El Nuevo Humanismo Militarista: Lecciones de Kosovo

FUENTE

Publicado en In These Times Magazine, Septiembre 1999

 

La crisis en Kosovo ha levantado pasiones y exaltaciones visionarias nunca vistas. Los hechos y acontecimientos de esta crisis han sido descritos como “un hito en las relaciones internacionales”, que abre las puertas a una etapa de la historia mundial sin precedentes, una nueva época de rectitud moral guiada por un “ Nuevo Mundo idealista, empeñado en acabar con la inhumanidad”. Este Nuevo Humanismo, que fortuitamente coincide con un nuevo milenio, sustituirá la estrecha y mezquina política de intereses que movía un pasado ruin. Alrededor de estas ideas se están forjando innovadoras concepciones de un nuevo orden mundial, entrelazadas con inspiradas lecciones sobre las relaciones humanas y la sociedad global.

Si esta imagen fuera cierta, incluso aunque sólo lo fuera en una mínima parte, entonces estaríamos ciertamente ante un futuro muy esperanzador. Tenemos a mano, con toda seguridad, abundantes recursos materiales y humanos para superar terribles tragedias con muy poco coste: bastaría con algo de buena voluntad. No hace falta pensar mucho, ni tener grandes conocimientos, para hacer una larga lista de tareas a desarrollar que redundarían en inmensos beneficios para los más desfavorecidos. Concretamente, crímenes del tipo y de la magnitud de los cometidos en Kosovo son muy fáciles de detectar, y muchos de ellos podrían ser evitados, o por lo menos significativamente reducidos, con sólo una mínima fracción del esfuerzo y fervor gastados a principios de 1999 por las potencias Occidentales y sus intelectuales en la causa de Kosovo.

Si el noble y magnánimo espíritu de la liberación de Kosovo tiene al menos una pizca de autenticidad, si por fin los líderes mundiales están actuando “guiados por principios y valores” que son verdaderamente humanitarios, tal y como Vaclav Havel ha proclamado con total convencimiento, entonces gozaremos de múltiples oportunidades para colocar asuntos críticamente importantes en la agenda de acciones prácticas a realizar de forma inmediata. E incluso, si la realidad no llegase a este complaciente autorretrato, el esfuerzo tendrá el mérito de dirigir la atención hacia lo que deberían hacer aquellos que consideran estas bonitas palabras como algo más que un cínico oportunismo.

El 24 de Marzo, las fuerzas de la OTAN lideradas por EE.UU. bombardearon y lanzaron misiles crucero a lo largo y ancho de la República Federal de Yugoslavia (RFY), “implicando a EE.UU. en un conflicto militar que el Presidente Clinton dijo era necesario para evitar la limpieza étnica y para estabilizar Europa del Este,” según afirmaron entonces los titulares de prensa. Bombardeando la RFY, Clinton informó  a la nación, “estamos preservando nuestros valores, protegiendo nuestros intereses y avanzando la causa de la paz. “No podemos responder a estas tragedias en todas partes,” dijo, “pero cuando un conflicto étnico se transforma en limpieza étnica en un lugar donde nuestras acciones pueden tener un efecto positivo, debemos intentarlo,  y éste es el caso en Kosovo.”Si hubiéramos flaqueado” en lo que el título de su discurso llamaba “Una Guerra Justa y Necesaria,”el resultado hubiera sido un desastre moral y estratégico. Los Kosovares Albaneses se habrían convertido en un pueblo sin patria, viviendo en condiciones difíciles en uno de los países más pobres de Europa,” un destino que los EE.UU. no pueden tolerar para los más desfavorecidos.

 

Los aliados europeos de Clinton estuvieron de acuerdo. Bajo el lema de “Una Nueva Generación Traza la Línea”, el primer ministro inglés Tony Blair declaró que éste es un nuevo tipo de guerra en la que estamos luchando “por valores,” por “un nuevo internacionalismo donde ya no se tolerará la brutal represión de grupos étnicos,” por un mundo donde los responsables de estos crímenes no tendrán donde esconderse.

