El retorno del problema político.

FUENTE

Sobre la articulación entre los partidos, los sindicatos y los movimientos sociales.(*)

(*) Entrevista realizada en septiembre de 2009 y publicada en Actuel Marx, n° 46, Partis/Mouvements. Traducida del francés por Tomás Callegari (Democracia Socialista).

Actuel Marx: Mientras la izquierda europea parecía sólidamente anclada a una división del trabajo entre partidos y sindicatos, en los últimos veinte años hemos asistido al desarrollo de movimientos sociales que buscaban deliberadamente afirmar la propia autonomía y radicalidad en respuesta al debilitamiento de la izquierda tradicional ante el ascenso del neoliberalismo. A veinte años de distancia, ¿qué diagnóstico puede hacerse de estas formas de lucha colectiva? ¿Deben ser consideradas como elementos de fragmentación, como fuerzas de presión sobre los partidos o sindicatos, o como factores de recomposición?

Daniel Bensaid: El surgimiento de agrupamientos diversos probablemente corresponda a la vez a una tendencia de fondo y a un fenómeno más coyuntural. La tendencia de fondo es la de la creciente complejidad de las sociedades contemporáneas y la de la pluralidad de los ámbitos sociales: múltiples contradicciones y modos de subjetivación se revelan así irreductibles a las grandes síntesis a priori y a la absorción en un gran sujeto histórico unificante. El fenómeno más coyuntural depende de la pérdida de legitimidad por parte de los partidos y sindicatos moldeados en la horma del estado de bienestar. Éstos no han sido capaces de responder a la reorganización de las formas de resistencia a la contra-reforma liberal. Los sindicatos habían restringido su función a la negociación de la relación capital-trabajo al interior de la empresa o del sector productivo, mientras que el agotamiento del compromiso fordista y la desconcentración industrial obligaron a reinvestir las prácticas territoriales.

Probablemente ciertas formas de organización autónoma serán componentes duraderos de un movimiento social proteiforme que trascienda ampliamente la función sindical de negociación de la fuerza de trabajo, a menos que los sindicatos recuperen las prácticas iniciales del sindicalismo de las bourses du travail[1]. Está comprobado, en efecto, que las grandes centrales sindicales tienden a jerarquizar objetivos y a relativizar ciertas reivindicaciones que son mejor tomadas en cuenta por organizaciones específicas como los comités de desocupados, los colectivos de inmigrantes indocumentados, o las asociaciones por el derecho a la vivienda. Es el caso, en particular, de Francia, donde menos del 10% de la fuerza de trabajo (¡5% en el sector privado!) está sindicalizada. Sería imprudente, por lo tanto, extraer conclusiones demasiado generales. También porque la pregunta que ustedes me hacen tiende a mezclar cosas bastante diversas.

Droit au logemente, Act-Up o AC son asociaciones que luchan por una cuestión específica, y las coordinaciones o comités de huelga son organismos de movilización tanto más necesarios cuanto en Francia la representación sindical es débil. Pero son también formas muy fluctuantes. En las recientes luchas, el fenómeno de las coordinaciones ha sido menos frecuente y menos espectacular que hacia los inicios de los años ’90 en las huelgas de los enfermeros y de los ferroviarios, como si, frente a la brutalidad de la crisis, las centrales sindicales hubieran recobrado las fuerzas.

Actuel Marx: Mientras que la cuestión de la forma-partido suscitó escasas discusiones en las últimas décadas, parece volver a cobrar actualidad ¿Cómo explicarlo? ¿Es el efecto de una crisis de los partidos existentes: crisis de la representación política en general, acabamiento del principio de las divisiones partidarias de la izquierda del siglo XX? ¿Es el síntoma de una crisis de la articulación sindicatos-partidos o de los atolladeros de la alternativa movimentista? ¿Es, más en general, la consecuencia de una carencia estratégica de la izquierda frente al neoliberalismo y su crisis?

Daniel Bensaid: No me gusta el cliché de la crisis “de la forma-partido”, que encubre demasiado fácilmente distintas cuestiones. Si hay crisis, la hay en primer lugar de la política misma o, si se prefiere, de la representación democrática, de la cual el retroceso partidario puede ser una consecuencia. Hay crisis, después, del contenido (de los programas, de los proyectos), más que de la forma, y esta crisis manifiesta la incapcidad de partidos que habían sido los leales administradores del estado de bienestar para afrontar la contra-reforma liberal inaugurada hacia los inicios de los años ’80. Hay crisis, finalmente, en la redefinición de las prácticas militantes, animadas por una nueva exigencia democrática y cultural en relación a las transformaciones sociales, con la emergencia de nuevas cuestiones de fondo como la crisis ecológica, y con el empleo de nuevos instrumentos de comunicación que quebrantan el monopolio de la información del cual se nutrían los principales aparatos burocráticos.

