¿Qué queremos decir cuándo se habla de recuperación?

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Un leve crecimiento económico que se ha dado en el tercer trimestre del año ha bastado para que el Gobierno, financieros, y economistas convencionales, hayan lanzado las campanas al vuelo. Este dato, se afirma, es un síntoma de que la recesión de ha dejado atrás. Si a esto le añadimos la entrada de capitales en la bolsa, e inversiones como las realizadas por Bill Gates, resulta evidente que ya se está produciendo la remontada, pues este comportamiento es un reflejo evidente de que los inversores vuelven a confiar en la economía española. Es cierto que tratan de curarse en salud, señalando que aún es pronto para que esta mejora se note entre la ciudadanía. Aunque todo se andará con el tiempo.

Mientras se dicen estas cosas, la realidad, sin embargo, rebaja tanto optimismo. El hecho de que el crecimiento producido en el tercer trimestre haya sido tan tímido, habida cuenta del comportamiento favorable del turismo, es ya de por sí preocupante. A la economía española le cuesta arrancar, aunque se esté beneficiando de la crisis en el Norte de África en los flujos turísticos, lo que pone de manifiesto que no existen aún motores de empresas y sectores capaces de arrastrar al resto de la economía, a pesar del buen comportamiento de las exportaciones. La demanda sigue baja, como consecuencia de la pérdida de poder adquisitivo de la gran mayoría de la población y los recortes tan drásticos que se están dando en el sector público, así como de la falta de crédito.

La llegada de dinero a la bolsa y determinadas inversiones son el resultado de la devaluación que ha sufrido la economía española en estos años y, en consecuencia, el capital llega a comprar barato. En todo caso, lo que esto significa es que parte de la propiedad cambia de manos sin que ello suponga acumulación de capital y generación de empleo. Se buscan ganancias cómodas, en algunos casos, en empresas cuya actividad principal la realizan en el exterior y sus beneficios proceden en su mayor parte de la operativa internacional y no en España que cuenta con un mercado deprimido.

La prueba más evidente de que las cosas no van tan bien como se quiere hacer ver es que siguen los despidos, los ERE, la bajada de sueldos, los recortes de los gastos sociales y la disminución de las pensiones, entre otras muchas cosas. Los empleos nuevos son, a tiempo parcial, temporales o precarios, en casi todos los casos, y desde luego han empeorado las condiciones de trabajo y los derechos sociales y laborales. Los daños causados por la crisis y la política económica son tan elevados que seguramente no se conseguirá en un periodo de tiempo su recuperación, si es que se logra. No cabe duda de que habida cuenta del ideario neoliberal del Gobierno, la pérdida de los derechos ha venido para instalarse, a no ser que se luche por su recuperación.

Los informes de Cáritas y de la Fundación Primero de Mayo acerca de la pobreza y el aumento de la desigualdad en la economía española son la réplica a las visiones optimistas del Gobierno y de aquellos a los que va bien con la crisis, pues se han enriquecido aún más de lo que ya lo eran. Así como de tantos economistas que tienen una visión parcial de los hechos y en cuyos estudios no se tienen en cuenta estas realidades tan crudas.

Se analizan solamente el comportamiento de variables macroeconómicas y de ahí se extraen conclusiones sobre tendencias futuras sin tener en cuenta las relaciones sociales que se encuentran detrás de esos datos. Lo que importa es el crecimiento, sin entrar a valorar su naturaleza, los costes ecológicos y sociales ni a quién beneficia y a quién excluye. La economía aparece así mutilada en su comprensión de la realidad, incapaz de predecir y, sobre todo, de afrontar la crisis sin tantos costes como los que tantas gentes están padeciendo. Lo que es peor, sin entrar a considerar las consecuencias desiguales que las decisiones de política económica llevan consigo.

Por fortuna, no todos los economistas participan de ese paradigma dominante y se encuentran artículos y libros de otros que analizan con distinto prisma la realidad y cuyas proposiciones son muy diferentes a las que estamos habituados por los que tienen mayor audiencia en los grandes medios de comunicación. Aunque hay mucha literatura al respecto, me gustaría recomendar en esta ocasión especialmente dos libros: “Qué hacemos con la deuda” de Medialdea y varios (Akal, 2013) y el de “Fracturas y Crisis en Europa” de Álvarez, Luengo y Uxó (Clave intelectual, 2013). Varios de estos autores son miembros de mi departamento, o se encuentran vinculados a él de distintas formas, otros son jóvenes, pero que están demostrando una gran madurez intelectual y de conocimientos económicos. Hay que leerlos para que no nos vendan una vez más la moto. También recomiendo una película “El espíritu del 45” de Ken Loach. Un documental pedagógico e ilustrativo, aunque se puedan matizar algunas cuestiones.

La gente tiene que saber que no todos los economistas pensamos igual, al igual que como nos muestra el documental no solamente hay una política económica y social. Frente a las visiones más oficialistas hay otras serias, bien documentadas y con propuestas posibles. Los economistas oficialistas han demostrado su ignorancia frente a la crisis, se han encontrado desconcertados, y con propuestas que la han hecho más duradera y con costes excesivos que podían haberse evitado. Ahora bien, hay que señalar que cuando se han equivocado -que han sido muchas veces-, sin embargo, no ha sido así a la hora de defender un orden en el que salen beneficiados los banqueros, los financieros y las grandes multinacionales, y con demasiados perdedores.

Carlos Berzosa | Catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense de Madrid

nuevatribuna.es

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