Una nueva época histórica

FUENTE

Daniel Bensaïd

Este texto corresponde al informe presentado por escrito por Daniel Bensaïd en el proceso preparatorio del XIV Congreso Mundial de la Cuarta Internacional, realizado en Bélgica, en julio de 1995. Traducción de Martín Mosquera para www.democraciasocialista.org.

El último congreso mundial de la Cuarta Internacional fue realizado en Río de Janeiro en 1991, un año después de la caída del Muro de Berlín, en las vísperas de la guerra del Golfo y la desarticulación de la URSS. Allí se comenzó a registrar las líneas de fuerza de la gran transformación mundial. Se trata ahora de actualizar esta transformación en perspectiva.

Para evaluar los cambios ocurridos desde hace una década en lugar de acomodarnos en una idea rutinaria de alternancia de los ciclos económicos y de los ciclos de luchas. Estamos envueltos en una transición global (económica, social, institucional, cultural). Esta reorganización de las fuerzas sociales fundamentales y de su representación política pasa por un largo proceso en curso del cual nuevas formas de lucha y de organización se desarrollarán en función de conmociones estructurales (de una amplitud comparable, si se quiere, a las que sacudieron al movimiento obrero al inicio del siglo frente al imperialismo y a la guerra) y de la evolución de las formaciones sociales. Esto implica una renovación de experiencias y de generaciones.

Para verificar, a la luz de los principales problemas encontrados en los últimos años, la existencia de un acuerdo fundamental sobre los eventos y las tareas sin los cuales una corriente internacional militante organizada perdería rápidamente su función de intervención para reducirse a una red de reflexión fundada sobre afinidades residuales.

Para emprender el trabajo necesario de redefinición programática. Gracias a nuestras tradiciones y a nuestra herencia, el mundo tal como está continúa siendo comprensible en sus grandes líneas, y nada sería más estéril que hacer tabula rasa con el pasado para extasiarse con novedades sin contenido. Sin embargo, un movimiento internacional que no ayudase a pensar esta gran transformación y a responder con eficacia a los problemas efectivamente nuevos sería rápidamente considerado inútil. Estos problemas son reales y de magnitud: consecuencias de la globalización, reorganización de la división internacional del trabajo, modificación de las relaciones de dominación imperialista, crisis de los Estados nacionales , formación de conjuntos económicos y políticos regionales, desarrollo de instituciones internacionales y definición de nuevas relaciones jurídicas. Guardando toda proporción en el nivel de las comparaciones, el laboratorio que se abre es de una amplitud comparable al de principios de siglo , donde se forjó la cultura teórica y política del movimiento obrero: análisis del debate sobre el imperialismo, sobre la cuestión nacional , debate estratégico sobre la reforma y la revolución, batalla sobre las formas de organización política , social , parlamentaria.

Un cambio de época

1. El agotamiento de la expansión de posguerra

Detrás de los principales acontecimientos políticos de los últimos años (caída del Muro y reunificación alemana, explosión de la Unión Soviética, guerra del Golfo e intervenciones militares en África, guerra de los Balcanes), hay un agotamiento de la fase de crecimiento y de desarrollo posterior a la Segunda Guerra Mundial. De 1945 a 1970, la tasa de crecimiento de los países industrializados fue excepcionalmente elevada (5% en promedio en comparación con el 2% entre 1914 y 1950 y el 2,5% desde 1973), la producción mundial se multiplicó siete veces y el comercio mundial cuatro veces.

Este crecimiento impetuoso fue la base de los compromisos sociales en las diferentes partes del mundo. Conforme a los actores (partidos reformistas parlamentarios, movimiento sindical, movimientos populistas y movimientos anti-imperialistas en el Tercer Mundo):

  • El desarrollo del Estado-Providencia y el culto al progreso en los centros imperialistas, reforzando las posiciones reformistas, los pactos sociales y el fenómeno de burocratización del movimiento obrero;
  • Euforia burocrática en la URSS y Europa del Este con la perspectiva de alcanzar-superar a corto plazo al Occidente capitalista (los años Sputnik);
  • Giro de Bandung (movimiento de países no alineados) y los proyectos de descolonización / desarrollo del Tercer Mundo (nuevo orden económico mundial, transferencia de tecnología, proyecto de sustitución de importaciones).

Este contexto favoreció la expresión de un cuestionamiento del sistema de dominación: luchas de liberación nacional (Argelia, Cuba, Indochina) contra las formas tradicionales de colonización y dependencia; luchas anti-burocráticas de masas en Checoslovaquia y Polonia; movimientos juveniles y ciclo de huelgas de masas en la mayor parte de los países desarrollados.

2. La globalización y sus límites

La aceleración de la globalización es real. El comercio internacional está creciendo más rápido que el PIB de los países que participan en estos intercambios; desde 1975, las inversiones directas en el extranjero crecen más rápido que las inversiones domésticas; la interpenetración y fusión de capitales generan oligopolios cuyas relaciones con los Estado de origen se aflojan; el comercio mundial toma la delantera frente a la construcción de los mercados internos como base de la acumulación.

¿Podemos concluir que la economía mundial está constituida? La fórmula es demasiado general para no ser ambigua. Si la aceleración mundial es incontestable, el comercio mundial representa de 20 a 30 % del volumen total del intercambio y las inversiones directas en el extranjero 1 % del PIB mundial en 1990. Si los mercados de capital y mercancías están cada vez más unificados, lo mismo no ocurre con el mercado de trabajo (350 millones de trabajadores de los países ricos tienen un salario promedio de U$ 18 por hora contra U$ 1 a 2 para 1.2 millones de trabajadores de los países pobres). Las empresas multinacionales operan en varios continentes y producen en decenas de países, pero permanecen vinculadas a la potencia política, diplomática, monetaria y militar de los imperialismos dominantes. Finalmente, la mundialización de los capitales se realiza, en el último período, con base en el dinamismo del sector financiero antes que en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Se trata, entonces, de una situación intermedia, de transición, de crisis de los antiguos modos de regulación, cuyos efectos son ya perceptibles: 1) mutación de las formaciones sociales; b) deslocamiento de las esferas políticas y económicas (de ahí la crisis de los Estados nacionales y de las clases dominantes), c) tentativas de reorganización regional de los mercados y de las instituciones.