Dicho esto, sería simplista contraponer una cultura descentrada, reticular, a las formas sindicales o partidarias centralizadas, calcadas sobre una cierta imagen del Estado. Se puede notar que el discurso sobre las redes y la fluidez es también él calcado sobre la sociedad líquida de un capitalismo liberal que, en no menor medida, conjuga eficazmente centralización y descentralización, como ilustra maravillosamente la organización de Wal-Mart (ver, a propósito de esto, el breve libro editado por Prairies ordinaires)[2].

La caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética han marcado el fin de un largo ciclo histórico y el comienzo de uno nuevo, obligando a todos los actores, políticos y sociales, a redefinirse. De ahí la moda del “re-” (renovación, refundación, reconstrucción, etc.).

En un primer tiempo, como sucede después de las grandes derrotas (como ha ocurrido en la década de 1830 bajo la Restauración), se produce lo que yo llamo un momento utópico, un momento de fermentación, de experimentación, un momento de tanteos. Es lo que ha ocurrido a fines de los años ’90, especialmente en el movimiento altermundista: una efervecencia utópica necesaria, pero acompañada de un discurso simplificador que contrapone el “buen” movimiento social a la “sucia” política. Esto ha comenzado a cambiar después de esos años: se ha producido un click, y el cambio se acelera con la crisis. La pretensión de autosuficiencia de los movimientos sociales (que les ha sido prestada por ciertos ideólogos, mucho más de lo que ellos mismos la han teorizado) muestra sus límites. El problema político regresa con fuerza y con él un cierto gusto por la recuperación del compromiso contenido en las formas partidarias.

Actuel Marx: ¿Cómo deberían articularse hoy las distintas fuerzas políticas de izquierda, las fuerzas sindicales y los movimientos? ¿Cómo redefinir el tipo de intervención específica de estas diferentes fuerzas, por ejemplo, en los campos de intervención conjunta, como el trabajo asalariado, los servicios públicos, la discriminación? ¿Cómo pensar esta articulación en una perspectiva de convergencia y complementariedad?

Daniel Bensaid: La artificialidad de una forma de división del trabajo entre lo que concerniría a lo social y lo que concerniría a la política se manifiesta cada vez más claramente.

Los movimientos sociales, evidentemente, producen política, en el sentido bueno del término. El movimiento de indocumentados, cuando obliga a repensar la ciudadanía y las relaciones entre lo nacional y lo extranjero; los movimientos de desocupados, cuando obligan a repensar la relación salarial; las asociaciones de pacientes o de investigadores, cuando vuelven a poner en discusión el estatuto de la ciencia y de la especialización; evidentemente, el movimiento de las mujeres, cuando responde a la división del trabajo y de los roles sociales, etc. Recíprocamente, los partidos, si no se conforman con ser máquinas electorales, se nutren de estas experiencias, las inscriben en una perspectiva de largo plazo y, complementariamente, irrigan las luchas sociales de tentativas de síntesis programáticas.

Entre movimientos sociales y partidos hay, por tanto, una diferencia, no de naturaleza sino de función. Su relación puede basarse en la percepción clara de esta diferencia y en el respeto recíproco de su independencia. Esto se evalúa prácticamente según la capacidad de los militantes de los partidos (que no son zombis extraños ni exteriores a los movimientos sociales, sino a su vez asalariados, mujeres, inquilinos, pacientes, agremiados…) de articular propuestas, respetando la autonomía y las reglas democráticas de los movimientos en los que participan.

En cuanto a la articulación entre partidos y sindicatos, depende en gran medida de la historia de los paises en cuestión. La Carta de Amiens[3], por ejemplo, es ante todo una singularidad francesa, que la cultura anglosajona comprende poco. Recientemente, la experiencia del LKP de Guadalupe, o del movimiento del 5 de febrero en Martinica, han demostrado que la convergencia en un mismo espacio unitario entre sindicatos, movimientos y partidos puede constituir un arma temiblemente eficaz.

Actuel Marx: ¿Cuáles son, según Ud., los obstáculos principales para una articulación semejante al interior de un proyecto de transformación social radical? ¿Y de que formas podrían ser superados?

