La independencia, ¿proyecto de izquierdas o de derechas? (1/4)

Andrés Herrero
Asturbulla, 09-11-2013
El nuevo enemigo de los trabajadores ya no es el capital, sino la geografía; no el paro sino los españoles

‛El separatismo’ es una trampa burguesa que solo busca conseguir la ‛autodeterminación’ de las clases dirigentes.

Rosa Luxemburgo

 

Los mayores desastres de la humanidad se deben a la propensión a identificarse con una tribu, nación, iglesia o causa, y abrazar ese credo sin asomo de crítica y con entusiasmo ciego, incluso si sus artículos de fe son opuestos a la razón, al propio interés y conservación. Los crímenes individuales por motivos egoístas representan un porcentaje insignificante frente a las muchedumbres sacrificadas en orgías de lealtad. La tragedia del hombre estriba no en su exceso de agresividad, sino en su sobreabundancia de devoción fanática.

Arthur Kloester

1 – Antecedentes históricos 

El independentismo se ha convertido en España en la causa común que une a derecha e izquierda y borra cualquier diferencia entre ellas. Como todo lo hace bueno y todos los intereses tienen cabida en él, cada cual puede pintarlo del color de sus sueños.

La derecha se plantea la independencia como negocio, buscando obtener un beneficio material… ¿pero la izquierda que espera conseguir con ella?, ¿un beneficio espiritual?, ¿hacer del nacionalismo una alternativa al capitalismo?, ¿o cree realmente qué cuanto más divididos más solidarios, y que lo mejor es separarse, para que del enfrentamiento mutuo surjan unas relaciones más cordiales, estrechas y amigables?  

El nuevo enemigo de los trabajadores ya no es el capital, sino la geografía; no el paro sino los españoles. Levantar barreras y fronteras se ha convertido en la fórmula idónea para erradicar desigualdades y repartir mejor la riqueza. Mano de santo. La derecha ha conseguido que una operación política genuinamente suya, la independencia, la izquierda la asuma como propia, hasta el punto que para ser de izquierdas hoy día en España, se necesita ser independentista, o si no, no te dan el carnet. Y pobre del que se atreve a discrepar, porque tiene que remar a contracorriente y se le señala como un bicho raro, tachándole de españolista, centralista, seudoizquierdista, facha, cavernícola y lo que se tercie. El sentimiento patriótico ha sustituido al de clase, y el nacionalismo se ha convertido en la nueva seña de identidad de la izquierda ibérica. Tanto se ha contagiado de los valores capitalistas que, como siga poniendo el énfasis en el nacionalismo más que en el socialismo, a poco que se descuide, terminará cayendo en el nacionalsocialismo.

Pero si el modelo de sociedad que defiende la izquierda es el mismo en todas partes, ¿por qué formar corro aparte?, ¿por qué  no podemos ser de diferentes equipos y jugar en la misma liga?

A separarse se le llama ahora robustecer lazos. Debemos recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido conviviendo juntos. Que durante más de cuatro siglos los catalanes no se hayan enterado de que estaban siendo colonizados, oprimidos y explotados por el resto del país, resulta asombroso, increíble. Tan sorprendente como que hayan conseguido un nivel de vida más elevado que sus supuestos “verdugos”. Para flipar oiga.

La historia no manipulada nos enseña que tras la caída del reino visigodo, los cath-alanes, refugiados visigodos huidos de la invasión árabe, atravesaron los Pirineos y se refugiaron en la Marca de Gothia (Rosellón). Cuando los galos lograron frenar el avance de los musulmanes, Carlomagno, con los territorios que les había arrebatado, constituyó la Marca Hispánica, dividiéndola en condados, a cuyo frente puso a nobles franceses. 2

 

 

En 1137 el condado de Barcelona, feudo vasallo del rey de Francia, se integró voluntariamente en el Reino soberano de Aragón cuando el conde Ramón Berenguer IV se casó con Petronila la hija del rey Ramiro I de Aragón, pasando a ejercer la regencia del mismo en calidad de príncipe consorte (ya que las mujeres según la ley sálica aragonesa no podían gobernar), siendo su esposa la titular de la corona y la encargada de transmitir los derechos dinásticos a su hijo Alfonso II de Aragón, al igual que sucedió con el hermano mayor de Ramón Berenguer IV, que heredó el condado de Provenza, junto con el título de Dux Cathalanicum, de su madre la Duquesa de Gothia.

