Valores y socialismo libertario

FUENTE

Desde distintos sectores se argumenta que el principal mal que sufre la izquierda actual es el conformismo de los trabajadores. En efecto, parece que el hecho de tener el poder adquisitivo suficiente para poder consumir, unido a ciertos entretenimientos como el deporte-espectáculo, provoca una desmotivación y un aborregamiento en el trabajador que impiden que afloren en él espíritu revolucionario alguno. Panem et circenses, en suma.

Pero esa explicación quizá peque de superficial. Creo que el conformismo actual, con ser cierto, tiene su origen en un problema mucho más profundo y difícil de afrontar: los valores esenciales de la derecha son compartidos en buena medida por la izquierda. Por “valores de la derecha“, entiéndaseme bien, me refiero a todos aquellos valores que tradicionalmente ha ostentado el Poder con mayúsculas a lo largo de toda la Historia: la tiranía, el dogmatismo, el fanatismo, la irracionalidad, la injusticia, el egoismo, el materialismo…

La humanidad se mantuvo bastante estable, socialmente hablando, durante los varios milenios en que hubo un consenso prácticamente total en aceptar tales valores como base política. La brecha a ese respecto se produjo durante la Ilustración. Los nuevos valores que trajo esta corriente de pensamiento (democracia, libertad, racionalidad...) supusieron un adelanto moral y filosófico que dio origen a multitud de revoluciones desde fines del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. A juzgar por los modernos Estados capitalistas a los que dieron origen aquellas revoluciones burguesas, es evidente que éstas supusieron ciertamente un adelanto revolucionario en ciertos valores, pero no tanto en otros como la justicia social o la solidaridad humana. Podría decirse que la revolución generada por la Ilustración quedó coja de una pata.

Durante el siglo XIX nació otra corriente de pensamiento que precisamente se centró en aquellos valores que la Ilustración, inadvertidamente, había dejado de lado: el socialismo.

Lamentablemente, el socialismo marxista (que se convirtió en la corriente predominante dentro del socialismo) cometió el mismo error que habían cometido años antes los ilustrados, y realizó sus análisis partiendo de valores como la justicia social y la solidaridad, olvidando o restando importancia a aquellos otros que la Ilustración había priorizado: la democracia y la libertad. Ese déficit explica bastante bien el hecho de que finalmente pudiesen darse interpretaciones marxistas tan autoritarias y antidemocráticas como el leninismo o el estalinismo.

Parece, pues, que el socialismo quedó igualmente tan cojo como la Ilustración, aunque de la pata contraria.

Pero si convenimos en que valores como la democracia y la libertad son tan deseables e imprescindibles como la justicia social y la solidaridad humana, hemos de concluir que la corriente izquierdista ideal será aquella que logre reunir en su seno tales planteamientos por igual y de una manera lo suficientemente equilibrada como para imposibilitar cualquier tipo de déficit. Y lo cierto es que esa determinada corriente siempre ha existido. Me refiero al socialismo libertario.

El socialismo de carácter libertario es la contrapartida de las lecturas más autoritarias del socialismo marxista, y ello es así precisamente porque deriva tanto del socialismo como de la corriente libertaria surgida durante la Ilustración.

Y sin embargo… ¿cómo es posible que ni siquiera esa izquierda libertaria sea capaz hoy día de seducir a la gran masa de trabajadores? El problema es, como decía, de valores. La sociedad actual es tremendamente individualista, materialista, egoista y consumista. El que se nos hayan inculcado tan profundamente unos valores tan antihumanos como esos, es el mayor triunfo del sistema y a la vez su talón de aquiles, dado que tarde o temprano nuestra condición humana termina rebelándose ante ellos. Y es precisamente en ese punto donde la izquierda libertaria debe atacar, y más en un contexto de crisis económica como el actual, en el que quedan al descubierto las miserias más aberrantes del sistema socioeconómico que sufrimos. Así, hemos de comprender y hacer comprender al gran público que el derrumbe definitivo del capitalismo (que es en definitiva a lo que estamos asistiendo) sólo puede superarse prescindiendo por fin del egoismo y del individualismo, es decir, uniéndonos y organizándonos bajo la bandera de la solidaridad humana.

Pero sólo conseguiremos llegar a ese objetivo si antes convencemos a la sociedad actual del gran absurdo del materialismo y del consumismo. Tenemos que hacer ver a las masas que la felicidad no se encuentra en el centro comercial, sino en las distintas interacciones humanas, y en el conocimiento, la cultura, el arte o la naturaleza. Es indispensable que comprendan que la riqueza de una sociedad no se mide sólo en términos materiales, sino también en términos democráticos, en índices sociales (educación o sanidad, por ejemplo) o en niveles ecológicos.

Estamos en un momento crucial de la humanidad, en el que los antiguos esquemas mentales basados en valores bárbaros llegan a su fin tras una decadencia de varios siglos. La transición será más o menos soportable en la medida en que la izquierda sepa edificar esquemas diferentes, basándose para ello en valores igualmente diferentes o incluso opuestos. Hay que tener en cuenta que la izquierda es revolucionaria por definición, pero la revolución exige un cambio radical de valores o la revolución no es completa. Tanto las revoluciones burguesas del siglo XIX como las revoluciones comunistas del siglo XX adolecieron de un déficit u otro en ese aspecto, y por eso fracasaron a la hora de edificar un sistema decente para la humanidad. Es necesario que en la revolución del siglo XXI no cometamos el mismo error, porque fracasar de nuevo podría ser fatal en este momento tan crítico para la humanidad.

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