3. El debilitamiento social de los trabajadores

Las fuerzas sociales y políticas formadas en el período de crecimiento precedente están parcial y desigualmente desestructuradas por los efectos de la crisis, de las ofensivas liberales, de la reorganización de los aparatos productivos.

Los países industrializados registran una baja significativa en el trabajo industrial (cambio de organización del trabajo y de las cualificaciones, individualización y flexibilización) y un ascenso de los servicios, con un crecimiento espectacular del desempleo permanente y de las exclusiones perdurables, reorganización del espacio urbano y desmantelamiento parcial de las concentraciones obreras (relación fábrica / casa que estructuraba las solidaridades sociales), marginalidad y bolsones de pobreza, situación de las mujeres y de los jóvenes. Nadie puede prever el efecto acumulativo por décadas de estos fenómenos en sociedades donde los empleados representan más del 80% de la población activa.

En la ex Unión Soviética y en la Europa del Este, el surgimiento de un capitalismo dependiente tendrá efectos devastadores en las sociedades urbanizadas e industrializadas, asumiendo formas inéditas de “tercera o cuarta mundialización”. Este proceso está, por el momento, estacionado debido al carácter parcial de las privatizaciones (débil desempleo oficial), ligado al carácter híbrido de las formas de propiedad, pero la crisis urbana ya es aguda y corre el riesgo de provocar fenómenos de éxodo rural opuesto (“éxodo urbano”) o de movimientos migratorios hacia Occidente.

Una serie de países dependientes agotaron el modelo de industrialización por sustitución de importaciones, surgiendo en ellos rastros de dualización acentuada (zonas francas, economía informal, problema agrario), así como la degradación de sus exportaciones primarias, debido a los cambios tecnológicos en los países desarrollados, al intercambio desigual y a la fuerte expansión del sector financiero en las economías. La crisis urbana es de tal magnitud que no parece manejable sin grandes reformas agrarias, chocando directamente con las clases dominantes ligadas a la oligarquía latifundista. Los deslocamientos masivos de población y refugiados alcanzan proporciones sin precedente, teniendo como contrapartida intervenciones procurando controlar estos flujos (Haití) o medidas de regulación de inspiración xenófoba (como los acuerdos de Schengen en Europa, y el código 187 en California).

Las fuerzas organizadas (movimientos sociales, partidos, sindicatos) salidos del ciclo de luchas precedentes están debilitados socialmente. Sufrieron derrotas significativas en los países ricos (mineros británicos, escala móvil de salarios en Italia, siderurgia en Francia), en los países pobres (mineros bolivianos, contra-reforma agraria en México), sin que aparezcan aún polos organizadores del próximo ciclo de luchas.

La ruptura de los “compromisos nacionales” forjados en el periodo de crecimiento y el debilitamiento de los movimientos de clase propician la expresión de pánicos de identidad y la búsqueda de otras relaciones comunitarias (nacionales, étnicas, religiosas).

4. El cuestionamiento de los Estados nacionales

Una de las mayores consecuencias de la mundialización reside en la desarticulación tendencial de las esferas económicas y políticas. En los años cincuenta, las economías nacionales dominantes formaban conjuntos relativamente coherentes, articulando un mercado, un territorio y un Estado. La competencia internacional y la desregulación internacional introducen fracturas entre la lógica económica y la soberanía política. Es difícil atribuir una nacionalidad a un producto o a una firma. Las desigualdades sociales se profundizan entre ganadores y perdedores en la carrera por la mundialización no solo en escala internacional sino también al interior de los propios países desarrollados, poniendo a prueba los compromisos sociales del Estado de bienestar.

La crisis alcanza a aquello que favorecía una cierta cohesión social: la función redistributiva de los Estados. De ahí la pérdida de legitimidad de las instituciones estatales derrotadas por los efectos conjugados de las privatizaciones (refuerzo de los poderes económicos privados), de la globalización (pérdida de control de las relaciones económicas y monetarias) y de la desregulación. Este fenómeno no afecta solo a los Estados dependientes y a las clases dominantes frágiles. Comienza también a alcanzar a algunas burguesías europeas.

La reestructuración liberal, el endeudamiento de los Estados (Estados Unidos, Italia, Bélgica) y de las comunidades locales, la deslocalización regresiva de la carga tributaria en perjuicio de los pobres, la crisis aguda de las finanzas públicas, desembocan en el cuestionamiento de los mecanismos del Estado-Providencia (indexación salarial, servicios públicos, protección social, retroceso en los contratos colectivos, privatización de la seguridad social) y sobre un crecimiento de las desigualdades regionales. Paralelamente, la privatización de los poderes económicos y financieros en perjuicio del servicio público y de las formas públicas de producción y gestión favorecen una corrupción galopante y la proliferación de fenómenos mafiosos.

En los países dependientes, esta tendencia general se traduce en una crisis generalizada de los sistemas populistas (México, países árabes, África negra), en un proceso de privatización/dolarización y una pérdida de soberanía bajo la presión de la deuda y la corrosión de los recursos dependientes de la exportación (materias primas), una “desconexión forzada” para algunos países (de 1966 a 1987, el total de las exportaciones de los países del Sur de las exportaciones mundiales tuvo una caída de 23% para el 15%, mientras que la parte de los Nuevo Países Industrializados pasaba de 1,1% a 5,5% en América Latina se redujo a 3%). El desmoronamiento de las élites locales, incapaces de homogeneizarse y de estabilizarse en torno de un proyecto nacional viable, acentúa la corrupción, la redistribución clientelista de beneficios y las tendencias al desplazamiento “clánico”/étnico de algunos Estados (Somalía, Etiopía, Ruanda). Las crisis que México o Argelia experimentaron demuestran en qué medida países que habían conocido una revolución o una guerra de liberación radicales y que parecían mejor colocados para enfrentar la situación de dependencia tampoco consiguieron mantener tales posiciones. El primero busca hoy salud dentro de una asociación socialmente costosa con su gran vecino del Norte: EUA; en cuando al segundo se hunde en el caos de una guerra civil bajo el arbitraje de la antigua metrópoli colonial: Francia.