Daniel Bensaid: Los obstáculos son de naturalezas diversas. El primero es sin duda la división sustentada por la lógica competitiva del capital, que contrapone a los trabajadores entre sí, individualiza los status, los ingresos, los tiempos de trabajo; que atomiza a los colectivos, contrapone a lo público lo privado, los usuarios a los huelguistas, los franceses a los inmigrantes, etc.

El otro obstáculo, que no es menor, es el que su pregunta supone resuelto, vale decir, que exista un proyecto “compartido de transformación social radical”. Estamos lejos. Y no por las inconsecuencias o la mala voluntad de tal o cual aparato, sino a causa de los efectos de la alienación del trabajo, del fetichismo de la mercancía, del círculo vicioso de la dominación. A veces pasa que el círculo puede ser quebrado, como a veces pasa que se interrumpe la rutina de los trabajos y los días, pero ello se produce en situaciones particulares, situaciones de crisis social y política. El tiempo político, en efecto, no es el tiempo lineal, “homogéneo y vacío” de las penélopes electorales; es un tiempo quebrado, discontinuo, lleno de espasmos.

Se trata de prepararse para tales situaciones de múltiples maneras, o en varios planos simultáneamente. A nivel partidario, recuperando y sintetizando las experiencias más fecundas, trabajando día tras día para que las ideas recabadas por estas experiencias se hagan camino. En los sindicatos y en los movimientos, disputando todo el tiempo el terreno a la inercia y a los intereses de aparato, modificando las relaciones de fuerza a su interior. En las luchas, fomentando, cuanto sea posible, la emergencia de formas unitarias y democráticas de auto-organización y autogestión.

Actuel Marx: Para desafiar la centralidad del capitalismo, esta articulación, ¿debería basarse exclusivamente sobre la igual dignidad de todas las luchas contra la dominación y la explotación? ¿Podría igualmente admitir principios de una jerarquízación práctica?

Daniel Bensaid: Admitir una jerarquía de las prácticas equivaldría a retornar a la idea de una “contradicción principal” (las relaciones de clase), a la cual estarían subordinados problemas presuntamente secundarios (el problema ecológico o el feminista, la discriminación racial…). Se puede -se debe-, inversamente, partir de lo que ustedes llaman “la igual dignidad de las luchas”, sin con ello resignarse al hecho de que su pluralidad se traduzca en su dispersión. Su gran unificador es la dominación sistémica del capital mismo. Es esto lo que explica cómo movimientos tan diversos como sindicatos de la industria, movimientos feministas, asociaciones culturales, movimientos ecologistas, movimientos indígenas, sindicatos campesinos, y tantos otros, han logrado tan fácilmente converger en los foros sociales.

Sin que sea necesario hablar de jerarquías, se puede sin embargo constatar que los diversos campos sociales no cumplen el mismo rol. El mismo Bourdieu admitía que el campo económico no tiene el mismo peso que el mediático o que el académico. Se puede también constatar que ciertos movimientos (por ejemplo, el movimiento anti-guerra) son más intermitentes que otros (el movimiento sindical). Estas diferencias son reveladoras de una articulación “sobredeterminada” por la dominación impersonal y sistémica del capital, de suerte que las relaciones de clase y de género son sin duda las dos principales diagonales entorno a las cuáles pueden rencontrarse de manera no jerárquica las diversas resistencias.

[1] La bourse du travail, literalmente “bolsa de trabajo”, fue un tipo de organización de trabajadores de distintos oficios extendida en Francia hacia fines del siglo XIX. Precursora de las centrales sindicales, tenía un eje de organización regional-local, y funciones múltiples que excedían la relación corporativa con el capital, e iban desde el fomento de la ayuda mutua hasta la educación de sus miembros, incluyendo la asignación de puestos laborales para trabajadores calificados y no calificados, la formación de centros culturales, librerías, teatros, etc.

[2] Bensaid se refiere a Wal-Mart, l’entreprise monde, publicado en 2009 por Lichtestein Nelson y Susan Strasser, que describe el funcionamiento de la gigante multinacional estadounidense, principal vendedora minorista del mundo.

[3] La Charte d’Amiens es una declaración del congreso de 1906 de la Confederación General del Trabajo francesa, que disponía la independencia de los sindicatos respecto de todo partido político, jerarquizando la lucha económica por sobre la política y postulándola como la vía genuina para la liberación de los trabajadores.

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