El Nuevo Intervencionismo” fue exaltado por la opinión intelectual y por los académicos del Derecho Internacional, los cuales proclamaron una nueva era en las relaciones internacionales en la que los “estados ilustrados” podrán por fin utilizar la fuerza donde “crean que es justa,” descartando las “viejas reglas restrictivas” y obedeciendo “ las modernas reglas de la justicia” que ellos mismos ponen de moda. “La crisis en Kosovo ilustra … la nueva disposición americana a hacer lo que considera correcto – independientemente de lo que diga el derecho internacional,” escribió Michael Glennon, profesor de Política Exterior de la Universidad de California. Libres ya de las rémoras de la Guerra Fría y de las anticuadas restricciones del orden mundial, los estados ilustrados pueden dedicarse con total entrega a la misión de defender los derechos humanos y a llevar la justicia y la libertad a toda la gente que está privada de estos derechos fundamentales, utilizando para ello la fuerza si es necesario.

Los estados ilustrados son los EE.UU. y sus asociados Británicos, y quizás otros que quieran apuntarse a sus cruzadas por la libertad y los derechos humanos. Sólo se resisten a esta noble misión, según Glennon, “los desafiantes, los indolentes y los descreídos, los elementos “revoltosos” del mundo. La categoría de estado ilustrado se confiere aparentemente por definición. La búsqueda en este discurso de intentos razonables de argumentar o de proporcionar evidencias que establezcan la crítica diferenciación entre estados ilustrados y estados disruptivos resulta infructuosa, sobretodo desde una perspectiva histórica. La historia se considera irrelevante, aplicando la familiar doctrina del “cambio de rumbo,” según la cual, en efecto, en el pasado pudimos equivocarnos por nuestra ingenuidad o porque tuviéramos información errónea, pero ahora hemos vuelto al tradicional camino de la buena conducta. No tiene sentido, por tanto, preguntarse qué podemos aprender de historias pasadas, por mucho que las estructuras de toma de decisiones y su base institucional sigan intactas.

El 3 de Junio, la OTAN y Serbia alcanzaron un acuerdo de paz. Los EE.UU. anunciaron una victoria triunfal, aunque no la paz: El puño de hierro permanece en alto hasta que los vencedores certifiquen que se ha impuesto su interpretación del acuerdo de paz. Thomas Friedman, analista del New York Times articuló la opinión de consenso: “Desde sus comienzos, el problema de Kosovo, ha consistido en cómo debemos actuar cuando ocurren cosas desagradables en lugares no importantes.” Los estados ilustrados han inaugurado un nuevo milenio proporcionando respuesta a esta cuestión crítica de la era moderna, siguiendo el principio moral según el cual, utilizando palabras de Friedman, “ignorar Kosovo, una vez iniciadas las expulsiones de refugiados, no hubiera sido correcto … y por tanto lanzar una masiva guerra aérea para conseguir un objetivo limitado fue la única actuación que tenía sentido.

Mientras que la respuesta de Friedman (que es la convencional) a esta pregunta retórica es insostenible, una respuesta más creíble aparece el mismo día en las páginas de su  propio periódico, aunque de forma oblícua. Reportando desde Ankara, el corresponsal Stephen Kinzer escribe que “el activista de los derechos humanos más conocido de Turquía [Akin Birdal] entra en prisión” para cumplir la sentencia que le fue impuesta “por urgir al estado a alcanzar un acuerdo pacífico con los rebelde kurdos.” Leyendo más allá de las noticias esporádicas y generalmente desinformativas o engañosas, descubrimos que la sentencia del coragido presidente de la Asociación Turca de Derechos Humanos no es sino un episodio más de una campaña de intimidación y persecución de los defensores de los derechos humanos que investigan e informan sobre horrendas atrocidades, y reclaman una solución pacífica a un conflicto marcado por una de las campañas más atroces de limpieza étnica y de terror de estado de la década de los 90. La campaña se ha desarrollado con gran virulencia gracias a la activa participación de los EE.UU., “manteniendo nuestros valores, protegiendo nuestros intereses, y avanzando la causa de la paz” (en palabras del presidente), en una forma que resulta demasiado familiar para aquellos que no prefieren la ignorancia intencional.

Estos acontecimientos turcos, que continúan en la actualidad dentro de la OTAN y bajo jurisdicción Europea, proporcionan una chocante demostración – desde luego no la única – de cómo responden los estados ilustrados a la pregunta de “cómo debemos actuar cuando ocurren cosas desagradables en lugares no importantes”: Debemos reaccionar ayudando a escalar las atrocidades, una misión también cumplida en Kosovo. Estos elementos del mundo real actual invitan a serias preguntas sobre el Nuevo Humanismo.

