¿Qué es Booz Allen Hamilton?

FUENTE

  • El 67% de la empresa está controlado por el fondo de capital riesgo Carlyle
  • Varios agentes de inteligencia han integrado su plantilla

Pablo Pardo | Washington

Actualizado lunes 10/06/2013 14:43 horas

En la autopista que conecta el Aeropuerto de Dulles con la ciudad de Washington hay una cascada de edificios corporativos dispersos entre un bosque de árboles enormes y apariencia impenetrable. Uno de los más visibles es el del diario ‘USA Today’, el segundo mayor de EEUU, por detrás de ‘The Wall Street Journal’. Algo menos visible, pero igualmente fácil de encontrar, es un complejo, nada más dejar el aeropuerto, con un cartel: Booz Allen Hamilton.

Para los amantes de las teorías conspiratorias, Booz Allen Hamilton (conocida en Washington coloquialmente como ‘Booz Allen’), es el equivalente de una inyección de testosterona en un animal en celo. El 67% de la empresa está controlado por el fondo de capital riesgo Carlyle, el mismo al que Michael Moore machaca sin piedad en su documental ‘Farenheit 911’.

Carlyle, cuyas oficinas están en el barrio de Georgetown, en Washington, está dirigido por el multimillonario y filántropo David Rubenstein (ex asesor de Jimmy Carter), que está pagando de su propio bolsillo la mitad de la factura de la reconstrucción del monumento a Washington, que resultó dañado en el terremoto de Washington de 2011 (el resto corre a cuenta del Estado). Entre sus asesores, directivos e inversores, sobre todo en el pasado, están George Bush ‘padre’, la familia Bin Laden, el ex primer ministro conservador británico John Major y el ex secretario de Defensa estadounidense Frank Carlucci.

Claro que en cuanto a conexiones, Booz Allen Hamilton no tiene nada que envidiar a Carlyle. El ex director de la CIA con Bill Clinton (que luego se pasó al Partido Republicano), James Woolsey, fue vicepresidente. Ahora, ese cargo lo ocupa Mike McConnell, Director Nacional de Inteligencia, es decir, la persona que coordina las 50 agencias de espionaje de EEUU, que tienen un presupuesto anual de 80.000 millones de dólares (60.000 millones de euros). Como comparación, eso es 10 veces lo que España gasta en toda su Defensa.

¿Y el actual Director Nacional de Inteligencia, el teniente general retirado James Clapper? Él también fue directivo de Booz Allen.

El salto de lo público a lo privado

Esta empresa representa lo que en EEUU se denomina ‘la puerta giratoria’. O sea, la transferencia constante de funcionarios al sector privado, y viceversa. Pero no es ningún caso excepcional. Ni EEUU es ningún país excepcional. Los reguladores del sector financiero de todo el mundo se van a trabajar a Promontory, una empresa fundada por el fallecido ministro de Finanzas italiano Tomasso Padoa-Schioppa que asesora precisamente a bancos acerca de cómo aplicar regulaciones (o cómo esquivarlas, según se mire). Los generales, a las empresas de Defensa. Los responsables de regulación energética, a empresas de energía. Los espías… a las empresas del sector.

Edward Snowden.| Reuters

Edward Snowden.| Reuters

Como Edward Snowden, por ejemplo: ex técnico de la CIA reconvertido, a cambio de un sueldo mayor, en empleado de Booz Allen. Y es que Booz Allen es, por sus posibilidades de promoción profesional, sus sueldos y prestaciones extrasalariales (muy importantes en un país que no tiene Sanidad universal y gratuita y en el que las jubilaciones son paupérrimas) y su prestigio, una de las 25 empresas más valoradas por los licenciados universitarios estadounidenses, según CNN.

Y todo el mundo sabe lo que Booz Allen hace. De hecho, lo que resulta sorprendente es que Snowden pensara que la CIA, la NSA y Booz Allen eran Caperucita Roja, Blancanieves y Cenicienta, respectivamente, y nunca se le pasara por la cabeza que son tres organizaciones de inteligencia: públicas, las dos primeras, y privada, la tercera.

El sector en el que opera Booz Allen es muy cerrado. Los contratos no se adjudican siempre por concurso público, sino ‘a dedo’. Pero las posibilidades empresariales de esta actividad son incalculables. Los Estados cada día necesitan más el apoyo de empresas privadas para gestionar sus burocracias y sus servicios técnicos. Esta empresa ayuda al Estado de EEUU en múltiples actividades. Y, entre ellas, obviamente, la de la Defensa.

De hecho, no sabemos si Booz (que en inglés se pronuncia igual que ‘booze’, la palabra coloquial para referirse al alcohol barato) ha destapado muchas conspiraciones para atacar a EEUU. Pero sí sabemos que ha bombardeado con millones a los socios que han invertido su capital en ella a través de Carlyle (normalmente, el mínimo de inversión que exige Carlyle es de 20 millones de dólares, con lo que no se puede considerar que sea una forma de ‘capitalismo popular’ que beneficie al pequeño inversor).