Violencia social y violencia política, ascenso de “identidades oscuras”, inversamente proporcional a la desaparición de los vínculos de solidaridad de clases, se inscriben en este contexto.

5. La crisis de las clases dominantes

Divididas por la competencia, las clases dominantes existen en tanto tales a través del Estado que las unifica. Pero el proyecto estructurante de los Estados nacionales (que se impuso durante el siglo pasado en los países dominantes y en el curso de este siglo en el Tercer Mundo) agotó sus efectos integradores y unificadores sin que haya surgido un proyecto alternativo. Los Estados existentes siguen siendo la forma necesaria de la dominación de clase, pero no la forma más apropiada para hacer frente a las fuertes tendencias de la globalización. De ahí la desestabilización, perceptible por todas partes, de las clases dominantes y sus representantes políticos: corrupción galopante, negocios turbios, narcotráfico, reino de los aventureros (Fujimori, Collor, Berlusconi); cuestionamiento de sectores burgueses y pequeño burgueses menos dispuestos a aceptar la pérdida de la soberanía del Estado y menos aptos a adaptarse a los efectos de la competencia liberal; signos de división en el gran capital sobre las perspectivas y soluciones inmediatas (Europa, Nafta, OMC). Más allá de sus especificidades, el caso italiano es, en este sentido, un síntoma de la situación general.

En América Latina y en los países árabes, el ciclo populista burocrático está en el límite de sus fuerzas. En África, numerosos Estados originados en el proceso de descolonización no llegaron a consolidar una realidad nacional y una clase burguesa dominante. Los efectos redistributivos que podría tener la corrupción y el clientelismo están agotados. De ahí la explosión de las élites compradores. Acorralados entre las exigencias de ajuste estructural y la descomposición social, numerosos países dependientes se encuentran debilitados (Etiopía, Sudan, Afganistán, repúblicas de la antigua URSS). Incluso en los países donde la lucha por la independencia era más radical en sus formas y sus consecuencias duraderas (Argelia, México, Angola y Mozambique) los regímenes populistas agotaron su dinamismo histórico y sus élites burguesas y burocráticas se acomodan a una pérdida de soberanía parcial, de hecho o de derecho, que termina reforzando la agresividad (impensable hace veinte años) del discurso neo-colonial sobre la inmadurez de los pueblos infantiles y la necesidad de un puño tutelar.

En los regímenes burocráticos la emergencia de una burguesía dinámica y emprendedora conoce enormes dificultades. La descomposición de los diferentes segmentos de la burocracia da origen a una mistura de capitalismo especulativo y de clientelismo burocrático, una especie de proto-burguesía mafiosa y compradora.

6. Un mundo injusto, violento e inestable

El proyecto socialista no es el único en crisis. También están en crisis las diferentes visiones del mundo que coexistían, se confrontaban y se complementaban durante el periodo precedente: los partidarios del “tercermundismo” de Bandung, del universalismo democrático burgués y de las ilusiones de progreso, del comunismo productivista victorioso en el año 2000. El triunfo anunciado del matrimonio entre el mercado libre y la democracia parlamentaria fracasó. Aunque la analogía histórica es un recurso inevitable del pensamiento político y militar, frente a la amplitud del cambio histórico en curso y las incertezas de la salida señalada, de nada nos sirve razonar por analogía (por ejemplo, en relación al inicio de siglo o a los años 30). Es importante estar atento a lo inédito, a las formas específicamente contemporáneas de viejas contradicciones. No estamos más en el periodo político de 1968, no salimos aún de la onda larga depresiva y estamos al final de una época, abierta por la primera Guerra Mundial y por la Revolución Rusa.

La ruptura de los equilibrios inestables resultantes de la última guerra mundial no desembocaron en un nuevo orden, como proclamó Bush ayer, sino en nuevos conflictos inevitables en un mundo injusto (desigualdades, dependencia, apartheid), violento (Golfo, Yugoslavia, Ruanda) e inestable. Estamos frente a una especie de Contra-Reforma regresiva (económica, política y cultural) contra las conquistas democráticas y sociales: desempleo de larga duración, precariedad, pobrezas antiguas y nuevas, exclusiones, epidemias, pauperización absoluta de algunas poblaciones, catástrofes ecológicas, nuevas tecnologías y crisis moral.

Siempre hay una salida para la crisis económica, el problema es saber a qué precio y quien paga la cuenta. La crisis actual no desemboca forzosamente en una catástrofe generalizada, pero el estrangulamiento lento y el agravamiento mundial de las desigualdades pueden asumir dimensiones no menos violentas y no menos bárbaras. Por detrás del movimiento cíclico, las contradicciones cada vez más potentes recuerdan las características esenciales del sistema: la miseria de la mercancía como medida para regular el intercambio de trabajos complejos y para organizar, a largo plazo, la relación entre la sociedad y su medio ambiente natural.

En las crisis aparecen los nuevos elementos de regulación posibles (nuevas tecnologías, nuevos productos, división y organización del trabajo). Sin embargo, estos elementos siguen siendo parciales y no sistematizados. Restablecer las condiciones de una nueva fase de acumulación y de crecimiento duradero no depende solo de un cambio de las relaciones de fuerza sociales en países clave, sino también de una reorganización de mercados, territorios, instituciones, leyes.