En la guerra de los Balcanes de 1999, dichas preguntas permanecen ocultas, por lo menos en los “estados ilustrados”. En otras partes del mundo, sin embargo, se perciben fácilmente, en un amplio espectro de opinión. Para seleccionar varios puntos remotos a modo de ilustración, Amos Gilboa, un destacado comentarista israelí de temas militares y estratégicos, ve en los estados ilustrados, “un peligro para el mundo.” Describe las nuevas reglas de juego de estos estados como una vuelta a la era colonial, con el recurso a la fuerza “embadurnado con  rectitud moral” al tiempo que los ricos y poderosos hacen “lo que les parece justificado.” En un extremo bien distinto del espectro de opinión, Alexander Solzhenitsyn, un ídolo occidental cuando dice lo políticamente correcto, ofrece una suscinta definición del Nuevo Humanismo: “Los agresores han echado a un lado a la ONU, abriendo una nueva era donde la fuerza es la razón.” Ellos y otros muchos en todo el mundo seguramente estarán de acuerdo con la observación del destacado e influyente – aunque poco celebrado – pacifista radical A.J. Muste: “El problema después de una guerra es con el vencedor. Cree haber demostrado que la guerra y la violencia se ven  recompensadas. ¿Quién podrá ahora darle una lección?” 

Los temas de fondo puestos en evidencia por la reciente guerra Yugoeslava de secesión han salido a la luz con el final de la Guerra Fría. Un asunto central entre estos temas es la proclamación del derecho a intervenir militarmente por parte de estados (o de alianzas entre ellos) por cuestiones humanitarias, lo cual supone una ampliación del alcance del uso legítimo de la fuerza aceptado en el pasado. Se acepta de forma generalizada que ha llegado el momento de llevar a cabo esta ampliación, pero las conclusiones de la “intervención humanitaria” se expresan de forma distinta, reflejando distintas evaluaciones de la intencionalidad y de las previsibles consecuencias de las normas emergentes de la intervención justificada.

Las opciones básicas son dos: las conducidas bajos los auspicios de las Naciones Unidas y de conformidad con sus estatutos fundacionales, los cuales de común acuerdo constituyen los cimientos de la legalidad internacional en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial; y aquellas acciones llevadas a cabo unilateralmente, por estados o alianzas (los EE.UU. y la OTAN, por ejemplo, o el Pacto de Varsovia en tiempos anteriores). Si son suficientemente poderosas, arrogantes e internamente bien disciplinadas, estas alianzas se autoproclaman “la comunidad internacional.

Aunque la primera de estas opciones ya plantea algunas cuestiones interesantes, no las abordaremos ahora ya que no es el tema que estamos tratando. Aquí nos preocupan los estados y alianzas que, o bien no buscan, o bien la comunidad internacional no les concede, autorización para utilizar la fuerza simplemente porque “ellos lo crean justo.” En la práctica, esto se reduce a “la nueva disposición Americana a hacer lo que consideran el recto proceder,” aparte de operaciones en “países no importantes” que no entran dentro de las preocupaciones de la superpotencia global (por ejemplo, intervenciones de fuerzas de paz en los estados del Oeste Africano, que recibieron autorización retroactiva de las Naciones Unidas).

Según uno de los puntos de vista, la ampliación del marco de intervención ha sido siempre legítima, incluso meritoria, pero fue obstaculizada durante la Guerra Fría porque los “desafiantes, los indolentes y los descreídos” que se resistieron a esta misión pudieron contar con la ayuda de las potencias Comunistas, dedicadas a la subversión e insurrección para conquistar el mundo. Terminada la Guerra Fría, los “revoltosos” ya no pueden impedir las buenas obras de los estados ilustrados, y el Nuevo Humanismo puede por tanto florecer bajo los auspicios de su sabio y justo liderazgo.

Desde una perspectiva opuesta, “el nuevo intervencionismo” simplemente suena a disco rayado. Es una variante actualizada de las prácticas tradicionales que fueron impedidas en un mundo bipolar que permitió algo de espacio para el no-alineamiento – un concepto que se desvanece cuando uno de los polos desaparece.  La Unión Soviética, y hasta cierto punto China, impusieron ciertos límites a las acciones de las potencias Occidentales sobre sus dominios tradicionales – no sólo en virtud de su potencial nuclear, sino también por su ocasional disposición, por oportunista que fuera, a prestar apoyos a los destinatarios de la agresión y subversión Occidental. Con el poder nuclear soviético en retroceso, los vencedores de la Guerra Fría tienen mayor libertad para ejercer su voluntad en busca de sus intereses, como siempre bajo el manto de las buenas intenciones, todo lo cual resulta del sumamente familiar fuera de los entornos de la ilustración.