No hubo nunca un Reino Catalán y sí una Corona de Aragón cuyo soberano y cabeza de la misma, por su mayor rango, fue el rey de Aragón, aunque los diferentes territorios bajo su dominio continuaron manteniendo sus usos, instituciones, formas de funcionamiento, lengua y moneda propias. Los fueros recogían los privilegios otorgados por el rey a la nobleza y clero, y las cortes dominadas por ellos establecían los tributos a pagar, cantidad de soldados a aportar para la guerra, capacidad para impartir justicia, designar cargos locales, etc. El monarca Jaime I firmaba así sus edictos: «Nos Jaime, por la gracia de Dios, rey de Aragón, de Valencia, de Mallorca, conde de Barcelona y señor de Montpellier…», ya que Cataluña era una posesión más de las que componían la Corona de Aragón, y todas las conquistas se efectuaban en nombre del Rey de Aragón, ya que de haberse hecho por cuenta del condado de Barcelona habrían pasado a depender jerárquicamente del Rey de Francia del que éste seguía siendo vasallo; situación que se mantuvo hasta el año 1258, en que por el Tratado de Corbeil, firmado entre ambos monarcas, se transfirió su jurisdicción al rey de Aragón. Si consideramos como nación a una población vinculada a un estado soberano con plena capacidad de obrar, Cataluña nunca lo fue, sino que constituía una pieza más del entramado de la Corona, que pesaba mucho ciertamente, pero no era la decisoria.

En 1287 el Rey Alfonso III se vio obligado a aceptar las reivindicaciones que le planteaban los nobles de Aragón firmando con ellos el Privilegio de la Unión, acordando que si incumplía lo pactado, podrían negarle obediencia y elegir libremente otro monarca, lo que le llevó a manifestar amargamente que «había en Aragón tantos reyes como ricoshombres». No en vano «en Aragón antes hubo leyes que reyes», y el juramento ritual para acceder al trono rezaba así: «Nos, que valemos tanto como Vos, y juntos podemos más que Vos, os declaramos nuestro rey y señor, siempre que guardéis nuestros derechos y libertades, y si no, no»; limitación del poder real que más tarde se haría extensiva a otros territorios. Para preservar la integridad de la Corona de Aragón y no debilitarla, Jaime II proclamó en 1319 la unión indisoluble de los reinos de Aragón y Valencia con el condado de Barcelona.

La España moderna inició su andadura en 1469 con la unión del Reino de Castilla y el de Aragón  a través del matrimonio de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Los territorios conquistados en América le permitieron convertirse en el primer imperio global. Pero en 1638 los franceses atacaron las fronteras españolas por Fuenterrabía, y tropas de todos los rincones peninsulares acudieron en su ayuda, excepto los catalanes. Por eso, cuando los franceses invadieron Cataluña, pocos se alistaron en defensa de su territorio y hubo que recurrir a mercenarios. «Cataluña es una provincia como no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella. Si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros; se ha de traer ejército de fuera y se lo ha de sustentar», se lamentaba el Conde Duque de Olivares de su falta de colaboración. 3

A causa de los abusos de los tercios, los segadores y campesinos catalanes se sublevaron en Barcelona en 1640, para dirigir a continuación sus iras contra la nobleza y ricos catalanes que, al verse desbordados por esa violenta revolución social, pactaron la unión de Cataluña a Francia a cambio de protección. Pero sus nuevos señores se comportaron como un ejército de ocupación, lo que aumentó el descontento popular. Lamentable episodio de división interna que se saldó con la pérdida definitiva del Rosellón y parte de la Cerdaña, cedidas a Francia por el Tratado de los Pirineos que puso broche final a la contienda.

