Piotr Kropotkin: Palabras de un rebelde

FUENTE

El gobierno representativo de por sí, no da ninguna libertad real, se acomoda muy bien, al contrario, al despotismo de clases; las libertades hay que arrancárselas lo mismo que a los reyes absolutos, y una vez arrancadas es preciso conservarlas, igual contra los parlamentos actuales que contra los monarcas de otros tiempos.
(…)
¿Necesitamos hacer aquí la descripción del cuadro antipático y profundamente repugnante de las elecciones? En la burguesa Inglaterra y en la democrática Suiza, en Francia como en los Estados Unidos, en Alemania como en la República Argentina, ¿la triste comedia de las elecciones no es en todas partes la misma?
¿Necesitamos contar cómo los agentes electoral preparan el triunfo de su candidato; cómo mienten sembrando a derecha e izquierda promesas de todas clases, políticas en las reuniones públicas, personals a los individuos directamente; cómo penetran en las familias, alagan a la madre, adulan al padre, al hijo, acarician la perro asmático, y pasan la mano al lomo del gato del elector? ¿Cómo se esparcen por los cafés a la caza de electores, entablando discusiones hasta con los menos expansivos, cuál vulgares timadores, para arrancar el voto por un procedimiento parecido al del entierro o al de los perdigones? ¿Cómo el candidato después de hacerse desear, se presenta a sus queridos electores con amable sonrisa, la mirada modesta, la voz calina, como una vieja portera de Londres que procura simpatizar a su inquilino con dulce sonrisa y evangélica mirada? ¿Necesitamos acaso enumerar los falsos programas, mentirosos todos, igual si son oportunistas como si son socialistas revolucionarios, en el cual el mismo candidato no cree, por inocente que sea y por poco que conozca el parlamento, los que defienden no obstante con ampulosa verbosidad, voz sonora y sentimental, con alternativas de loco o cómico de la legua? La comedia electoral no se limita solamente a cometer toda clase de engaños, timos y rufinadas, si no que a todas esas hermosas cualidades que le son propias, añade las de “representante del pueblo en busca de sufragios y de momios que les redondeen.
Tampoco necesitamos exponer lo que cuestan unas elecciones; los periódicos nos informan lo suficiente sobre el particular. ¿No sería ridículo exponer la lista de los gastos de un agente electoral en las que figuran cocidos con chorizo y carne de carnero o de ternera, camisas de franela, decalitros de vino y otras bebidas? ¿Nos es acaso necesario sumar el total que representan las tortillas de patatas y huevos podridos con la que se confunde “al partidario adversario, los carteles calumniosos y las maniobras de última hora” en las que se halla condenada toda la honradez y sinceridad de las elecciones en todo el mundo parlamentario.
Y cuando el gobierno interviene ofreciendo colocaciones al que más dé, pedacitos de trapo con el nombre de condecoraciones, estancos, protección para el juego y el vicio; su prensa desvergonzada, sus polizontes, su tahures, sus jueces y sus agentes entran en funciones y… ¡No; basta! Dejemos este cieno, no lo removamos. Limitemonos sencillamente a poner esta cuestión: ¿existe una pasión humana, la más vil, la más abyecta, que no se ponga en juego en un día de elecciones? Fraude, calumnias, vileza, hipocrecía, mentira, todo el cieno que yace en el fondo de la bestia humana; he ahí el hermoso espectáculo que nos ofrece un país civilizado cuando llega un período electoral.”
(…)
¿Qué se les pide actualmente a los electores? Se les pide que se reúnan diez mil, veinte mil, (cien mil según las listas electorales) que no se conocen, que no se han visto nunca, que no es posible que jamás hayan tenido nada en común, para que se entiendan y elijan a un hombre. Y a este hombre no se le mandará para exponer una cuestión precisa o defender una resolución concerniente a un asunto especial, sino que debe ser bueno para hacerlo todo, para legislar sobre nuestra vida, sobre nuestro interés, y su decisión será la ley.
(…)
El ser omnisciente que se busca hoy no existe. Hay un honrado ciudadano que reúne ciertas condiciones de probidad, buen sentido e instrucción. ¿Será este elegido? Oh, ¡no! En un distrito son apenás veinte las personas que conocen sus excelentes condiciones, y además, no sólo detesta el que sus virtudes se popularicen sino que desprecia los medios empleados para crearse aureola alrededor de su nombre; si pretendiere ser elegido jamás sacaría más de cien votos. Pero no; puede vivir descuidado; nadie se acordará de su nombre para ninguna candidatura; el nombrado será un abogado, un periodista, un escribidor, uno que hable mucho y que llevará al parlamento las costumbres del tribunal o del periódico, reforzando con su voto al ministerio o a la oposición, y nada más. Y si estos no, el elegido será un negociante, deseoso de poner en sus tarjetas el título de diputado, el cual no se detendría ante un gasto de diez o de veinte mil pesetas para adquirir la notoriedad que da el ser “representante” de la nación.”

Piotr Kropotkin, Palabras de un rebelde.

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