La independencia, ¿proyecto de izquierdas o de derechas? (4/4)

Andrés Herrero
Asturbulla, 21-11-2013
Las bondades de los nacionalismos son la antítesis del espíritu solidario, la soberanía reside en los mercados, no en los ciudadanos, solo la capacidad de entendernos nos librará de ellos

 

4- Independencia nacionalista y de clase

Produce tristeza escuchar a una persona tan solvente, ecuánime y rigurosa como el profesor Vicenç Navarro apuntar como causas del conflicto independentista «al diseño radial de España, en el que todo parte y termina en Madrid, y que se refleja en que ir de Barcelona a Madrid lleva 2 ½ horas por tren mientras que ir de Barcelona a Bilbao (que es la misma distancia) cuesta 6 horas, o que se considere normal que todas las instituciones del Estado español estén radicadas en Madrid», cuando todas las ciudades catalanas están unidas por autopista y Ave y sus ciudadanos pueden ir de Barcelona a Bilbao por vía rápida sin abandonarla en ningún momento… cosa que no sucede con la mayoría de ciudades españolas, porque…¿cuánto se tarda en ir de Zamora a Orense o a Teruel, o desde Cuenca  a Soria?… ¿acaso vale menos Zamora que Gerona?…  ¿y el Eje Mediterráneo y la Y vasca también son centralistas?… Basta echar una ojeada a cualquier rincón del país para comprobar que quienes tienen motivos sobrados para protestar por el diseño radial del país son el resto de ciudadanos, y no precisamente los de Cataluña que cuentan con las mejores comunicaciones. Como tampoco conozco nación alguna en que todas sus ciudades estén unidas directamente entre sí, y no sea la capital la que concentre las sedes de las principales instituciones. El gobierno catalán centraliza las suyas en Barcelona, como hace Madrid con las del estado, y ambas metrópolis están siempre disputándoselas, mientras el resto de ciudades se queda sin nada.

No, mire, el problema real es otro. Lo que no puede ser es que una carrera universitaria en Cataluña cueste el doble que en Andalucía, que la medicina pública en esta última comunidad cubra el cambio de sexo y en otras no, que los servicios, los salarios de los funcionarios, las tasas y tributos cedidos sean distintos en cada rincón de la geografía española, que tengamos una duplicación de funciones elevada a la decimoséptima potencia, 17 gobiernos, 17 parlamentos, 17 defensores del pueblo, cientos de embajadas, televisiones y empresas autonómicas, decenas de miles de paniaguados colocados a dedo, que las compras de material médico y otras no se centralicen para abaratar costes haciendo economías de escala, etc. Las autonomías han obrado el milagro de multiplicar los cargos y los jefes, levantando una estructura ruinosa e impagable para un país de la dimensión del nuestro. Por todas partes el autogobierno ha derivado en mamoneo, excepto en el País Vasco donde ETA lo frenaba y servía de contrapeso. El mal está ahí, en el disparate autonómico, en haber resucitado los reinos medievales de taifas, fomentando la disgregación, el ombliguismo y el despilfarro, vendiéndonos ese retorno al pasado como un progreso.

Y CIU no puede desmarcarse del zafarrancho general porque ha sido cómplice, árbitro y corresponsable de las políticas de González, Aznar y Zapatero que si han logrado gobernar y sacar sus leyes adelante ha sido gracias a que ellos les prestaban sus votos… ¿y en qué se ha diferenciado la política catalana de CIU de la suya?… Absolutamente en nada. Si los demás españoles hemos disfrutado de un socialismo que de tal solo tenía el nombre (PSOE), los gobernantes de Cataluña han hecho, en cuanto a mala gestión, nepotismo, corrupción, amiguismo, desmanes urbanísticos, pelotazos y abusos, lo mismo a nivel doméstico, solo que en catalán. La política catalana no ha sido mejor que la española, y los que dicen “esta España no me gusta”, con idéntico fundamento podrían decir “esta Cataluña no me gusta”, pero resulta más cómodo buscar culpables fuera que limpiar la porquería en casa. El que esa comunidad haya estado gobernada ininterrumpidamente durante 23 años por un banquero con mayoría absoluta, es algo que imprime carácter y no sale gratis.