El problema crucial es entonces el cambio de escala en la agenda, la redistribución de las relaciones de dependencia y dominación, la constitución de grupos y bloques regionales, la consolidación de los acuerdos y organismos internacionales capaces de disciplinar el nuevo orden liberal. Y ahí es donde se imponen los problemas:

a) de los instrumentos políticos e institucionales de la internacionalización (el papel del FMI, del BM, de la OMC), de las alianzas y de las nuevas formas de intervención militar imperialistas;

b) del surgimiento de conjuntos regionales cuyas características permanecen fuertemente diferenciadas – de una tentativa de unificación monetaria y política (Unión Europea) a un mercado común entre países ricos y dependientes bajo la hegemonía imperial (Nafta), de un mercado común dependiente (Mercosur) a una zona libre de libre-comercio más o menos organizada (Apec);

c) crisis y desplazamiento de algunos Estados, ascenso de los nacionalismos, relaciones entre naciones-etnias-Estado, multiplicación de conflictos regionales.

Volveremos resumidamente a estos tres grandes temas. Una de las funciones de una organización internacional, incluso modesta, es efectivamente contribuir a poner en práctica una actualización programática comparable, resguardando las debidas proporciones, a las grandes controversias de inicio de siglo que determinarían prácticamente por un siglo la cultura política del movimiento obrero en sus diferentes componentes.

NUEVOS PROBLEMAS

7. Las nuevas instituciones económicas

Sea en el campo del comercio mundial (GATT, OMC), del consenso político (previsible reorganización de la ONU), de la gestión de la deuda (Banco Mundial / FMI), e incluso de la ecología (Cumbre de Río de Eco-92), las instituciones ligadas a la globalización parecen cada vez más presentes y activas. Para algunos, es suficiente para concluir con el surgimiento de una forma de super-imperialismo organizado con un papel creciente de los oligopolios apátridas e instituciones planetarios proto-estatales.

No nos incluimos entre estos. Lejos de ello. Sin embargo, los instrumentos de la globalización nos colocan problemas de análisis e intervención que debemos enfrentar.

a) Del GATT a la OMC. Parte del sistema erguido al día siguiente de la Guerra (sistema de Bretton-Woods, FMI, Banco Mundial), el GATT es un mecanismo de liberalización de los intercambios controlado por las potencias dominantes que perpetua el intercambio desigual y la dependencia. Por detrás de la creencia liberal hipócrita, la realidad: normas de ajuste estructural, proteccionismo enmascarado de los ricos, hegemonía cultural y financiera reforzadas por la desregulación de los servicios, “patentamiento” del patrimonio genético, etc. El paso discreto del GATT en relación a la Organización Mundial de Comercio en el marco de la ratificación de los acuerdos de Marrakech, representa nuevas formas de subordinación de los Estados, de los poderes electos (inclusive mal electos) y de las legislaciones de los regentes del mercado mundial.

b) Bajo el impulso del FMI y del Banco Mundial, la deuda externa continúa desempeñando una función disciplinadora en relación a los países dependientes. Si la OMC mantiene una dimensión de representación nacional, este no es el caso del FMI y del Banco Mundial. Ellos encarnan la ley del capital: ¡un dólar, una voz! Estas instituciones tienen ciertamente un poder de decisión limitado, comparativamente al peso de las principales multinacionales (en cuanto al FMI controla haberes que representan menos del 2% de las importaciones mundiales, solo diez empresas trasnacionales contabilizan casi el equivalente a las ganancias anuales de las 190 siguientes y las 500 mayores empresas despedirán un promedio de 400 000 trabajadores por año para garantizar el aumento de su rentabilidad), pero suficiente para cumplir el papel de gendarmes en el Tercer Mundo o en los países del Este.

Se puede concebir otro modo de cooperación y de crecimiento del planeta: organismos internacionales de regulación sustituyendo al BM/FMI/OMC/G-7; organismos de promoción de comercio internacional entre países de productividad similar; transferencia planeada de riquezas de los países que la acumularon durante siglos en detrimento de los países pobres; nuevos dispositivos de regulación de los intercambios que permiten proyectos de desarrollo diferenciados, desconexión parcial y controlada del mercado mundial y una política de precios correcta; una política migratoria negociada en este contexto.

c) El debate sobre una eventual “cláusula social” contra las importaciones provenientes de los países dominados, y las nuevas formas de proteccionismo más o menos declaradas ilustran bien la perversidad del sistema. En los países ricos, eventuales medidas de protección tarifaria no serían admitidas sino como formas de sancionar industrias que actúan en el exterior con explotación de mano-de-obra barata y sin derechos laborales (como el código de conducta europeo o el código Sullivan para las empresas que operaban en África del Sur en la época de las sanciones). La competencia del Tercer Mundo invocada para justificar el desempleo en los países industrializados es ilusionismo puro.

  • El intercambio comercial entre países ricos y países dependientes, incluidos los nuevos países industrializados (NPI), incluso puede traducirse en la pérdida de empleos, pero, en general, el flujo de capital representa beneficios. El desempleo no es, por tanto, resultante principalmente de la competencia presentada como desleal, sino un problema de la propia lógica económica y del aumento de la productividad en empleos que atiendan a las necesidades sociales.
  • Bajo los efectos de la desregulación, las ventajas comparativas del desplazamiento para los países del Tercer Mundo tiende a reducirse frente a los desplazamientos internos en los propios países ricos, y a aprovechar el desarrollo desigual de las garantías y las normas sociales (los desniveles salariales se han revelado considerables en el propio seno de la comunidad europea)
  • Además, lo esencial de los bienes importados en los sectores de alta densidad de mano de obra (tales como textiles y componentes electrónicos) son provenientes de fábricas funcionando en el exterior pertenecientes a los grupos industriales de países imperialistas que, a excepción de Corea del Sur, mayoritariamente no son de empresas nacionales de los países exportadores. La cuestión clave no es entonces hacer cumplir dentro de los países ricos, un impuesto social a la importación (cuyo control y destino serian demasiado inciertos) sin la estrategia a adoptar en relación a las empresas multinacionales que producen en el extranjero y el control a las que estarían sujetas (vigilancia, expropiación total o parcial, reforma fiscal), o incluso el desarrollo de proyectos alternativos a los grandes proyectos capitalistas (G7 en telecomunicaciones).