«Los nacionalistas catalanes presentan la Guerra de Sucesión dinástica (1701-1713) entre dos aspirantes al trono: Felipe V y Carlos de Habsburgo, como una Guerra de Secesión entre Cataluña y España durante la cual Cataluña fue conquistada, cuando en realidad fue una guerra entre potencias europeas librada en suelo español en la que Cataluña apostó por el bando perdedor, el de los Austrias frente al de los Borbones (derrota que conmemora la Diada, la fiesta nacional catalana).

Lo que no hay que hacer es profundizar en las divisiones nacionales, raciales o étnicas; Cataluña votó y aprobó en 1975 una constitución que determinaba que formaba parte de España, y en la que no se reconoce el derecho a la secesión unilateral». 4

En el referéndum para ratificar la Constitución, la abstención en el País Vasco ascendió al 55,35%, los votos a favor alcanzaron el 69,12% y los negativos al 23,54%, mientras que en Cataluña la abstención se quedó en el 32,09%, los votos favorables sumaron el 90,46%, y los negativos el 4,61%. Guste o no el resultado, hay que respetarlo, y nadie es libre, en principio, de separarse o autodeterminarse con arreglo a su capricho o conveniencia, porque «el territorio político constituye un proindiviso. Sevilla es tan mía como de un sevillano. O tan poco. Todo es de todos y de nadie en particular y se decide dentro de un espacio jurídico común. Si la minoría que está en desacuerdo, amenaza con marcharse, la democracia se vuelve imposible». 5

España y Cataluña no constituyen un matrimonio mal avenido como argumentan falazmente los nacionalistas, sino una comunidad de vecinos donde los de la planta baja que disponen de jardín, y en la que se encuentran el cuarto de calderas, el de contadores y la entrada de acceso a la finca, manifiestan que quieren independizarse sin contar con los demás, porque los estatutos de la comunidad no les sirven, ya que ellos son “distintos”, pagan más de la cuenta porque sus viviendas son mejores, y desean ser “libres”. Por una cuestión de conveniencia que no de convivencia, quede claro.

Resulta escandaloso e incalificable que sean las dos regiones más prósperas, desarrolladas e industrializadas del país las que pretendan independizarse. Los nacionalistas catalanes no persiguen sacudirse ningún yugo (¿cual?), ni recuperar su identidad (¿quién se la ha robado?), ni hablar su lengua (¿quién se lo prohíbe?), ni conservar su cultura (¿quién se lo impide?), ni organizarse (disponen de más autogobierno que nunca), sino hacer caja, y en eso hay que reconocer que han sabido vender su mercancía como nadie.

Por más que el saldo de la balanza fiscal (sin trampas), de la  balanza comercial, de la balanza de inversiones y de la balanza de capitales, sean todas favorables a Cataluña, se presentan como víctimas de un expolio, cuando sabido es que los impuestos se pagan en España en función de la renta personal y no del lugar de residencia (excepto los recargos y desgravaciones autonómicas). Pero ahí está la madre del cordero. Precisamente por eso, porque un ciudadano catalán tiene los mismos derechos que un murciano, y no es ni más ni menos que él, surge el problema. Aunque la misma ley rija para todos, los ricos se merecen más que los demás. Y entre otras cosas, la independencia.

 

2   Marisa Azuara, El Condado de Barcelona http://www.marisaazuara.com/es/conferencias/articulo/id/127,   http://www.slideshare.net/MarisaAzuara/el-condado-de-barcelona-visto-por-una-aragonesa.

Mapa wikimedia: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Condados_de_la_Marca.svg

3   Joseph Pérez, carta del conde duque de Olivares al Marqués de Santa Coloma.

4   Blog de Roberto Augusto, 19 de diciembre de 2012, http://www.robertoaugustoblog.com/2012/12/un-secesionismo-imposible-replica.html

5   Alberto Mendivil, comentario nº 22, Hablemos del derecho a decidir de Cataluña, Antonio Estella,

eldiario.es, 19 de febrero de 2013, http://www.eldiario.es/agendapublica/blog/Hablemos-derecho-decidir-Cataluna_6_102599747.html

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Andrés Herrero, es autor del libro ‘La felicidad tecnológica’. De un capitalismo sin futuro a un futuro sin capitalismo. Ed. Catarata.

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