El capitalismo puro y duro

El fondo compró Booz Allen por 910 millones de dólares (690 millones de euros) en 2010. Ahora, a pesar de la caída del valor de los títulos tras este escándalo, esa participación vale 1.660 millones de dólares (1.250 millones de euros). El ‘free float’ —es decir, las acciones que cotizan en Bolsa— es del 30%. Y los títulos se han apreciado un 50% desde marzo.

Como toda empresa en manos de un fondo de capital riesgo, Bozz Allen Hamilton es generosa con sus accionistas. Es lógico, porque los ‘capital riesgo’ son el máximo ejemplo de capitalismo financiero puro y duro. No es casualidad que Gordon Gekko (el malo, protagonizado por Michael Douglas, en ‘Wall Street’, de Oliver Stone) y Edward Lewis (el personaje de Richard Gere en ‘Pretty Woman’) sean directivos de este tipo de vehículos de inversión.

Carlyle sacó el 33% del capital de Booz Allen Hamilton a bolsa, en una OPV que no fue muy bien. Pero, desde entonces, ha estado ordeñando a la compañía. Booz Allen Hamilton es rentable, y ha aumentado su facturación en un 60% en dos años. Pero, para satisfacer a sus accionistas, se suele endeudar y, con el dinero que obtiene, paga dividendos a Carlyle. Es una práctica común, empleada incluso por la empresa más rica del mundo, Apple, ya que permite endeudarse a tipos muy bajos y encima desgravar a Hacienda por la deuda. En total, según la revista ‘Forbes’, Bozz Allen Hamilton ha pagado en dividendos a su principal accionista, Carlyle, 1.179 millones de dólares (893 millones de euros) en tres años. Así pues, el fondo de Rubenstein ha ganado, entre apreciación de la acción y dividendos, tres veces lo que invirtió en Booz Allen Hamilton.

Booz Allen Hamilton es, en realidad, una empresa muy vieja. Fue fundada en 1914, por Edwin Booze, como una consultora de management, es decir, especializada en asesorar a empresas acerca de cómo deben mejorar sus procesos y actividades para ser más productivas. Y sus actividades en el campo de la Defensa no son nuevas. En 1940, por ejemplo, ya estaba asesorando a la Armada de Estados Unidos acerca de cómo combatir en el caso de que el país se viera involucrado en la Segunda Guerra Mundial. Pero su actual implicación con el Estado de EEUU se produjo en la década de 1990 y después del 11-S.

Eran los tiempos de los ‘PPP’, o sea, ‘public-private partnership’ (‘asociación público-privada’). Bajo la presidencia de Bill Clinton, el Estado federal de EEUU, que es mucho menos moderno que el de sus socios europeos, empezó a transferir funciones al sector privado. Booz ganó un contrato para modernizar la Hacienda estadounidense. Y su relación con el Estado empezó a estrecharse. Pero no fue la única empresa que hizo eso. Halliburton—que entonces dirigía el futuro vicepresidente con George W. Bush, Dick Cheney— se especializó en prestar servicios logísticos a las Fuerzas Armadas.

La seguridad, tras el 11-S

Así, cuando llegó el 11-S, Bozz Allen estaba inmejorablemente situada para aprovechar la situación. Tenía contactos, experiencia y tecnología. Su web no oculta nada: tiene apartados como: ‘Transformando la ciberseguridad en Oriente Medio’; ‘Convirtiendo Grandes Datos (‘Big Data’) en Grandes Percepciones’; ‘Manteniendo preparadas las Operaciones Aéreas’; o ‘Salvando vidas con soluciones críticas para las Misiones’.

Otras consultoras han corrido a entrar en ese sector. En 2012, Deloitte —la compañía que auditaba las cuentas de Bankia cuando esa entidad se colapsó— compró a precio de ganga Monitor, otra empresa famosa por el número de ex espías que emplea, que acababa de suspender pagos. En 2010, Altegrity adquirió Kroll, famosa en España porque esa empresa espio al entonces presidente de Banesto, Mario Conde, a finales de los ochenta.

Pero Booz Allen Hamilton ya estaba allí. No le hacía falta comprar a nadie. El ‘boom’ de los contratos gubernamentales fue tal que en 2008, Hamilton se partió en dos. Por un lado, quedó la parte dedicada a consultoría empresarial, la más pequeña, que mantiene una estructura societaria similar a la de un bufete de abogados y se denomina Booz & Company. Es una empresa que opera en 33 países asesorando a empresas. Ésa era su actividad inicial. Hoy, 99 años después de su creación, sin embargo, es la otra mitad, Booz Allen Hamilton, quien simboliza el capitalismo y el ‘complejo militar-industrial’ del siglo XXI.

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