8. Jerarquía de poder e intervención militar

Una de las condiciones políticas para la salida de la crisis está en la reorganización del liderazgo mundial. ¿Dónde está la declinación norteamericana? Desde la Guerra del Golfo, los Estados Unidos han utilizado la superioridad militar y la potencia de su Estado para reafirmar su hegemonía militar y diplomática; comenzando a restablecer su competitividad productiva en algunos sectores. Pero la permanencia de enormes déficits comerciales y presupuestarios enfatiza la fragilidad de estas evoluciones. Los impasses de Europa y la limitación de Japón, por otro lado, impiden el surgimiento, a corto plazo, de una real alternativa al liderazgo mundial americano. La contradicción entre el poder político y el debilitamiento económico de los EUA se refleja, incluso, en las contradicciones de las instituciones internacionales: reorganización del Consejo de la ONU, inexistencia de un nuevo orden monetario, redefinición de los pactos militares, precariedad de la OMC ante los proteccionismos disfrazados de las potencias.

Incluso antes de la intervención iraquí en Kuwait, los Estados Unidos (y las principales potencias europeas) reorientaron su política militar en función de nuevas bases estratégicas (doctrina de Aspen) dando prioridad a la lucha contra la inestabilidad del Tercer Mundo. La nueva doctrina había sido preparada y pensada para el montaje de operaciones de las fuerzas de intervención rápida, para las guerras llamadas de baja intensidad (América Central), para las intervenciones puntuales directas (Granada, Panamá). La guerra del Golfo fue la primera demostración, en otra escala, de esta estrategia de golpes puntuales masivos, en el contexto de nuevas relaciones de fuerza mundiales. Impuesta por los trastornos político-estratégicos europeos, la redefinición del papel de la OTAN está, desde su creación, subordinada a esta política en su conjunto.

La legitimación humanitaria de las intervenciones militares figura como el cuarto componente estratégico en los documentos del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Las nociones de derechos y deberes de injerencia (y reciprocidad) oscilan entre el deber moral y el derecho político. El deber postula una imposible inocencia de los interventores, como si el pasado, los intereses, la jerarquía concentrada en el consejo de seguridad de la ONU y sus miembros permanentes no existiesen más.

En realidad, se trata de una burla de un nuevo derecho internacional, traduciendo las nuevas relaciones de fuerza y confiriendo a la preservación del orden planetario una legitimidad antes comprometida por las guerras coloniales y sobre todo por la larga intervención en Vietnam. Las intervenciones en el Golfo, en Somalía, en la ex Yugoslavia, en Ruanda han demostrado las contradicciones prácticas de este montaje jurídico-ideológico: ¿Quién decide y quién aplica? (¿Decisiones de la ONU y comando militar de operaciones? ¿O que será de la siempre proclamada soberanía de los Estados? ¿Cuál sería la reciprocidad de este derecho de mano única: ninguna intervención más de los ricos en los países pobres, sino lo contrario?)

Tan pronto presentada como la autoridad cosmopolita de un nuevo orden mundial, la ONU asumió lo que es fundamental: la cobertura legal de empresas y expediciones imperialistas. La ONU hace los comunicados. Pero, el vacío jurídico, desde el punto de vista mismo de su Carta de intenciones y del derecho internacional, permiten una multiplicación de las intervenciones de nivel diferente. En los casos más graves, los Estados interviniendo bajo el comando de la OTAN (Bosnia) o de los Estados Unidos (Golfo), que deciden intervenir ignorando las posiciones de la ONU (Francia en Ruanda, Estados unidos en Haití).

El fin de la distribución bipolar originada en Yalta desnuda los problemas de representatividad de los organismos internacionales y de las dificultades de redefinición de su composición sobre la base de otros criterios que los de las relaciones de fuerza superadas desde el fin de la última guerra mundial (el ejemplo del Consejo de Seguridad, por zonas geográficas, potencia militar, peso demográfico). Las jerarquías heredadas de Yalta caducaron, pero no está a la vista aun la soberanía democrática internacional que supere las mediaciones de los Estados y de las alianzas de Estados. La contradicción permanece, entonces, explosiva entre las necesidades de regulación proto-estatal mundial, ligada a la internacionalización del mercado de bienes y de capitales (transferencias formales o informales de soberanía) por un lado, y por otro, la regulación social, aunque nacional en su esencial, ligada a la transformación del mercado de trabajo.

9. Por una Europa social y solidaria

El Tratado de Maastricht representa una opción estratégica: traducir el proyecto de organización política de Europa bajo la presión de una camisa de fuerza monetaria y de sus criterios de convergencia. A partir de los procedimientos de ratificación de Maastricht combatimos el tratado, no para reclamar por la soberanía nacional amenazada como hacen las derechas chovinistas, sino desde un punto de vista de clase: en nombre de la solidaridad social atacada por el euroliberalismo y en nombre de una Europa social y solidaria, comprometida por los efectos desiguales de esta Europa financiera y no democrática.

El tren fue colocado en movimiento. El proyecto inicial de Maastricht ya está caduco tanto por razones económicas (no previstas por los tecnócratas, la brutalidad de la crisis estalló con el Sistema Monetario Europeo y los criterios de convergencia desde 1992), como políticas (la caída del bloque del Este y de los imperativos políticos de la ampliación). La idea, reivindicada por la democracia cristiana alemana, de una Europa a diferentes velocidades (una zona de libre comercio y una red de asociación política atada a Rusia, organizadas en torno de un núcleo duro proto-estatal franco-alemán), responde a esta nueva situación dentro de la continuidad del Acta Única y del espíritu de Maastricht (no al pie de la letra, pues eso también se ha demostrado impracticable).

