¿Crisis económica… o agotamiento de un modelo de pensamiento?

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Los sistemas económicos no funcionan en el aire, sino que están bien anclados a principios o creencias que, en cada contexto cultural, social e histórico, sustentan las decisiones de los agentes que participan en ese sistema. Principios que, repetidos sin cesar, acaban asumiéndose como dogmas. Por ejemplo, la idea de que el trabajo, la tierra y otros bienes puedan ser objeto de compra; la superioridad del mercado para determinar valor y precio; o la supremacía de la propiedad privada, parecen haber estado ahí siempre tal y como lo entendemos ahora.

Pero no es así. Por ejemplo, los economistas fisiócratas configuraron en el siglo XVIII una ciencia económica que tenía como objetivo central promover las creaciones de la tierra, como única fuente de riqueza, “sin menoscabo de la fuente de su producción”, decía François Quesnay (de modo sostenible, podríamos decir hoy). Sin embargo, esta perspectiva de la economía fisiocrática fue quedando en desuso y, aproxidamente un siglo después, la ciencia económica se ocupaba ya sólo de aquello que podía ser objeto de propiedad y de valoración monetaria, de aquello que podía incorporarse a los procesos productivos. Esta evolución del pensamiento económico era coherente con el pensamiento de la Ilustración, que sustituyó una visión de la Naturaleza como un sistema orgánico movido por fuerzas sagradas, por un mundo que funcionaba como una máquina y en el que el único conocimiento válido era el racional. Así pues, en la base del funcionamiento de la economía está nuestro modo “ilustrado” de ver el mundo. Y también nuestra percepción de la Naturaleza como algo que está fuera de nosotros mismos.

De hecho, si nos distanciamos un poco de nuestros pensamientos automatizados, no es difícil ver la actual crisis como expresión de los conflictos que se producen dentro de una gran burbuja, cuya dimensión va más allá de la especulación financiera o inmobiliaria. Dicho de otro modo: si nos imagináramos a nosotros mismos observando esa burbuja desde fuera, podríamos ver que la crisis actual es una consecuencia natural de la evolución histórica que han seguido el pensamiento económico y el modelo capitalista de producción y consumo.

Efectivamente, ésta es la analogía que hace Peter Senge cuando aplica el funcionamiento de las burbujas especulativas a toda una época: sin duda, la era industrial y capitalista ha generado importantes beneficios a millones de habitantes del planeta (mayor esperanza de vida, menor analfabetismo, mayor acceso a nutrientes, más oportunidades y posibilidades de conocimiento, de creación, de ocio, de relaciones humanas…). Esto confirma las teóricas ventajas de la forma de pensamiento que hay detrás de estos beneficios y, por tanto, se unen más y más seguidores convencidos de sus bondades. Y, si la duración de esa burbuja se prolonga durante siglos, esto dificulta siquiera la posibilidad de imaginar otras formas de pensar y de funcionar sustancialmente diferentes.

Sin embargo, igual que crece el número de beneficiarios en una burbuja, también lo hacen las tensiones y las contradicciones que se producen entre la lógica que rige en su interior y la realidad más amplia. Una tensión evidente es la profunda crisis ecológica global: sólo en las últimas décadas, la especie humana ha transformado los ecosistemas más rápida y extensamente que en ningún otro período de tiempo comparable de su historia, en gran parte para resolver las demandas rápidamente crecientes de alimento, agua potable, madera, fibra y combustible. Así lo evidencia el informe de Naciones Unidas de la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio. Concluye el estudio que la degradación de los servicios que prestan muchos ecosistemas está constituyendo un claro obstáculo para la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para reducir la pobreza, el hambre y la enfermedad.

Esta burbuja centenaria se ha forjado sobre unas creencias en torno a lo que es el comportamiento humano perfectamente representadas por el modelo del homo economicus. Este homo maximizador de utilidad, hedonista e individualista encaja perfectamente con el funcionamiento de una economía que resulta incompatible con la sostenibilidad global por varias razones:

1)     Simplifica bienes, necesidades y escaseces al homogeneizarlo todo en un único tipo de valor: el monetario.

2)     Atribuye al proceso económico la creación de riqueza (valorada en términos monetarios) y, en coherencia, mitifica el crecimiento económico como un fin en sí mismo.

3)     Al excluir procesos no monetarios y tener en el centro de su atención al crecimiento económico, conduce a la sobreexplotación de los recursos naturales, subordina el razonamiento moral al económico, y desatiende dimensiones de la vida no mercantilizables, como la contemplación.

4)     Pone el énfasis en las necesidades (o, más bien, en los deseos, que nunca quedan saciados) expresadas a través de los mercados. Por tanto, se priorizan las necesidades más ligadas a “tener” que a “ser” o “cuidar”.

5)     Privilegia la perspectiva individual del ser humano frente a su dimensión social. Y aún menos relevante para el modelo del homo economicus es la dimensión espiritual del ser humano, que supone sentirnos identificados con otros seres humanos y no humanos, así como con la Tierra como un todo. Sin embargo, la vertiente social y espiritual son tan reales y tan propias de la naturaleza humana como la dimensión individual. La prueba se encuentra en su permanente expresión a través de comportamientos altruistas, del cuidado de los otros y de sentimientos compasivos. Compasión que implica, más allá de entender el sentimiento ajeno, experimentarlo como propio.

En definitiva, el homo economicus produce un mundo teóricamente coherente, pero simplista, miope y, en la práctica, autodestructivo. Ciertamente, la crisis de sostenibilidad se basa en una economía que funciona al margen de los procesos y los ritmos de la Naturaleza; una economía que ignora que vivimos en un planeta finito, marcado por complejas interconexiones. Y la supervivencia de nuestra especie, así como el reconocimiento de los seres no humanos, implica fluir con los procesos de la Naturaleza (desde la prudencia y el conocimiento disponible). Fluir con esos ritmos es incompatible con subordinarlos a los vaivenes de las fuerzas de los mercados, independientemente de qué revolucionarias tecnologías puedan acudir a “resolver” el problema.

Entonces, ¿se encuentran en la idea de “sostenibilidad” principios mentales que nos ayudarían a salir de la burbuja en la que nos encontramos?

Para responder a esta pregunta, no podemos olvidarnos de la idea dedesarrollo sostenible”, que nació de añadir el término “sostenibilidad” a esa idealización que supone la idea de “desarrollo”. El desarrollo sostenible se ha generalizado en el discurso que acompaña a la actividad económica, pero no ha ido ligado a un rediseño sustancial en los mercados y en los procesos de producción y consumo (ni en los marcos institucionales en los que operan). Éstos siguen respondiendo a la lógica del beneficio y del rendimiento sobre la inversión pero no (o de modo muy secundario) a los límites y los rendimientos de la Naturaleza o al objetivo de una vida buena. En su lugar, la expresión “desarrollo sostenible” y, por analogía, “sostenibilidad”, han tendido a significar en la práctica la continuidad en la extracción de recursos, en la expansión de todo tipo de bienes y en la permanente acumulación de capital.

A pesar de lo anterior, “sostenibilidad” también ha supuesto un territorio terminológico en el que vislumbrar y expresar el reconocimiento de un modelo de pensamiento agotado y la emergencia de otro nuevo. Un nuevo modelo de pensamiento que pone a la economía como un instrumento para alcanzar una vida buena, plena y con sentido; y a la finitud de la Naturaleza como su límite físico fundamental.

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