Los autoproclamados portadores de la ilustración resultan ser los ricos y poderosos, los herederos del sistema neocolonial de dominación global: Ellos son el Norte y el Primer Mundo. Los revoltosos descreídos que les desafían son los mismos de siempre, los que una y otra vez han estado al otro lado del palo: son el Sur y el Tercer Mundo. La división no es absoluta y clara; nada lo es en el dominio de los asuntos humanos. Pero los contornos son fáciles de adivinar y sugieren algunas de las razones por las que hay diferentes interpretaciones de las normas emergentes de la intervención justificada.

El conflicto entre interpretaciones es difícil de resolver si se declara la Historia como irrelevante y el presente se percibe sólo a través de los filtros establecidos por los estados ilustrados, los cuales transmiten las maldades de los enemigos oficiales mientras bloquean las imágenes no deseadas. Baste sólo con señalar el más obvio ejemplo actual: las imágenes de atrocidades pasan el filtro inalteradas, o incluso amplificadas, si son atribuibles a Belgrado, pero no si pueden adjudicarse a Ankara o Washington.

Si tenemos la esperanza de comprender alguna cosa del mundo actual, deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de intervención militar se toman en un sentido u otro por los estados que tienen el poder para ejercer su juicio y su voluntad. En la Conferencia de la Academia Americana sobre Normas Emergentes, una de las más distinguidas figuras de la disciplina académica de relaciones internacionales, Ernest Haas, planteó una pregunta simple y punzante, que a posteriori ha recibido una clara e instructiva respuesta. Observando que la OTAN estaba entonces interviniendo en Irak y en Bosnia para proteger a Kurdos y Musulmanes, preguntó: “¿Adoptará la OTAN la misma postura intervencionista sí y cuando Turquía empiece a actuar con mayor dureza contra sus insurgentes Kurdos?” La pregunta supone un claro test del Nuevo Humanismo: ¿Está éste guiado por los intereses de las potencias, o por consideraciones humanitarias? El recurso a la fuerza, ¿se toma “en nombre de principios y valores,” tal y como se dice? O, ¿estamos ante algo más obvio y familiar?

La prueba era buena, y la respuesta no tardó en llegar. Mientras Haas planteaba la pregunta, Turquía estaba incrementando sus actuaciones contra la población Kurda del Sudeste, al tiempo que rechazaba ofertas para una salida pacífica que hubiera respetado los derechos culturales y lingüísticos de los kurdos. Muy rápidamente la actuación turca escaló hasta extremos de limpieza étnica y terror de estado. La OTAN tomó una “postura intervencionista” netamente decidida, en particular su líder [Javier Solana, N.T.], quien intervino de forma decisiva para escalar las atrocidades.

Las implicaciones de estos hechos en relación a los temas de fondo parecen bastante claras, particularmente cuando comparamos esta “postura intervencionista”en Turquía con la adoptada en la crisis de Kosovo, de menor envergadura en términos morales, no sólo por su dimensión (sobretodo antes del bombardeo de la RFY), sino también porque  queda fuera del ámbito y jurisdicción de la OTAN y de sus instituciones, a diferencia de Turquía, que está de lleno en la OTAN. Los dos casos se diferencian sin embargo en una dimensión distinta: Serbia es uno de estos revoltosos descreídos que entorpecen la imposición del sistema global dominado por los EE.UU., mientras que Turquía es un estado cliente y leal que contribuye substancialmente a este proyecto. Una vez más, los factores que determinan las políticas a seguir no parecen difíciles de adivinar, y la división Norte-Sur en los temas de fondo y su interpretación parecen encajar bastante bien.

Incluso una examen superficial, muestra que las proclamas del Nuevo Humanismo son en el mejor de los casos sumamente dudosas. Algo tan concreto como la intervención de la OTAN en Kosovo basta para poner en entredicho estos pomposos pronunciamientos. Una visión más amplia del mundo contemporáneo refuerza poderosamente otra conclusión, iluminando con absoluta claridad “los valores” que en realidad se aplican. Si nos alejamos todavía más de las órdenes emanadas de Washington y Londres, y permitimos que el pasado entre en la discusión, rápidamente descubriremos que la nueva generación es la vieja generación, y que el “nuevo internacionalismo” reproduce

Traducido para la Biblioteca Virtual Noam Chomsky por Isabel

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