresidente Leopoldo Calvo Sotelo ofreció este relato de los hechos, que, según él, le explicó Enrique Múgica en una comida en un conocido restaurante madrileño.

Al hablar de la idea del gobierno de concentración expuesta por Armada a sus contertulios y preguntar sobre quién debería dirigirlo, Raventós, le espetó un sonoro: “¿Quién va a presidirlo? ¡Pues tú!”. Cercas en este punto no es tan taxativo y sólo expone que Raventós preguntó a Armada si estaría dispuesto a presidir ese gobierno de concentración, a lo que Armada no se negó.

Esta conversación se produjo en un contexto en el que Múgica y Armada convinieron que Adolfo Suárez era el responsable de todos los problemas que se estaban produciendo en España y que debía salir del Gobierno de forma inmediata. Armada mostró la preocupación que el rey tenía por la situación del país. Múgica, según Javier Cercas en Anatomía de un instante, elevó un informe de esta reunión ante el Comité Ejecutivo del partido que llevó a varios miembros de ese órgano del PSOE a sondear el interés del resto de formaciones participar en un gobierno de concentración presidido por un militar.

La reunión obligó a Enrique Múgica, Joan Raventós y Antonio Siurana a declarar en el macrojuicio del 23-F. Según lo narrado en la prensa del momento, “los tres llamados a declarar negaron que en aquel almuerzo, en el que también estuvo presente el general Alfonso Armada, se hablara de la posibilidad de que los socialistas participaran en un hipotético Gobierno de coalición presidido por un militar”.

Portada 23F ABC

La extraña concesión del rey a Armada.

Existen dos circunstancias que es preciso explicar para comprender que el rey tenía que saber necesariamente que Alfonso Armada estaba implicado de una u otra forma en el golpe de Estado.

El 12 de noviembre de 1980, el general Armada y el rey mantuvieron una reunión en el refugio La Pleta, en el Valle de Arán. Ese día, el rey Juan Carlos I manifestó su preocupación sobre la situación del país, el gobierno de Suárez y el grado de satisfacción del Ejército. El diagnóstico fue convenientemente exagerado por Armada, lo que propició que el rey le mandara informarle sobre la situación y el malestar de los generales sobre la situación política en España. Javier Cercas alude a que es muy probable que en esa conversación surgiese la idea de un gobierno de concentración presidido por un militar.

Quince minutos después de la intrusión de Tejero y los guardias civiles en el Congreso, el general Juste, al mando de la división acorazada Brunete, encargada de tomar Madrid, llamó a la Zarzuela y habló con Sabino Fernández Campo para preguntarle si ya estaba Armada en Zarzuela, una prueba que el general Juste necesitaba para saber que el golpe contaba con el apoyo del monarca y entonces dar vía libre a su acorazada. Sabino Fernández Campo contestó con la famosa frase “Ni está, ni se le espera”, consciente al expresarse de tal modo de la implicación que tenía Armada en la asonada de una u otra forma.

Estos dos sucesos no dejan lugar a dudas de que en Casa Real se tenía constancia, o al menos unas sospechas muy fundadas, de que el Alfonso Armada tenía una responsabilidad en el golpe de Estado. Según Cercas, el relato de las negociaciones con Armada y el rey durante el 23-F es el siguiente.

Durante la noche del 23F, Jaime Milans de Bosch habla con Armada por teléfono. Los oficiales del Estado Mayor se encuentran en el Palacio de Buenavista junto a Armada y asisten atentos a la conversación. Milans y Armada acuerdan la solución del Gobierno de concentración presidido por Armada, al que dan el visto bueno los oficiales y generales allí presentes. Acuerdan que Armada debe ir con consentimiento del rey al Congreso con la propuesta.

Armada llama entonces a la Casa Real y habla con el rey. Tras presentarle al monarca la situación de forma catastrófica, incluyendo el peligro de una guerra civil, le presenta la solución que ha hablado con Milans y que cuenta con la aprobación de los Capitanes Generales y el Estado Mayor. La propuesta que Armada le presenta al rey es la misma que hablaron en la reunión de noviembre en el Valle de Arán. El rey no contesta y le pasa el teléfono a Sabino Fernández Campo. Se produce una larga conversación en la que Armada le dice a Fernández Campo que su propuesta recibirá el apoyo hasta de los socialistas (la reunión de Lleida). Finalmente, en esa primera conversación se le niega a Armada el permiso para acudir al Congreso. Minutos más tarde, la conversación se repite y es en ese momento cuando el rey hace una extraña concesión a Armada.

La Casa Real era consciente de la implicación, en menor o en mayor medida, del general Alfonso Armada en el levantamiento por lo anteriormente expuesto. A pesar de ello, el rey y Sabino Fernández Campo conceden permiso a Armada, dejándole claro que no diga que van de su parte, para que proponga ese gobierno de concentración presidido por el general y así dar la posibilidad de que el golpe de Estado acabe triunfando con un gobierno antidemocrático por el que llevaban conspirando durante las fechas previas todos los actores políticos y militares.

Es sólo tras el permiso de la Casa Real cuando Armada acude al Congreso y le expone a Tejero, en una sala cercana al hemiciclo, la idea de formar un Gobierno de concentración presidido por él mismo, y le avanza la composición de los miembros de dicho gobierno. Tejero le niega la entrada y el golpe de Estado finaliza sin que se hagan efectivos los planes de Armada y todos sus valedores.

La confluencia de múltiples factores y sucesos en torno a Armada dejan muchos puntos oscuros en el relato del 23-F. No había actor político, periodístico o militar que no supiera la importancia de Armada en un previsible gobierno de concentración que casi todos aprobaban. El artículo de Emilio Romero en ABC días antes del golpe, y que sirvió de señal para la asonada, mostraba a Armada como el hombre preciso para el golpe de timón, que todos aceptarían.

Tertulias de Madrid Emilio Romero

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