Aunque no se parta de cero, y aunque estamos en parte prisioneros de orientaciones ya tomadas (Acta Única, Maastricht, ampliación), se trata de colocar nuevamente de pie el proyecto europeo: Europa no será la misma dependiendo de las fuerzas sociales que tomen la iniciativa y determinen su contenido:

  • Ampliación y profundización: el compromiso político y la convergencia social contra la camisa de fuerza monetaria: reducción coordinada inmediata de la jornada de trabajo hasta 35 horas máximas; sistema europeo de indexación de salarios y salario mínimo europeo; armonización de la protección social alineada a partir de las conquistas más ventajosas; plan de grandes proyectos en transportes, comunicaciones, energía: proyectos industriales y “europeización” de multinacionales estratégicas.
  • Una Europa democrática y ciudadana: ciudadanía e instituciones europeas (derecho de votos a los residentes; derechos sociales y cívicos efectivamente iguales para las mujeres), asamblea europea y derecho de veto de los parlamentos nacionales; supresión de los acuerdos de Schengen y de las medidas discriminatorias como las leyes Pasqua. Aplicación correcta de la relación de asociación voluntaria: definir el contenido democrático de subsidiariedad como nueva distribución de las competencias y de los atributos de soberanía a nivel de Estados, de Unión Europea y a nivel internacional. En este cuadro sería posible conquistar, en definitiva, avances hacia la supranacionalidad y el reconocimiento de derechos nacionales colectivos (País Vasco, Córcega, etc.).
  • Una Europa pacífica y solidaria: desarmamento nuclear; supresión de la deuda, nueva cooperación; medidas ecológicas.

10. Alternativas al nacionalismo

En las actuales condiciones de internacionalización de la producción y del comercio, de crisis de eficacia, de desorganización de la división del trabajo, de nuevas migraciones de poblaciones, los Estados-nacionales no pueden continuar asumiendo el mismo papel integrador del siglo pasado (integración en el mercado mundial, soberanía limitada, interpenetración de las poblaciones). De ahí la búsqueda de una legitimidad mítica (la tierra y los muertos), “étnica” o de identidad (chovinismo y xenofobia), con su carga de fantasmas purificadores. Yugoslavia no es la excepción (Israel, Alemania). En estas condiciones, el nacionalismo del oprimido puede muy rápidamente convertirse en nacionalismo opresor de sus propias minorías. Una alternativa de clase exige más que nunca una estrecha relación entre proyectos nacionales-democráticos y una redefinición de los intercambios, alternativas a la OMC y a los ajustes estructurales del FMI, así como la defensa de reivindicaciones democráticas regionales o étnicas en un cuadro de solidaridad más amplio evitando los callejones sin salida del nacionalismo; derecho a la autodeterminación y libre asociación (subsidiariedad); garantía de derechos a las minorías (lingüísticas, escolares, culturales).

11. Construir un nuevo programa

Las reivindicaciones transitorias constituyen un puente entre las reivindicaciones inmediatas que responden a las necesidades urgentes y la conquista del poder. Pero estos puentes y pasarelas son, por el momento, muy precarios. ¿Dónde está el poder? Todavía concentrado en los aparatos del Estado, pero también delegado en las instituciones regionales e internacionales.

Es un problema para las clases dominantes. La idea de un espacio político, económico, territorial homogéneo es obsoleta, pero nada garantiza que tal espacio podrá reconstruirse en una escapa superior (regional). Las divisiones de la burguesía ilustran bien las contradicciones entre un capital directamente mundializado, un capital aun protegido por sus instituciones nacionales y un capital que busca una reorganización intermedia (Unión Europea), con todas las implicaciones posibles e imaginarias entre estos tres niveles.

Es un problema estratégico mayor para el movimiento obrero, cuyas políticas fueron moldeadas hace décadas en el marco del Estado nacional, con sus versiones revolucionarias (nacionalizaciones, monopolio del comercio exterior, dualidad de poder) o reformistas (democratización y políticas keynesianas). Hoy, la disociación de los poderes políticos y económicos, la dispersión de los centros de decisión y de los atributos de soberanía (a nivel local, nacional, regional, mundial) hacen que las pasarelas proyectadas a partir de las reivindicaciones inmediatas partan en diferentes direcciones. Es sorprendente constatar que el programa del PT brasilero era mucho más moderado que el programa reformista radical de la Unidad Popular chilena de 1970, o que un programa radical en algunos países europeos (reducción de la jornada de trabajo, derecho de los inmigrantes, suspensión de la deuda y desmilitarización) y frecuentemente mucho más rebajado que los programas reformistas de los años 70, por lo menos en su forma escrita (nacionalización, elementos de control y de auto-gestión). Confrontados con la impotencia de un reformismo sin reformas, las fuerzas mayoritarias del movimiento obrero oscilan entre la adaptación a la lógica liberal (social-democracia moderna) y la recaída nacionalista (algunos partidos comunistas o ex comunistas).

La defensa de los derechos y conquistas sociales se apoya sobre las legislaciones y las instituciones existentes, pero medidas eficaces contra el desempleo y por una economía al servicio de las necesidades sociales asumen una dimensión directamente regional o internacional (reducción coordenada de la jornada de trabajo, políticas comunes, proyectos de inversión o socialización de empresas multinacionales). Se trata entonces – a partir de las luchas y experiencias, por más modestas y parciales que sean, de formular y actualizar una propuesta transitoria para el siglo XXI. También es la forma, abordando temas centrales y accesibles, de dar un contenido dinámico y accesible a la recomposición. Se trata de reformular los primeros contornos de una propuesta que conduzca a una contestación de conjunto del orden establecido:

a) Ciudadanía/democracia (política y social): en relación a la universalidad truncada de los derechos humanos proclamados, derechos civiles e igualdad de derechos (inmigrantes, mujeres, jóvenes), derechos civiles y derechos sociales (igualdad hombres/mujeres); derechos sociales y servicios públicos;

b) Contra la dictadura del mercado, sus consecuencias a corto plazo, su lógica de desigualdades; derecho de vida a comenzar por el derecho al empleo y la garantía de renta mínima; reinversión de las ganancias de productividad (servicios de educación, salud, vivienda) con ampliación de la gratuidad e injerencia en el derecho de propiedad privada. Derecho de ciudadanos/ciudadanas a la propiedad social de las grandes empresas cuyas opciones y decisiones tengan una mayor incidencia sobre sus condiciones de vida presentes y futuras. Ese derecho no implica necesariamente una nacionalización, sino una socialización efectiva (derecho al uso autoadministrado, descentralización, planificación)

c) Solidaridad entre generaciones (protección social, ecología);

d) Solidaridad sin fronteras: desarmamento, deuda, constitución de espacios políticos regionales, internacionalización de derechos sociales.