Manifiesta el presidente Artur Más que los catalanes quieren “emanciparse” de España. Bien, de España puede ser, pero de las multinacionales ni por asomo. La vergonzosa puja de Cataluña con Madrid por Eurovegas, indica lo poco que se diferencia esa comunidad del resto y lo que vale su soberanía. Hasta Mas Collel, consejero de economía del gobierno catalán, ha reconocido que: «Estoy dispuesto a ceder mucha más soberanía a Bruselas que a Madrid… conozco Europa muy bien y sé que respetan la diversidad… que mi identidad y mi manera de ser no estarán nunca en cuestión, pero no puedo decir lo mismo del gobierno español». Pero aunque atribuya al “respeto” su generosa cesión de soberanía, la razón es de nuevo económica, no identitaria: sin España, Cataluña se las podría apañar mejor o peor, pero sin Europa no; fuera del euro “ser catalán” sería inviable, imposible. No es que Europa respete a Cataluña más que España, sino que Cataluña respeta a Europa más que a España, porque sin ella estaría perdida. Hasta el extremo de que si la población catalana nacionalista llega a la conclusión de que la independencia resulta perjudicial económicamente para ella, será la primera en abandonarla, aparcándola sine die.

Recientemente, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), socio de gobierno de CIU, se solidarizó con los habitantes de Gibraltar condenando el “acoso” a que somete a su “pueblo” el estado español (siempre el malo de la película), apoyando su derecho de autodeterminación. Nada puede ser más democrático que conquistar un territorio por la fuerza y que luego los okupas “voten libremente” su futuro. Solidaridad de boquilla que se terminó en cuanto una diputada conservadora inglesa propuso efectuar un boicot turístico contra España como represalia por los controles en la frontera, y ERC saltó como un resorte porque eso afectaría a Cataluña.

No es la primera vez que actúa así. En 2004, Carod Rovira, conseller en cap de la Generalitat y líder de ERC, se entrevistó en secreto con la dirección de ETA para que atentara y matara fuera de Cataluña, aduciendo al ser descubierto que lo único que había hecho había sido «dialogar por la paz», creyendo sin duda de buena fe que ayudarle a seleccionar las víctimas constituía una labor humanitaria.1  Más de izquierdas no se puede ser, ni tener un corazón partío más grande, escindido entre su amor a Cataluña y al resto de la humanidad.

Seguramente la misma zozobra que asaltó a su correligionario Heribert Barrera, secretario general de ERC y presidente del parlamento catalán, cuando en 1981 se produjo el golpe de Estado del 23 F, y que resolvió sentenciando lapidariamente que «antes hay que salvar a Cataluña que a la democracia», porque en patriotas de su talla, cabe de todo, hasta el fascismo.

La independencia de Cataluña constituye tan solo la primera etapa de un plan mucho más ambicioso del nacionalismo, que en una segunda fase pretende anexionarse Baleares, Valencia y zonas limítrofes de Aragón (la España rica), para lo que ya va dando pasos, porque el tamaño importa. Reeditar de nuevo la Corona de Aragón, pero esta vez liderada por Cataluña.  Entienden por “catalanizar” España, quedarse el mejor trozo de ella, única forma de no sentirse “ahogados”. España se puede trocear tantas veces como haga falta, pero Cataluña no… ¿por qué?…  ¿por qué lo que vale para una, no sirve para la otra?, ¿por qué una región puede separarse y una provincia no?, ¿quién ha decretado que sea así?

Cuando los nacionalistas catalanes invocan el derecho de autodeterminación, lo que en realidad están reivindicando es su derecho a autoexcluirse arrastrando consigo a los que no piensan como ellos, pero negándoles el derecho a hacer lo mismo; posición insostenible porque en democracia todos han de tener los mismos derechos, deberes y libertades. Pero a falta de base, bienvenidos sean los inventos: conquista, saqueo, persecución,  opresión…  lo que haga falta. Por falta de imaginación que no quede. La ruta al paraíso está sembrada de falsas promesas e intoxicaciones sin cuento. Y el diálogo no puede resolver el conflicto, porque si algo no se puede negociar son los sentimientos de cada cual, que absolutamente libres y respetables en la esfera privada, dejan de serlo en cuanto se proyectan al ámbito público. Una persona nacida en la India se puede sentir tan inglés como quiera dentro de su piel, si ese es su gusto, y no pasa nada. Está en su derecho y nadie se lo discute, aunque lo ideal sería que cada ser humano pudiera elegir libremente a qué país pertenecer en cada momento, cambiándolo tantas veces como le apeteciera, solo por probar distintas experiencias.

