Dignidad e indignación

FUENTE

El término de moda es indignación. La gente no sólo anda muy preocupada con el curso de las cosas, sino que, además, se siente indignada. Indignarse no significa lo mismo que enfurecerse o encolerizarse. Estas palabras remiten a cierto estado de ánimo: la furia, la cólera. La dignidad es otra cosa.

En el uso que hace de este concepto nuestra Constitución, se entiende por dignidad el derecho de los hombres a tener derechos. Se trata, en consecuencia, de un valor superior, sobre el que reposan todos los demás. Hasta tal punto es así que la dignidad de las personas no deriva del texto constitucional, sino al contrario, es el fundamento que lo legitima y, por tanto, el límite que nadie puede traspasar, infranqueable para todos, incluidos los poderes públicos.

Aunque nuestro ordenamiento, en consonancia con el espíritu que lo inspira, otorga una importancia indisputable a la dignidad, no llega sin embargo a definirla con precisión. Para encontrar una caracterización suficientemente rigurosa del término hay que recurrir a los clásicos. Es lo que hizo a fines del siglo XV Pico della Mirandola, autor del Discurso sobre la dignidad humana. Apoyándose en una tradición que se remontaba a la filosofía griega, Pico conectó la idea de dignidad a una imagen del hombre sustentada en la convicción de que la esencia de éste no radica en lo que ya es, sino en su poder de ser. Dicho poder de ser, que los griegos llamaron alma, no es nada objetivo, una propiedad medible u observable, pero si algo real, tan real de hecho que ha sido apelando a ello como las sociedades han conseguido erradicar prácticas como la esclavitud o la pena de muerte.

De acuerdo con esa caracterización, una vida digna es aquella en la que se mantiene siempre abierta la posibilidad de un mejoramiento, en el sentido de una apropiación, de una mayor conciencia o lucidez. El “conócete a ti mismo” del templo de Apolo en Delfos o el “llega a ser lo que eres” de Píndaro, tan influyentes en Grecia, hay que comprenderlos en ese horizonte. Y también la frase de Kant: “existe algo más importante que la felicidad, ser digno de ella”.

La conexión entre dignidad y conciencia se ha hecho sentir poderosamente durante la época moderna en el plano político. Fruto de ello es el reconocimiento de los derechos del hombre. Ningún hombre puede llegar a serlo en verdad si se recortan sus posibilidades, bien porque externamente se les despoje de ellas, como le ocurre al esclavo, bien porque se le impida internamente su desarrollo, como le ocurre a quien no tiene acceso al saber. Los pensadores revolucionarios fueron incluso más lejos al sostener que la única conciencia que permitiría recuperar nuestra dignidad es la conciencia de clase, o sea, la constatación de que vivimos en un sistema productivo basado en su negación.

No es, por tanto, ningún capricho de la lengua que a los portadores de la dignidad colectiva se les llame “dignatarios”, pues el poder que reciben mira al mejoramiento de la comunidad. Cuando un dignatario actúa de manera indigna, beneficiándose por ejemplo de su posición, sentimos vergüenza. Cuando son las instituciones las que lo hacen, primando los intereses de los grupos que las controlan a los de la sociedad a la que sirven, aparece la indignación. Esta no es una cosa de izquierdas o de derechas, sino una reacción lógica en cualquier persona que tome conciencia de estar viviendo en un mundo que ha desvirtuado sus principios. Lejos de tratarse de un mal social, como algunos quieren creer, constituye un indicio de buena salud, pues sólo se indigna quien considera que lo que sucede no es inevitable.

Las protestas contra el derrotero tomado por la política española parecen responder a la impresión de que nuestro sistema no está a la altura de los principios que dice defender. La burocratización de la democracia constituye un fenómeno preocupante, equiparable al de la burocratización de la fe que llevó hace cinco siglos a la crisis de la Iglesia. El peso de la organización amenaza con acabar con su esencia. Por supuesto, no todo el mundo toma conciencia de ello y algunos se niegan a admitir que tal cosa esté ocurriendo. El problema, para quienes denuncian la situación, es la falta de cauces expresivos. Los poderes instituidos no sólo no admiten que la inercia esté desvirtuando el sistema, sino que exigen a los críticos que recurran a los canales habituales como si no fuera esto precisamente lo que se pone en duda. Semejante actitud es la más peligrosa de todas, pues cuando la indignación se queda en nada puede conducir a la impotencia, madre de todos los extremismos.

En uno de sus últimos escritos, Pascal Quignard afirma que son cuatro las formas extremas de la libertad política: el tiranicidio, la emancipación violenta, la anacoresis y el suicidio. Quizás pudieran añadirse algunas más, aunque no, desde luego, la acampada y el hostigamiento.

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