Un trabajo análogo debe ser hecho a partir de los problemas más candentes de los países dependientes (deuda, reforma agraria, cooperación regional) o de los países del Este (alternativa a las privatizaciones, democracia, problema de las nacionalidades).

Una conclusión provisoria

12. Un cambio histórico

Ciertamente, los ciclos económicos existen. Ciertamente, hay flujos y reflujos en las luchas y hemos asistido, aquí y allá, a explosiones, movilizaciones y resistencias combativas. Pero unir estos acontecimientos no nos debe hacer olvidar el cambio histórico del modo de acumulación capitalista, sobre el cual todavía es muy prematuro para sacar las consecuencias estratégicas, pero no es demasiado pronto para hacer consciente la dimensión del problema. La crisis de dirección revolucionaria, que resultó en una crisis del movimiento obrero, asume todo su sentido en esta perspectiva histórica.

La situación mundial es siempre el campo de tendencias contradictorias. Sin lugar a dudas es imposible, a partir de la década pasada, equilibrar los pros y contras, los puntos malos y buenos: Nicaragua por Chiapas, Palestina por África del Sur. Los términos no son equivalentes. Basta con escuchar y leer las declaraciones del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional: una insurrección de la desesperanza contra los efectos de la modernización liberal. Con el fin del apartheid, como en la caída de las dictaduras burocráticas, muchos factores entran en juego. Sin duda una movilización de masas y una expresión de aspiraciones democráticas, pero combinada con las necesidades propias del capital: el sistema del apartheid entraba en contradicción, cada vez más, insustentablemente con los vientos de liberalización y de desregulación. Una vez establecida la dinámica, su dirección está principalmente determinada por las relaciones de fuerza mundiales. Así, una tendencia se impone claramente, ilustrada no por suposiciones sino por los acontecimientos principales: desmantelamiento de la Unión Soviética sin desembocar en una revolución política, dinámica restauradora dominante en el Este, unificación imperialista en Alemania, derrotas de la revolución centro-americana, guerra del Golfo, acuerdos Israel-Palestina, profundización del aislamiento y agotamiento de la revolución cubana.

La crisis de dirección y el proyecto del movimiento obrero resulta entonces de tres factores combinados: los efectos sociales duraderos de la crisis (cambio social); los efectos acumulativos desorganizadores de la política de las direcciones reformistas y populistas frente al primer choque de la crisis; los efector profundos de la crisis del “socialismo realmente existente”.

En los países imperialistas, los partidos estalinistas desacreditaron la revolución y los social-demócratas la reforma. Ni unos ni otros cumplen hoy la misma función que tenían en los periodos pasados. Los primeros solo sostienen su identidad en referencia al campo socialista y no pueden transformarse en partidos reformistas nacionales a menos que, en este papel, suplanten a la social-democracia. Al mismo tiempo, los partidos social-demócratas tradicionales, apañados por el torbellino liberal de la gestión leal y por el impasse de las recetas keynesianas nacionales, están estrechamente asociados al capital europeo, asumiéndose como el ala mercantil de la Europa de Maastricht, y encarnando cada vez más un reformismo sin reformas. Esta crisis de representatividad del movimiento obrero se traduce paralelamente en una crisis (diferente conforme al país) de la eficacia y de la representatividad del movimiento sindical, por la fragmentación y atomización de la consciencia de clase.

En los países de Europa del Este y de la ex Unión Soviética, el hecho de que el discurso de clase sea el del antiguo poder, con la perdida de sentido de las palabras, que no se haya dado una fusión entre las aspiraciones democráticas de la sociedad y del movimiento de clase, que la debilidad de las luchas anticapitalistas de masas en los países avanzados no ofrezca más una referencia positiva como en 1968, constituyen obstáculos al renacimiento de un movimiento social independiente del capital tanto como de las antiguas fracciones de la burocracia.

En los países dependientes, donde las corrientes anti-imperialistas progresistas podían realizar alianzas conflictivas con los sectores de una (pequeña) burguesía en formación, los cambios en las relaciones de fuerzas internacionales conducen a un realineamiento realista en cascada (acomodamientos y compromisos con el Banco Mundial y el FMI). La época donde la OPEP parecía poder hacer escuela y donde la división internacional del trabajo heredada del colonialismo permitía un margen de maniobra y acuerdos, parece superada. Un tiempo encubierto por la elevación del precio del petróleo, la desarticulación de este dispositivo comenzó al final de los años 70, con la caída de los precios de las materias primas, solapando la base social y la auto-confianza de este movimiento anti-imperialista. Los cambios de las relaciones políticas mundiales posteriores a la caída del muro de Berlín, el desmantelamiento de la Unión Soviética y la guerra del Golfo han dado el último golpe, provocando una crisis abierta, no coyuntural, en las formas del anti-imperialismo radical de la fase precedente (confusión en Panamá, en Haití) y la fuerte tentación de adaptación destructiva a una línea de retroceso en nombre de un realismo ilusorio (Salvador, Nicaragua, África del Sur).