Reconozco que mi corta vista no me permite apreciar las diferencias entre un trabajador catalán y uno de otra región, igual que tampoco consigo comprender porque hay que sentirse más orgulloso de ser inglés que japonés o francés, de haber nacido aquí en vez de allá, cuando se trata de circunstancias ajenas a nuestra voluntad de las que no somos responsables ni concurre mérito alguno en ellas. Y como no veo que multiplicar el número de estados arregle las cosas ni mejore en nada la situación de la gente, si mañana un país más pobre, pero próximo a nosotros como Portugal, solicitase su adhesión, conservando su lengua y cultura, lo acogería encantado aunque hubiera que realizar un esfuerzo suplementario, porque de lo que se trata es de sumar, no de fragmentar y excluir.

El color de la bandera no mejora la causa. Las bondades de los nacionalismos se me escapan: representan la antítesis del espíritu solidario, la forma más baja y primaria de egoísmo colectivo, enrocado en la defensa de intereses tribales, no generales. Todos, sean del signo que sean, se aprovechan de los vínculos grupales, de los sentimientos legítimos de apego a la tierra, a las raíces, lugares, personas y costumbres que nos resultan familiares, para sembrar la discordia y, en los casos extremos, arrastrarnos a la guerra. Todas las patrias nacionalistas son chicas, de vía estrecha y aforo limitado.

Quienes roban, no a Cataluña,  sino a todos, son las oligarquías que manejan este sistema corrupto y depredador en su beneficio, y no necesitan más pasaporte ni bandera que su dinero. El país de los ricos será siempre independiente del de los pobres, y las fronteras trazadas entre ellos socioeconómicas, no geográficas: las mismas que separan a los ocupantes de un lujoso yate de los de una patera. Arriba o abajo, no el origen, es lo que determina su suerte.

Si malo es que te engañen, peor es autoengañarse.  El cambio de sociedad o la consulta a la ciudadanía constituyen señuelos para conseguir la independencia. Y después más de lo mismo. Como la economía manda sobre la política, constituye un sinsentido que en un mundo globalizado en el que las empresas cada vez se tornan más monstruosas, las naciones se enanicen, pretendiendo oponer su minúsculo poder local al multinacional. La ikurriña, la señera o la rojigualda no liberarán a nadie. El problema de Cataluña no es España, ni la identidad catalana o vasca es incompatible con la española, ni obviamente con la europea, sino que todas ellas se suman, se enriquecen y complementan entre sí. El problema de catalanes y vascos se llama capitalismo, no España, China o África. La soberanía reside en los mercados, no en los ciudadanos, por lo que no serán los nacionalismos, sino al contrario, la capacidad de entendernos, de superar diferencias y aunar fuerzas, la que nos librará de ellos.

Que conste que a independizarnos del capital y de la troika (el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea), yo me apunto. Estoy totalmente a favor del derecho a decidir si queremos socialismo o capitalismo, desigualdad, pobreza y precariedad como hasta ahora, o reparto de la riqueza para que todos podamos vivir dignamente. Para eliminar la monarquía, el senado, las diputaciones, replantear a fondo el sistema autonómico, elaborar una nueva ley electoral, suprimir los privilegios de los políticos y revocarlos durante su mandato, acometer la separación efectiva de poderes, recuperar la justicia, garantizar la sanidad la educación y la vivienda, eliminar las prerrogativas de la iglesia, nacionalizar la banca y los sectores fundamentales de la economía (energía, agua, telecomunicaciones), establecer la obligación de someter a referéndum las leyes importantes y asumir la iniciativa legislativa popular, lo único que se necesita es decidir entre todos que modelo de sociedad queremos. Nada más. No se necesita más independencia para eso, sino tan solo la voluntad de hacerlo.

Personalmente no creo en estados, partidos ni naciones, me considero antes ciudadano del mundo que español, y aunque me guste más la tortilla de patata que el rollito de primavera, disfrute más del clima mediterráneo que del de Pekín y me sienta más afín a la cultura española que a la japonesa, lo que pienso y por lo que lucho aquí, lo defendería igual allí. No depende del lugar, porque es universal. Y todos sabemos que debajo de nuestras diversas apariencias de ropa, idioma, religión y costumbres, late el mismo corazón y necesidades.

La única nación verdadera es la clase y no podemos hacer la revolución portando cada uno nuestra banderita y silbando la provincial.

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1   Carod Rovira se entrevistó con Josu Ternera y Mikel Antza en Perpignan, 27 de enero de 2004, http://www.elmundo.es/elmundo/2004/01/27/espana/1075178742.html

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