En este momento, la tendencia dominante a escala internacional es el debilitamiento del movimiento social (comenzando por el sindical). Si las elecciones producen cambios de verdad (Italia), raramente los favorecidos son los partidos del movimiento obrero y menos aún las alternativas radicales a los partidos en el poder: caudillos y formaciones populistas, inclusive los partidos de la extrema-derecha son, por el contrario, los primeros beneficiarios de la derrota de los partidos tradicionales. La izquierda revolucionaria está hoy más pulverizada y debilitada que hace cinco años atrás (crisis de las organizaciones centroamericanas, ruptura del PC filipino, retroceso de la izquierda sindical sudafricana). Para la reconstrucción de un proyecto revolucionario y de una Internacional partimos de condiciones considerablemente deterioradas.

13. Evitar mal entendidos

La discusión en el CEI[1] exige algunas precisiones para intentar por lo menos evitar los mayores mal entendidos. Algunos camaradas se han centrado mucho en la idea del cambio de época. Tenemos que permanecer lúcidos. Los historiadores han inventado categorías extremadamente refinadas y sofisticadas para expresar la periodización de los ritmos (ciclos, fases, etapas, etc.). Se trata simplemente de reafirmar que no estamos en una alternancia rutinaria de ascensos y descensos, sino de una configuración que se acaba y que el cambio operado por la reorganización del capital coloca realmente nuevos problemas. Existe una utilización ideológica del tema de la internacionalización (apología del liberalismo sin fronteras y resignación a las exigencias que derivadas de la misma), que no por ello es menos real y determinante de la dinámica de las transformaciones sociales, de las fracturas políticas, de la desestabilización de los Estados.

Otros camaradas han insistido en la emergencia de elementos de un nuevo modo de regulación imaginable. Es verdad y tiene lógica. No existe en la historia cortes bruscos. Lo nuevo se prepara en lo antiguo y los elementos de solución maduran en el marco de la crisis: la tecnología, la organización del trabajo, nuevos mercados y nuevos productos. Pero estos fenómenos no tienen hasta ahora ni la amplitud (generalización), ni la coherencia suficiente para iniciar una nueva fase de crecimiento sostenible. Por eso insistimos en las condiciones políticas e institucionales de salida de la onda recesiva. Esto no quiere decir que estas condiciones deben tomar la forma de una sola catástrofe o de una nueva guerra mundial. Evocamos en el informe una hipótesis de estrangulamiento lento, donde los conflictos locales de alcance internacional (tipo Bosnia) pueden ser uno de los aspectos.

Finalmente, nos preguntamos si es realmente necesario pasar tanto tiempo en una polémica estéril sobre el “nuevo orden mundial”, como si algunos (la mayoría) dejándose llevar por un pesimismo desesperado habían pasado a creer en la constitución de tal orden y como si otros (fieles a su fe revolucionaria) depositaban toda su confianza en la capacidad de las masas. La resolución mayoritaria del último congreso mundial insistía (ya en su título) sobre los nuevos desordenes (presentes como la guerra del Golfo y futuras). ¡Imposible leer la prensa en estos días y ver un mundo ordenado! El antagonismo, el conflicto, la lucha son inherentes al sistema y esto no está cerca de acabar. Sin embargo, el problema comienza precisamente ahí. No se puede prever sino la lucha, dijo sabiamente Gramsci, y no su desenlace.

La revolución es necesaria. Nosotros luchamos por tornarla posible y victoriosa. Pero la victoria no es cierta y sobre todo somos un número reducido (como los militares, siempre en atraso una guerra. estamos obligados a racionalizar tomando por base las guerras precedentes), imaginando un proyecto revolucionario a partir de la experiencia de revoluciones pasadas, mientras que el renacimiento de un movimiento social aportara probablemente respuestas inéditas.

14. ¿Dónde está el poder?

Algunos camaradas parecen sorprendidos por la pregunta colocada en el informe: “¿dónde está el poder?”. Se puede responder simplemente que la lucha de clases comienza, como dijeras los clásicos de Marx a Trotsky, en la arena nacional y que su horizonte estratégico continúa siendo, en primer lugar, la conquista del poder político en escala nacional. Esto no es falso, pero ya no es totalmente verdadero. Rechazamos claramente la idea de un super-imperialismo realmente existente que reduciría los Estados nacionales a condición de vestigios y convertiría en falsas las luchas en ese nivel; el objetivo loable pero distante de una mundialización de las luchas (o de una renovación internacionalista) puede entonces servir de pretexto para la resignación, la pasividad o la adaptación a la dinámica liberal.

Por el contrario, estos Estados y el poder que ellos representan pierden el control de una parte creciente de los procesos de producción, de los flujos monetarios, de los deslocamientos de capitales. De forma que la dimensión nacional de la lucha por el poder político está cada vez más directamente imbricada en la dimensión regional y mundial. No podemos más responder a la cuestión denominada de los “estrangulamientos externos” como lo hacíamos en la época de las primeras polémicas sobre el programa común de la izquierda en Francia de los años 70. Una propuesta transitoria debe articular directamente las reivindicaciones de defensa de las conquistas en un marco nacional y de las propuestas de transformaciones al menos continentales. En su ausencia, la iniciativa sobre esta cuestión es dejada para la burguesía.

Un problema análogo se coloca para los países dependientes atrapados en una nueva división internacional del trabajo y cuyo espacio táctico se ha reducido considerablemente. Ya señalamos que el programa del PT brasilero (el programa votado, inclusivo por nosotros, y no la campaña de Lula) era mucho más moderado que el programa de la Unidad Popular chilena. ¡Y se trata de Brasil! ¿Qué decir de los países que no tiene ese nivel de industrialización y esa capacidad productiva? ¿Sobre cuales condiciones de desconexión del mercado mundial puede constituirse todavía un camino para el inicio del desarrollo? ¿Cuáles son los efectos de lo que algunos economistas denominan desconexión forzada para recordar la exclusión de países o de regiones colocadas al margen del mercado mundial?

Informe preparatorio del XIV Congreso Mundial de la Cuarta Internacional, 1995.

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